sábado, 22 de enero de 2011

El Papa pide a cristianos profesar la fe y hacer el bien en respuesta a crisis moral




VATICANO, 21 Ene. 11 / 11:29 am (ACI)

Al recibir este mediodía a los dirigentes y agentes de la jefatura de Policía de Roma, el Papa Benedicto XVI señaló que ante la crisis de la moral y la verdad que afecta a la sociedad actual en todos los estratos, los cristianos tienen el deber de profesar la fe y hacer el bien.

Al comenzar su discurso el Santo Padre dijo que los profundos cambios de esta época "crean a veces una sensación de inseguridad, debido principalmente a la precariedad social y económica, agravada también por un cierto debilitamiento de la percepción de los principios éticos en los que se funda el derecho y de las actitudes morales personales, que siempre fortalecen esos ordenamientos".

"En nuestro mundo, con todas sus nuevas esperanzas y posibilidades, se tiene al mismo tiempo la impresión de que el consenso moral decae, y en consecuencia, las estructuras en la base de la convivencia no logran funcionar plenamente", explicó.

"Se asoma en muchos la tentación de pensar que las fuerzas movilizadas para la defensa de la sociedad civil están destinadas al fracaso. Ante esta tentación, nosotros, en particular, que somos cristianos, tenemos la responsabilidad de encontrar el modo de profesar la fe y de hacer el bien".

Tras destacar que "en nuestro tiempo se da una gran importancia a la dimensión subjetiva de la existencia", el Papa señaló que hay un "grave riesgo, porque en el pensamiento moderno se ha desarrollado una visión reduccionista de la conciencia, según la cual no hay ninguna referencia objetiva al determinar lo que es válido y lo que es verdadero, sino que el individuo, con sus intuiciones y experiencias, es el criterio; cada uno, por lo tanto, posee la propia verdad, la propia moral".

"La consecuencia más obvia es que la religión y la moral tienden a ser confinadas al ámbito del sujeto, de lo privado: la fe, con sus valores y sus comportamientos, ya no tiene derecho a un lugar en la vida pública y civil. Por lo tanto, si por un lado, se da una gran importancia en la sociedad al pluralismo y a la tolerancia, por otro, la religión tiende a ser gradualmente marginada y considerada irrelevante y, en cierto sentido, ajena al mundo civil, como si se tuviese que limitar su influencia en la vida humana".

"Por el contrario, para nosotros los cristianos, el verdadero significado de la 'conciencia' es la capacidad humana para reconocer la verdad, y, antes que nada, la oportunidad de escuchar su llamada, de buscarla y de encontrarla".

El Papa subrayó que "los nuevos retos de hoy exigen que Dios y el ser humano vuelvan a encontrarse, que la sociedad y las instituciones públicas reencuentren su 'alma', sus raíces espirituales y morales, para dar una nueva consistencia a los valores éticos y jurídicos de referencia y por tanto a la acción práctica".

"El mismo servicio religioso y de asistencia espiritual que, según la legislación actual, el Estado y la Iglesia se comprometen a proporcionar también al personal de la Policía de Estado, testimonia la fecundidad perenne de este encuentro".

Finalmente el Papa afirmó que "ka vocación única de la ciudad de Roma requiere hoy que los funcionarios públicos ofrezcan un buen ejemplo de interacción positiva y fructífera entre la sana laicidad y la fe cristiana. Sabed considerar siempre al hombre como un fin, para que todos puedan vivir de modo auténticamente humano. Como Obispo de esta ciudad, me gustaría invitaros a leer y meditar la Palabra de Dios, para encontrar en ella la fuente y el criterio de inspiración para vuestra acción".

sábado, 15 de enero de 2011

Mensaje del Papa en el primer aniversario del terremoto de Haití



Transmitido por el cardenal Robert Sarah, de viaje a este país


PUERTO PRÍNCIPE, miércoles 12 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación, por su interés, el mensaje del Papa Benedicto XVI al pueblo de Haití, que hay sido leído hoy en Puerto Príncipe por el cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio "Cor Unum" y enviado del Papa a este país caribeño para llevar un donativo.

* * * * *

Con ocasión del primer aniversario del terrible seísmo que afectó a vuestro país causando numerosas víctimas, estoy cercano a todos vosotros, querido pueblo de Haití, asegurándoos mi oración, particularmente por los difuntos.

