sábado, 17 de junio de 2017

Un dialogo entre el tesoro y el barro






Tener “conciencia” de que somos débiles, vulnerables y pecadores: sólo el poder de Dios nos salva y nos cura. Es la exhortación que hizo el Santo Padre en su homilía de la misa de este 16 de junio en Casa Santa Martha. Ninguno de nosotros “puede salvarse a sí mismo”. Tenemos necesidad “del poder de Dios” para ser salvados. El Papa Francisco reflexionó sobre la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios – en la que el Apóstol se refiere al misterio de Cristo – afirmando que “tenemos un tesoro en vasijas de barro” y exhorta a todos a tomar “conciencia” de ser, precisamente “barro, débiles y pecadores”. Sí, porque sin el poder de Dios – recordó el Papa – no podemos “ir adelante”.

sábado, 3 de junio de 2017

Apacentar al Pueblo con humildad y amor





Jesús encomienda sus ovejas a Pedro, el más pecador, y lo invita a apacentar al Pueblo de Dios con humildad y amor, incluso en medio de sus equivocaciones y pecados. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de este 2 de junio en Casa Santa Martha. El Papa comentó el Evangelio del día, en que Jesús resucitado dialoga con Pedro en la orilla del lago, allí donde el Apóstol había sido llamado. Es un diálogo tranquilo, sereno, entre amigos – subrayó Francisco – en el clima de la Resurrección del Señor. Jesús encomienda sus ovejas a Pedro, haciéndole tres preguntas, preguntándole si lo ama.

sábado, 27 de mayo de 2017

El mundo, lugar privilegiado de misión





El lugar del cristiano es el mundo para anunciar a Jesús, pero su mirada está dirigida hacia el Cielo para estar unido a Él. Lo dijo el Santo Padre en su homilía de la Misa de este 26 de mayo en Casa Santa Martha. El Papa observó que las Escrituras nos indican tres palabras, tres lugares de referencia del camino cristiano. La primera palabra es memoria. El segundo punto de referencia es la oración. Después hay un tercer punto: el mundo. El Pontífice observó que “ésta es la topografía del espíritu cristiano”, los tres lugares de referencia de nuestra vida: la memoria, la oración y la misión. Mientras las tres palabras para nuestro camino son: Galilea, el Cielo y el mundo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Las ideologías cierran el corazón





La verdadera doctrina une. En cambio, la ideología divide. Lo afirmó el Santo Padre, en su homilía de la Misa de este 19 de mayo en Casa Santa Martha. En su reflexión, el Papa aludió al llamado Concilio de Jerusalén que, alrededor del año 49, decidió que los paganos convertidos al cristianismo no debían circuncidarse como pedía la Ley mosaica. Ante la Primera Lectura propuesta por la liturgia del día, tomada de los Hechos de los Apóstoles, el Papa Francisco observó que también en la primera comunidad cristiana “había celos, luchas de poder, y alguno que otro astuto que quería ganar y comprar el poder”.

sábado, 13 de mayo de 2017

Santa Misa de Canonización de los Tres Pastorcitos en el Santuario de Fátima





El Papa Francisco proclamó este sábado santos en una ceremonia en Fátima a los dos hermanos pastorcillos, Jacinta y Francisco, que junto con su prima Lucía presenciaron las apariciones de la Virgen hace 100 años.
Al inicio del acto, el obispo de Leiria-Fátima, António Marto, pidió al Papa que inscribiese a Francisco y Jacinta en el libro de los Santos y después hizo una breve presentación de la biografía de los dos niños.

sábado, 29 de abril de 2017

«No tengáis miedo a amar a todos, a amigos y enemigos»

Multitudinaria misa del Papa en Egipto: «No tengáis miedo a amar a todos, a amigos y enemigos»
El Papa animó a los católicos egipcios a mirar adelante y hacer el bien a todos, "amigos y enemigos"
 
 
 En su segundo y último día de visita a Egipto, el Papa celebró el acto central con los católicos del país con una multitudinaria misa en el estadio de la aeronáutica militar de El Cairo en la que participaron decenas de miles de personas, entre ellas muchos coptos ortodoxos e incluso musulmanes.

Durante la homilía de una Eucaristía marcada por los símbolos cristianos de Oriente el Papa pidió a los católicos regresar a casa con alegría y les invitó a no tener miedo “a abrir vuestro corazón a la luz del Resucitado” y así “transforme vuestras incertidumbres en fuerza positiva para vosotros y para los demás”.

"El amor es la fuerza y el tesoro del creyente"
 
De este modo, Francisco les animó: “no tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente”.

A lo largo de su homilía en la que explicó el pasaje del Evangelio en el que se habla de los discípulos de Emaús Francisco centró su predicación en tres palabras: vida, muerte y resurrección.
 
Francisco recordó como el encuentro con el Resucitado transformó la vida de estos discípulos haciendo “fecunda cualquier esterilidad”. “La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón y detesta la hipocresía”. Según el Papa, “para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita”.