Deseo también daros una palabra de esperanza en la situación presente particularmente difícil. Es hora de reconstruir no solamente las estructuras materiales, sino sobre todo la convivencia civil, social y religiosa. Auguro que el pueblo de Haití sea el primer protagonista de su historia actual y de su futuro, confiando también en las ayudas internacionales ofrecidas con gran generosidad, a través de ayudas económicas y de voluntarios procedentes de todo el mundo.

Estoy presente a través de Su eminencia el cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio "Cor Unum". Os envío, con su presencia y su voz, mi aliento y mi afecto. Os confío a la intercesión de Notre Dame du Perpétuel Secours, Patrona de Haití, la cual, estoy seguro, no permanecerá indiferente a vuetsras oraciones. Que Dios bendiga a todo el pueblo de Haití".

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

sábado, 8 de enero de 2011

El Papa indica que la Navidad y la Pascua nos arrancan de la muerte

Durante la audiencia general de este miércoles



CIUDAD DEL VATICANO, jueves 6 de enero de 2011 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI destacó la unidad existente entre la noche de Navidad y la de Pascua y afirmó que la Encarnación y la muerte y resurrección de Jesús nos abren a un futuro eterno.

Lo dijo durante la audiencia general de este miércoles 5 de enero, celebrada en el Aula Pablo VI del Vaticano, con peregrinos procedentes de todo el mundo.

“Encarnación y Pascua no están una junto a la otra, sino que son los dos puntos clave inseparables de la única fe en Jesucristo”, indicó.

“Sólo porque verdaderamente el Hijo, y en Él Dios mismo, 'descendió' y 'se hizo carne', la muerte y la resurrección de Jesús son acontecimientos que nos resultan contemporáneos y nos afectan, nos arrancan de la muerte y nos abren a un futuro en el que esta 'carne', la existencia terrena y transitoria, entrará en la eternidad de Dios”, explicó.

Y añadió que “en esta perspectiva unitaria del Misterio de Cristo, la visita al belén orienta a la visita a la Eucaristía, donde encontramos presente de modo real al Cristo crucificado y resucitado, al Cristo viviente”.

El Papa prosiguió indicando que “para captar el sentido de estos dos aspectos inseparables, es necesario vivir intensamente todo el tiempo navideño como la Iglesia lo presenta”.

Y destacó que la Iglesia lo presenta en sentido amplio, extendiéndose durante cuarenta días, “del 25 de diciembre al 2 de febrero, de la celebración de la Noche de Navidad, a la Maternidad de María, a la Epifanía, al Bautismo de Jesús, a las Bodas de Caná, a la Presentación en el Templo, precisamente en analogía con el Tiempo pascual, que forma una unidad de cincuenta días, hasta Pentecostés”.

Rescatar la Navidad

Además, Benedicto XVI destacó la necesidad de “rescatar este tiempo navideño de un revestimiento demasiado moralista y sentimental”.

En este sentido, destacó que “la celebración de la Navidad no nos propone sólo ejemplos a imitar, como la humildad y la pobreza del Señor, su benevolencia y amor hacia los hombres; sino que es más bien una invitación a dejarnos transformar totalmente por Aquel que ha entrado en nuestra carne”.

“Vivamos este Tiempo navideño con intensidad -exhortó-: tras haber adorado al Hijo de Dios hecho hombre y depositado en el pesebre, somos llamados a pasar al altar del Sacrificio, donde Cristo, el Pan vivo bajado del cielo, se nos ofrece como verdadero alimento para la vida eterna”.

“Y lo que hemos visto con nuestros ojos, en la mesa de la Palabra y del Pan de Vida, lo que hemos contemplado, lo que nuestras manos han tocado, es decir, al Verbo hecho carne -concluyó-, anunciémoslo con alegría al mundo y demos testimonio de él generosamente con toda nuestra vida”.

domingo, 2 de enero de 2011

Homilía del Papa durante las Vísperas de Acción de Gracias de fin de año

Ayer en la Basílica de San Pedro



CIUDAD DEL VATICANO, sábado 1 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció ayer 31 de diciembre durante las primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios y de Acción de Gracias por el fin del año civil, en la Basílica de San Pedro.

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¡Queridos hermanos y hermanas!

En el fin del año, nos encontramos esta tarde en la Basílica Vaticana para celebrar las primeras vísperas de la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y para elevar un himno de gracias al Señor por las innumerables gracias que nos ha dado, pero además y sobre todo por la Gracia en persona, es decir por el Don viviente y personal del Padre, que es su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesucristo. Precisamente esta gratitud por los dones recibidos de Dios en el tiempo que se nos ha concedido vivir, nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo: marcado en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, está habitado por el amor de Dios, por sus dones de gracia; es tiempo de salvación. Sí, el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Entró en él y permanece en él con la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo. Es cuanto nos ha recordado el apóstol Pablo en la lectura breve poco antes proclamada: “Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo … para hacernos hijos adoptivos” (Gal 4,4-5).

Por tanto, el Eterno entra en el tiempo y lo renueva de raíz, liberando al hombre del pecado y haciéndolo hijo de Dios. Ya ‘al principio’, o sea, con la creación del mundo y del hombre en el mundo, la eternidad de Dios hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación. Ahora, con la venida de Cristo y con su redención, estamos “en la plenitud” del tiempo. Como revela san Pablo, con Jesús el tiempo se hace pleno, llega a su cumplimiento, adquiriendo ese significado de salvación y de gracia por el que fue querido por Dios antes de la creación del mundo. La Navidad nos remite a esta 'plenitud' del tiempo, es decir, a la salvación renovadora traída por Jesús a todos los hombres. Nos la recuerda y, misteriosa pero realmente, nos la da siempre de nuevo. Nuestro tiempo humano está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo – desde los provocados por la maldad de los hombres hasta los derivados de las catástrofes naturales –, pero encierra ya, y de forma definitiva e imborrable la novedad gozosa y liberadora de Cristo salvador. Precisamente en el Niño de Belén podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad con el tiempo, como le gusta expresar a la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí quizás una invitación a reencontrar la presencia de Dios y de su amor que da la salvación también en las horas breves y agotadoras de nuestra vida cotidiana? ¿No es quizás una invitación a descubrir que en nuestro tiempo humano – también en los momentos difíciles y duros – está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más, por la Gracia que es el Señor mismo?

Al final de este año 2010, antes de entregar los días y las horas a Dios y a su juicio justo y misericordioso, siento muy vivo en el corazón la necesidad de elevar nuestro “gracias” a Él y a su amor por nosotros. En este clima de agradecimiento, deseo dirigir un saludo particular al cardenal vicario, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes, a las personas consagradas, como también a los muchos fieles laicos aquí reunidos. Saludo al señor Alcalde y a las Autoridades presentes. Un recuerdo especial va a cuantos están en dificultad y transcurren estos días de fiesta entre problemas y sufrimientos. A todos y a cada uno aseguro mi pensamiento afectuoso, que acompaño con la oración.

Queridos hermanos y hermanas, nuestra Iglesia de Roma está empeñada en ayudar a todos los bautizados a vivir fielmente la vocación que han recibido y a dar testimonio de la belleza de la fe. Para poder ser auténticos discípulos de Cristo, una ayuda esencial nos viene de la meditación cotidiana de la Palabra de Dios que, como escribí en la reciente Exhortación apostólica Verbum Domini, “está en la base de toda auténtica espiritualidad cristiana” (n. 86). Por esto deseo animar a todos a cultivar una intensa relación con ella, en particular a través de la lectio divina, para tener esa luz necesaria para discernir los signos de dios en el tiempo presente y a proclamar eficazmente el Evangelio. También en Roma, de hecho, hay cada vez más necesidad de un renovado anuncio del Evangelio, para que los corazones de los habitantes de nuestra ciudad se abran al encuentro con ese Niño, que nació por nosotros, con Cristo, Redentor del mundo. Pues, como recuerda el Apóstol Pablo, “la fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Rm 10,17), una ayuda útil en esta acción evangelizadora puede venir – como ya se experimentó durante la Misión Ciudadana de preparación al Gran Jubileo del año 2000 – por los “Centros de escucha del Evangelio", que animo a hacer renacer o a revitalizar no sólo en las casas, sino también en los hospitales, en los lugares de trabajo y en aquellos donde se forman las nuevas generaciones y se elabora la cultura. El Verbo de Dios, de hecho, se hizo carne por todos y su verdad es accesible a todo hombre y a toda cultura. He sabido con agrado del ulterior empeño del Vicariato en la organización de los "Diálogos en la Catedral", que tendrán lugar en la Basílica de San Juan de Letrán: estas significativas citas expresan el deseo de la Iglesia de encontrar a todos aquellos que están buscando respuestas a las grandes preguntas de la existencia humana.