Qué es la verdadera fe
 
El Papa dijo que la “verdadera fe” da “la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados”.

Por ello, insistía en que “la verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño”.



Cuando el hombre se "auto paraliza"
 
Sobre la muerte, Francisco explicó hasta qué punto la muerte de Jesús desorientó  a los discípulos y advirtió de que en muchas ocasiones el hombre “se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre”.

“Cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida”, agregó.

Jesús transforma la "desesperación en vida"
 
La resurrección fue la última de las tres palabras en las que giró su homilía. Jesús transforma “la desesperación en vida” porque “cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina”, dijo el Santo Padre.
 
 “Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz”.

Y por último indicó que “quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder”.
 
VER COMPLETO:   http://www.religionenlibertad.com/multitudinaria-misa-del-papa-egipto-tengais-miedo-amar-56483.htm
 
 
29 abril 2017
 
 
 

domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Pascua 2017





En distintos momentos advierte Jesús que aceptar su doctrina reclama la virtud de la fe por parte de sus discípulos. Lo recuerda de modo especial a sus Apóstoles; a aquellos que escogió para que, siguiéndole más de cerca todos los días, vivieran para difundir su doctrina. Serían responsables de esa tarea, de modo especial, a partir de su Ascensión a los cielos, a partir del momento en que ya no le vería la gente, ni ellos contarían con su presencia física, ni con sus palabras, ni con la fuerza persuasiva de sus milagros. Metidos de lleno en la Pascua –tiempo de alegría porque consideramos la vida gloriosa a la que Dios nos ha destinado–, meditamos en la virtud de la fe, le decimos al Señor como los Apóstoles: auméntanos la fe: concédenos un convencimiento firme, inmutable de tu presencia entre nosotros y, por ello, de tu victoria, por el auxilio que nos has prometido. Que nos apoyemos en tu palabra, Señor, ya que son las tuyas palabras de vida eterna. Así lo declaró Pedro, cabeza de los Apóstoles, cuando bastantes dudaron y se alejaron: ¿A quién iremos? –afirmó, en cambio, el Príncipe de los Apóstoles– Tú tienes palabras de vida eterna. A poco de haber convivido con Jesús, todos comprendían que merecía un asentimiento de fe. Si tuvierais fe... Creed..., les animaba el Señor. Era necesario, sin embargo, afirmar su enseñanza expresamente, recordarla y establecerla como criterio básico de comportamiento. Era fundamental tener muy claro que si podían estar seguros, al declarar su doctrina infalible e inefable, era por ser doctrina de Jesucristo: el Hijo de Dios encarnado. Todos fueron testigos de los mismos milagros y escucharon las mismas palabras, con idéntica autoridad, con el mismo afán de entrega por todos; y, sin embargo, solamente Pedro es capaz de confesar expresamente la fe que Jesús merece: ¿A quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna, delara el Apostol y Jesús confirma. Y lo que es de Dios, es para siempre: el Cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán, nos aseguró. Queremos tener un convencimiento como el que espera Jesús, como ese que echa de menos en los dos Apóstoles que hoy nos presenta san Lucas, desencantados –con motivo, podríamos pensar– porque habían sido testigos de lo que consideraban el fracaso de Cristo: en quien confiaban, había sido finalmente derrotado. Jesús había muerto, como uno más, a pesar de sus muchos milagros anteriores, a pesar de que tantas veces había escapado incólume de unos y de otros, a pesar de aquella majestad que le era connatural y que había admirado a todos. Con su muerte, sin embargo, todo lo anterior quedaba en entredicho y el desencanto bloqueaba a los suyos y hacía felices a sus adversarios. Pero hoy, por el contrario, se nos presenta Jesús glorioso y vivo como nunca. Con una vida definitivamente inmortal. Esa vida humana y para la eternidad, a la que nos llama reclamando nuestra fe: nuestro asentimiento incondicionado interior y exteriormente; es decir, también con nuestra conducta, con obras que manifiesten nuestra adhesión y confianza en Dios. Son las obras y la conducta de aquellos dos, una vez convencidos de la resurrección. A pesar de la hora y del desánimo de un rato antes, vuelven a Jerusalén porque es preciso hacer justicia al Señor y a su doctrina. No hay tiempo que perder. En un momento, han recobrado el ánimo; y la presencia de los otros Apóstoles reunidos, que también sabían ya por la aparición a Pedro de Jesús resucitado, se lo confirma. Con los Doce está María, la madre de Jesús y Madre nuestra, que persevera en oración junto a los discípulos de su Hijo. Ella, que recibió la alabanza de su prima Isabel: bienaventurada tú que has creído..., nos conducirá, si se lo pedimos, a una fe inconmovible para vivir de las verdades que nos ha manifestado Cristo; las únicas que conducen a la intimidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo: la vida a la que nos llama Nuestro Padre Dios en Cristo.