El lugar privilegiado de la escucha de la Palabra de Dios es la celebración de la Eucaristía. El Congreso diocesano del pasado junio, en el que participé, quiso poner de manifiesto la centralidad de la Santa Misa dominical en la vida de cada comunidad cristiana y ofreció indicaciones para que la belleza de los divinos misterios pueda resplandecer mayormente en el acto celebrativo y en los frutos espirituales que derivan de él. Animo a los párrocos y a los sacerdotes a llevar a cabo lo indicado en el programa pastoral: la formación de un grupo litúrgico que anime la celebración, y una catequesis que ayude a todos a conocer más el misterio eucarístico, del que brota el testimonio de la caridad. Nutridos por Cristo, también nosotros somos atraídos en el mismo acto de ofrecimiento total, que empujó al Señor a dar su propia vida, revelando de ese modo el inmenso amor del Padre. El testimonio de la caridad posee, por tanto, una esencial dimensión teologal y está profundamente unida al anuncio de la Palabra. En esta celebración de acción de gracias a Dios por los dones recibidos en el curso del año, recuerdo en particular la visita que realicé al hostal de Caritas en la Estación Termini donde, a través del servicio y de la dedicación generosa de numerosos voluntarios, tantos hombres y mujeres pueden tocar con la mano el amor de Dios. El momento presente genera aún preocupación por la precariedad en la que se encuentran tantas familias y pide a toda la comunidad diocesana que esté cerca de aquellos que viven en condiciones de pobreza y dificultad. Que Dios, amor infinito, inflame los corazones de cada uno de nosotros con esa caridad que lo empujó a entregarnos a su Hijo unigénito.

Queridos hermanos y hermanas, somos invitados a mirar al futuro, y a mirarlo con esa esperanza que es la palabra final del Te Deum: "In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum! - Señor, Tu eres nuestra esperanza, no seremos confundidos eternamente". Quien nos entrega a Cristo, nuestra Esperanza, es siempre ella, la Madre de Dios: María santísima. Como antes a los pastores y a los magos, sus brazos y aún más su corazón siguen ofreciendo al mundo a Jesús, su Hijo y nuestro Salvador. En Él está toda nuestra esperanza, porque de Él han venido para todo hombre la salvación y la paz. ¡Amen!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

sábado, 18 de diciembre de 2010

Benedicto XVI: el árbol de Navidad enriquece el valor simbólico del belén


El abeto de la plaza de San Pedro fue iluminado esta tarde


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 17 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-

El árbol de Navidad es un símbolo de la devoción popular que habla al mundo de esperanza y de paz.

Lo dijo este viernes Benedicto XVI al acoger a una delegación de unos 300 fieles procedentes de la diócesis de Bolzano-Bressanone, llegados al Vaticano para el regalo del árbol de Navidad colocado en la plaza de San Pedro e iluminado esta noche.

De unos 30 metros de alto y con un diámetro de siete, el abeto, de 80 años de edad, procede de un valle del Tirol del Sur -como ya sucedió en 2007-, en concreto del Común de Luson en el Valle Isarco.

Talado sin dañar el bosque en el que creció -localizado a casi 1.500 metros de altitud-, el árbol de Navidad, que pesa cinco toneladas, llegó al Vaticano el pasado 2 de diciembre y fue colocado en la plaza al día siguiente.

Junto al abeto principal, han sido donados también unos cuarenta árboles más pequeños, algunos de ellos decorados con estrellas de paja realizadas a mano por miembros del Movimiento Católico de Mujeres de Bressanone.

Esos árboles más pequeños adornarán los apartamentos pontificios, las residencias de los cardenales, las oficinas de la Curia y el Aula Pablo VI.

“Sé que este particular acontecimiento ha despertado interés y ha implicado a toda la población de la región”, dijo el Papa, dando las gracias a todos los presentes.

“El árbol de Navidad -explicó Benedicto XVI- enriquece el valor simbólico del belén, que es un mensaje de fraternidad y de amistad; una invitación a la unidad y a la paz; una invitación a dejar sitio, en nuestra vida y en la sociedad, a Dios, que nos ofrece su amor omnipotente a través de la frágil figura de un Niño, porque quiere que respondamos libremente a su amor con nuestro amor”.

“El belén y el árbol -continuó- traen por tanto un mensaje de esperanza y de amor, y ayudan a crear el clima propicio para vivir en la justa dimensión espiritual y religiosa el misterio del nacimiento del Redentor”.

Las luces, añadió, son el signo de “la luz que Cristo ha traído a la humanidad a través de su nacimiento” para disipar “las tinieblas del terror, de la tristeza y del pecado”.

El Pontífice deseó “que esta generosa iniciativa exhorte a todos los habitantes del Tirol del Sur a dar testimonio en el propio ambiente de los valores de la vida, del amor y de la paz que cada año nos encomienda la Navidad”.

Benedicto XVI también agradeció al alcalde de Naz-Sciaves el gesto de haberle querido conferir la ciudadanía de honor en recuerdo de su abuela paterna, originaria de Rasa, que forma parte de este municipio.

Por la tarde, fueron encendidas las luces del árbol de Navidad en la plaza de San Pedro con una ceremonia evocadora, especialmente esperada por los fieles romanos y por los peregrinos.

En la ceremonia, intervinieron el obispo de Bolzano-Bressanone, monseñor Karl Golser; el presidente de la provincia, Luis Durnwalder; y el alcalde de Bressanone, Albert Pürgstaller, junto a miembros de la Compañía de los Schützen de Valle Isarco, así como diversos representantes del Estado de la Ciudad del Vaticano.

La animación musical corrió a cargo de tres formaciones de Bressanone: el coro del Duomo, la banda de música Bürgerkapelle y el Coro Plose.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Discurso del Papa en el acto de veneración a la Inmaculada

Hoy en la Plaza de España en Roma



ROMA, miércoles 8 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI este miércoles por la tarde, durante el tradicional acto de veneración de la Inmaculada en la Plaza de España en Roma.


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¡Queridos hermanos y hermanas!

También este año nos hemos dado cita aquí, en la Plaza de España, para rendir homenaje a la Virgen Inmaculada, con ocasión de su fiesta solemne. A todos vosotros, que habéis venido en gran número, como también a cuantos participan mediante la radio y la televisión, dirijo mi saludo cordial. Estamos aquí reunidos en torno a este histórico monumento, que hoy está todo rodeado de flores, signo del amor y de la devoción del pueblo romano por la Madre de Jesús. Y el don más bello, y que a ella más agrada, que nosotros ofrecemos es nuestra oración, la que llevamos en el corazón y que confiamos a su intercesión. Son invocaciones de acción de gracias y de súplica: agradecimiento por el don de la fe y por todo el bien que cotidianamente recibimos de Dios; y súplica por las diversas necesidades, por la familia, la salud, el trabajo, por todas las dificultades que la vida nos hace encontrar.

Pero cuando venimos aquí, especialmente en esta celebración del 8 de diciembre, es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. Ella, de hecho, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros, a la ciudad de Roma y al mundo entero. También yo, que soy el Obispo de esta Ciudad, vengo para ponerme a la escucha, no solo por mí, sino por todos. ¿Y qué nos dice María? Ella nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su “mensaje” no es otro que Jesús, Él que es toda su vida. Y gracias a Él y por Él que es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, así también ella, la Madre, fue preservado del pecado por nosotros, por todos, como anticipo de la salvación de Dios para cada hombre. Así María nos dice que todos somos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar, en nuestro destino final, a ser inmaculados, plena y definitivamente libres del mal. Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza y de compasión, que evoca palabras como estas: “No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; por esto ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú, se ha convertido en Jesús, Dios-Hombre, en todo igual que tú pero sin pecado; se dio a sí mismo por ti, hasta morir en la cruz, y así te dio una vida nueva, libre, santa e inmaculada" (cfr Ef 1,3-5).

Este mensaje nos da María, y cuando vengo aquí, a esta Fiesta, me impresiona, porque lo siento dirigido a toda la Ciudad, a todos los hombres y mujeres que viven en Roma: también a quien no piensa en ello, a quien hoy no se acuerda siquiera que es la Fiesta de la Inmaculada; a quien se siente solo y abandonado. La mirada de María es la mirada de Dios sobre cada uno. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice. Se comporta como nuestra “abogada” - y así la invocamos en la Salve, Regina: "Advocata nostra". Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. Así ve ella la Ciudad: no como un aglomerado anónimo, sino como una constelación donde Dios conoce a todos personalmente por su nombre, uno a uno, y nos llama a resplandecer de su luz. Y quienes a los ojos del mundo son los primeros, para Dios son los últimos; los que son pequeños, para Dios son grandes. La Madre nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios. Reconoce en cada uno la semejanza con su Hijo Jesús, ¡aunque nosotros seamos tan diferentes! ¿Pero quién más que ella conoce el poder de la Gracia divina? ¿Quién mejor que ella sabe que nada es imposible para Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?

Este es, queridos hermanos y hermanas, el mensaje que recibimos aquí, a los pies de María Inmaculada. Es un mensaje de confianza para cada persona de esta Ciudad y del mundo entero. Un mensaje de esperanza no hecho de palabras, sino de su misma historia: ¡ella, una mujer de nuestra estirpe, que dio a luz al Hijo de Dios y compartió toda su propia existencia con Él! Y hoy nos dice: este es también tu destino, el vuestro, el destino de todos: ser santos como nuestro Padre, ser inmaculados como nuestro Hermano Jesucristo, ser hijos amados, adoptados todos para formar una gran familia, sin límites de nacionalidad, de color, de lengua, porque uno solo es Dios, Padre de cada hombre.

¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra Ciudad: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y de elegir el bien, aun cuando cuesta y comporta ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por Él, predestinados a ser sus hijos.

¡Virgen Inmaculada, dulcísima Madre nuestra, ruega por nosotros!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

sábado, 4 de diciembre de 2010

Defender y promover matrimonio auténtico, familia y vida desde la concepción, exhorta Benedicto XVI

No se debe aprobar leyes que favorezcan la fecundación in vitro o el aborto






VATICANO, 03 Dic. 10 / 10:34 am (ACI)

Al recibir esta mañana las cartas credenciales del nuevo Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, Fernando Felipe Sánchez Campos, el Papa Benedicto XVI exhortó a defender y promover el matrimonio auténtico conformado por un hombre y una mujer, la familia que nace de este y toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

En su discurso el Santo Padre elevó sus oraciones por esta nación centroamericana y recordó sus estrechos lazos con el Sucesor de Pedro. También se refirió al Año Jubilar por los 375 años de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona del país.

El Papa se refirió luego al patrimonio espiritual de Costa Rica, que hace posible luchar por el bien común y la justicia social, tarea en la que "nadie puede sentirse al margen". Esto, precisó, debe hacerse "sin menoscabar los valores fundamentales que vertebran la inviolable dignidad de la persona, comenzando por la firme salvaguarda de la vida humana".

Benedicto XVI recordó entonces que fue precisamente en Costa Rica "donde se firmó el Pacto de San José, en el que se reconoce expresamente el valor de la vida humana desde su concepción. Así pues, es deseable que Costa Rica no viole los derechos del nasciturus con leyes que legitimen la fecundación in vitro y el aborto".

Tras referirse al deseo de generar un nuevo acuerdo entre la Santa Sede y Costa Rica que concrete "las materias de interés común, fijando pormenorizadamente los derechos y obligaciones de las partes signatarias", el Papa elevó sus oraciones por los afectados por las lluvias en este país en los últimos días.

Luego de enumerar una serie de tareas importantes de Costa Rica a favor de los más pobres y necesitados para asegurarles una vida digna, en camino hacia la verdadera paz a través también del estado de derecho, el Santo Padre explicó que "mucho contribuirá a dilatar este horizonte el afianzamiento en la sociedad de un pilar tan sustancial e irrenunciable como la estabilidad y unión de la familia, institución que está sufriendo, quizás como ninguna otra, la acometida de las transformaciones amplias y rápidas de la sociedad y de la cultura".

Ante estos ataques a la familia, dijo el Papa, esta célula básica de la sociedad "no puede perder su identidad genuina, pues está llamada a ser vivero de virtudes humanas y cristianas, en donde los hijos aprendan de sus padres de forma natural a respetarse y comprenderse, a madurar como personas, creyentes y ciudadanos ejemplares".

"Por consiguiente, nada de cuanto favorezca, tutele y apoye la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer será baldío. En este sentido, la Iglesia no se cansará de alentar especialmente a los jóvenes, para que descubran la belleza y grandeza que entraña servir fiel y generosamente al amor matrimonial y a la transmisión de la vida", precisó.

Finalmente, el Papa también hizo un especial llamado a la paz, y al buen entendimiento entre las naciones. En este contexto resaltó la necesidad de contribuir a la defensa de la naturaleza en consonancia del desarrollo humana integral para lograr "esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos".