sábado 21 de noviembre de 2009

El Papa: “El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza”


Intervención en la apertura de la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria


ROMA, lunes 16 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

El hambre es “el signo más cruel y concreto de la pobreza” y no tiene “una relación de causa-efecto” con el aumento de la población”, afirmó Benedicto XVI este lunes por la mañana en la sede de la FAO en Roma.

El Papa intervino en la sesión de apertura de la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria, que se celebra del 16 al 18 de noviembre en Roma.

“La tierra puede nutrir suficientemente a todos sus habitantes” porque “si bien en algunas regiones se mantienen bajos niveles de producción agrícola a causa también de cambios climáticos, dicha producción es globalmente suficiente para satisfacer tanto la demanda actual, como la que se puede prever en el futuro”.

Colaborar para un “desarrollo humano integral”

Según el pontífice, “aunque los Países más pobres se han integrado en la economía mundial de manera más amplia que en el pasado, la tendencia de los mercados internacionales los hace en gran medida vulnerables y los obliga a tener que recurrir a las ayudas de las Instituciones intergobernativas”.

La cooperación, señaló, debe ser “coherente con el principio de subsidiaridad”. Por ello, es necesario “implicar a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo", indicó.

“Porque el desarrollo humano integral requiere decisiones responsables por parte de todos y pide una actitud solidaria que no considere la ayuda o la emergencia en función de quien pone a disposición los recursos o de grupos de élite que hay entre los beneficiarios”, añadió.

La solidaridad para el desarrollo de los países pobres, por otra parte, puede llegar a ser también una “vía de solución para la actual crisis global”, sugirió.

En este sentido, explicó que “sosteniendo con planes de financiación inspirados en la solidaridad estas Naciones, para que ellas mismas sean capaces de satisfacer las propias demandas de consumo y de desarrollo, no sólo se favorece el incremento económico en su interior, sino que puede tener repercusiones positivas para el desarrollo humano integral en otros países”.

Contra el hambre, una “conciencia solidaria”

Benedicto XVI también alertó contra el peligro de considerar el hambre como un fenómeno “estructural, parte integrante de la realidad socio-política de los países más débiles, objeto de un sentido de resignada amargura, si no de indiferencia”.

“No es así, ni debe ser así -exclamó-. Para combatir y vencer el hambre es esencial empezar por redefinir los conceptos y los principios aplicados hasta hoy en las relaciones internacionales”.

En este sentido, indicó la importancia de buscar “nuevos parámetros -necesariamente éticos y después jurídicos y económicos- que sean capaces de inspirar la actividad de cooperación para construir una relación paritaria entre Países que se encuentran en diferentes grados de desarrollo”.

Al mismo tiempo, es necesario “entender las necesidades del mundo rural”, descartando la posibilidad de ser considerado “de modo miope, como una realidad secundaria” y favorecer el acceso al mercado internacional de los productos procedentes de las áreas más pobres, “hoy a menudo relagados a espacios limitados”, dijo.

También pidió no olvidar “los derechos fundamentales de la personas, entre los que destaca el derecho a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, y el derecho al agua”.

Para lograr esos objetivos, “rescatar las reglas del comercio internacional de la lógica del provecho como un fin en sí mismo, orientándolas en favor de la iniciativa económica de los Países más necesitados de desarrollo, que, disponiendo de mayores entradas, podrán caminar hacia la autosuficiencia, que es el preludio de la seguridad alimentaria”.

Refiriéndose a su encíclica “Caritas in veritate”, Benedicto XVI también recordó la necesidad de una “conciencia solidaria, que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinción ni discriminaciones”.

“No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones”, señaló.

“Reconocer el valor trascendente de cada hombre y mujer es el primer paso para favorecer la conversión del corazón que pueda sostener el esfuerzo para erradicar la miseria, el hambre y la pobreza en todas sus formas”.

El desarrollo respeta el medio ambiente

Los métodos de producción alimentaria, recordó el obispo de Roma, imponen igualmente un “análisis atento de la relación entre el desarrollo y la tutela ambiental”

Esta tutela la señaló como “un desafío actual para garantizar un desarrollo armónico, respetuoso del diseño de Dios el Creador y por tanto en condiciones de salvaguardar el planeta”.

Desde este punto de vista, se debe profundizar en las conexiones existentes “entre la seguridad ambiental y el fenómeno preocupante del cambio climático”, teniendo en cuenta el lugar central de la persona humana y sobre todo a las poblaciones más vulnerables.

Para ello, concluyó, no bastan “normativas, legislaciones, planes de desarrollo e inversiones”, sino “un cambio en los estilos de vida personales y comunitarios, en el consumo y en las necesidades concretas” y sobre todo “tener presente ese deber moral de distinguir en las acciones humanas el bien del mal para redescubrir así el vínculo de comunión que une la persona y lo creado”.

El director general de la FAO, Jacques Diouf, definió la presencia del pontífice de este lunes como “un evento excepcional” que confiere a la cumbre “una fuerte dimensión espiritual”.

“La Iglesia siempre ha tenido como responsabilidad la de aliviar la pobreza de los más necesitados”, destacó.

También auspició que la presencia del Papa permitirá llevar la lucha contra el hambre al mundo “a un nivel de responsabilidad colectiva y de ética que trascienda los puestos en juego y los intereses nacionales y regionales, para reafirmar con voz clara y fuerte el derecho a la alimentación, el primero de los derechos humanos”.

La de este lunes ha sido la quinta visita de un Papa a la sede de la FAO de Roma. Benedicto XVI estaba acompañado por el Secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone; por el arzobispo Filoni, sustituto de la Secretaría de Estado; por monseñor Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados, y Harvey, prefecto de la Casa pontificia.

También por el obispo De Nicolò, regente de la Prefectura, por monseñores Gänswein, su secretario particular, y Volante, Observador Permanente de la Santa Sede ante las organizaciones y los organismos de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura.

Actualmente, 1,02 millones de personas están desnutridas.

domingo 15 de noviembre de 2009

Benedicto XVI: la caridad pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia


Discurso a los miembros del Consejo Pontificio Cor Unum


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto del discurso pronunciado hoy por el Papa Benedicto XVI, al recibir en audiencia a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio Cor Unum.

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Señores cardenales,

venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas,

Estoy contento de saludaros a cada uno de vosotros, Miembros, Consultores y Oficiales del Consejo Pontificio Cor Unum, reunidos aquí para la Asamblea Plenaria, durante la cual se afronta el tema "Recorridos formativos para los operadores de la caridad". Saludo al cardenal Paul Josef Cordes, presidente del Dicasterio, y le agradezco por las corteses palabras que me ha dirigido también en nombre vuestro. A todos expreso mi reconocimiento por el precioso servicio que ofrecéis a la actividad caritativa de la Iglesia. Mi pensamiento, de modo especial, se dirige a los numerosos fieles que, a títulos diversos y en cada parte del mundo, hacen entrega, con generosidad y dedicación, de su tiempo y de sus energías para dar testimonio del amor de Cristo, Buen Samaritano, que se inclina a los necesitados en el cuerpo y en el espíritu. Dado que, como subrayé en la encíclica Deus caritas est, "la íntima naturaleza de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia), servicio de la caridad (diakonia)" (cfr n. 25), la caridad pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia.

Trabajando en este ámbito de la vida eclesial, vosotros lleváis a cabo una misión que se coloca en una tensión constante entre dos polos: el anuncio del Evangelio y la atención al corazón del hombre y al ambiente en el que vive. Este año dos especiales acontecimientos eclesiales han resaltado este aspecto: la publicación de la encíclica Caritas in veritate y la celebración de la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos sobre la reconciliación, la justicia y la paz. En perspectivas diversas pero convergentes estos han puesto de manifiesto cómo la Iglesia, en su anuncio salvífico, no puede prescindir de las condiciones concretas de vida de los hombres, a los cuales es enviada. El actuar para mejorarlas concierne a su misma vida y a su misión, ya que la salvación de Cristo es integral e implica al hombre en todas sus dimensiones, física, espiritual, social y cultural, terrena y celestial. Precisamente de esta conciencia han nacido, en el transcurso de los siglos, muchas obras y estructuras eclesiales cuyo fin es la promoción de las personas y de los pueblos, que han dado y siguen dando una contribución insustituible para el crecimiento, el desarrollo armónico e integral del ser humano. Como he reafirmado en la encíclica Caritas in veritate, "el testimonio de la caridad de Cristo a través de las obras de justicia, paz y desarrollo, forma parte de la evangelización, porque para Jesucristo, que nos ama, es muy importante todo el hombre" (n. 15).

Desde esta óptica hay que considerar el compromiso de la Iglesia por el desarrollo de una sociedad más justa, en la que se reconozcan y respeten todos los derechos de los individuos y de los pueblos (cfr ibid., 6). Muchos fieles laicos, al respecto, llevan a cabo una provechosa acción en el campo económico, social, legislativo y cultural y promueven el bien común. Estos dan testimonio del Evangelio, contribuyendo a construir un justo orden en la sociedad y participando en primera persona en la vida pública (cfr Deus caritas est, 28). No compete ciertamente a la Iglesia intervenir directamente en la política de los Estados o en la construcción de estructuras políticas adecuadas (cfr n. 9). La Iglesia con el anuncio del Evangelio abre el corazón por Dios y por el prójimo y despierta las conciencias. Con la fuerza de su anuncio defiende los verdaderos derechos humanos y se compromete con la justicia. La fe es una fuerza espiritual que purifica la razón en la búsqueda de un orden justo, liberándola del riesgo siempre presente de ser "deslumbrada" por el egoísmo, el interés o el poder. En verdad, como la experiencia demuestra, también en las sociedades más evolucionadas desde el puto de vista social, la caritas sigue siendo necesaria: el servicio del amor nunca es superfluo, no sólo porque el alma humana tiene siempre necesidad, además de las cosas materiales, del amor, sino también porque sigue habiendo situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad, que requieren dedicación personal y ayudas concretas. Cuando ofrece atención amorosa al hombre, la Iglesia siente latir en sí misma la plenitud del amor suscitada por el Espíritu Santo, el cual, mientras ayuda al hombre a liberarse de las opresiones materiales, asegura descanso y apoyo al alma, liberándola de los males que la afligen. La fuente de este amor es Dios mismo, infinita misericordia y amor eterno. Quien por tanto presta su servicio dentro de los organismos eclesiales que gestionan iniciativas y obras de caridad, no puede sino tener este principal objetivo: dar a conocer y experimentar el Rostro misericordioso del Padre celeste, porque en el corazón de Dios Amor está la verdadera respuesta a las esperanzas más íntimas de todo corazón humano.

¡Qué necesario es para los cristianos mantener fija la mirada en el Rostro de Cristo! Sólo en Él, plenamente Dios y plenamente hombre, podemos contemplar al Padre (cfr Jn 14,9) y experimentar su infinita misericordia! Los cristianos saben estar llamados a servir y a amar al mundo, pero sin ser "del mundo" (cfr Jn 15,19); a llevar una Palabra de salvación íntegra del hombre, que no se puede cerrar en el horizonte terreno; a permanecer - como Cristo - totalmente fieles a la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismos, para percibir más fácilmente esa necesidad de amor verdadero que hay en cada corazón. Este es el camino que debe recorrer, si quiere seguir la lógica del Evangelio, quien quiera dar testimonio de la caridad de Cristo.

Queridos amigos, es importante que la Iglesia, inserta en las circunstancias de la historia y de la vda de los hombres, se haga canal de la bondad y del amor de Dios. Así sea para vosotros y para cuantos operan en el vasto ámbito del que se ocupa vuestro Consejo Pontificio! Con este augurio, invoco la materna intercesión de María sobre vuestros trabajos y, mientras renuevo mi acción de gracias por vuestra presencia y por la obra que lleváis a cabo, os imparto con agrado a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi Bendición Apostólica.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez

sábado 7 de noviembre de 2009

Benedicto XVI: “estad preparados con las lámparas encendidas”



Misa en sufragio por los cardenales y obispos muertos el último año


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 5 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto de la homilía pronunciada hoy por el Papa con motivo de la Misa en sufragio de los cardenales, arzobispos y obispos de todo el mundo, fallecidos en los últimos doce meses, que se celebró hoy en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro.

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¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas!

“¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!”. Las palabras del Salmo 122, que hemos cantado hace poco, nos indican a elevar la mirada del corazón hacia la “casa del Señor”, hacia el Cielo donde está misteriosamente reunida, en la visión beatífica de Dios, la multitud de todos los santos, que la liturgia nos ha hecho contemplar hace algunos días. A la solemnidad de los Santos ha seguido la conmemoración de todos los Fieles difuntos. Estas dos celebraciones vividas en un profundo clima de fe y de oración, nos ayudan a percibir mejor el misterio de la Iglesia en su totalidad y a comprender cada vez más que la vida debe ser una espera siempre vigilante, una peregrinación hacia la vida eterna, cumplimiento último que da sentido y plenitud a nuestro camino terreno. A las puertas de la Jerusalén celeste “ya están puestos nuestros pies” (v. 2).

A esta meta definitiva han llegado ya los llorados cardenales Avery Dulles, Pio Laghi, Stéphanos II Ghattas, Stephen Kim Sou-Hwan, Paul Joseph Pham Đình Tung, Umberto Betti, Jean Margéot, y los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado durante este último año. Les recordamos con afecto y damos gracias a Dios por el bien que han hecho. En su sufragio eterno ofrecemos el Sacrificio eucarístico, reunidos, como cada año, en esta Basílica Vaticana. Pensemos en ellos en la comunión, real y misteriosa, que nos une a nosotros, peregrinos en la tierra, a cuantos nos ha precedido en el más allá, seguros de que la muerte no rompe los vínculos de fraternidad espiritual sellados por los Sacramentos del Bautismo y del Orden.

En estos venerados hermanos nuestros queremos reconocer a los siervos de los que habla la parábola evangélica proclamada hace un momento: siervos fieles, a los que el amo, de vuelta de las bodas, ha encontrado despiertos y preparados (cfr Lc 12,36-38); pastores que han servido a la Iglesia asegurando al rebaño de Cristo el cuidado necesario; testigos del Evangelio que, en la variedad de los dones y de las tareas, han dado prueba de vigilancia activa, de dedicación generosa a la causa del Reino de Dios. Cada celebración eucarística, en la que tantas veces participaron, primero como fieles y luego como sacerdotes, anticipa del modo más elocuente cuanto el Señor ha prometido: Él mismo, sumo y eterno Sacerdote, hará sentar a sus siervos a la mesa y les servirá (cfr Lc 12,37). Sobre la Mesa eucarística, banquete nupcial de la Nueva Alianza, Cristo, Cordero pascual, se hace nuestro alimento, destruye la muerte y nos da su vida, la vida sin fin. Hermanos y hermanas, permanezcamos también nosotros despiertos y vigilantes: que los encuentre así “el amo cuando vuelve de las bodas, llegando en medio de la noche o antes del alba” (cfr Lc 12,38). ¡También nosotros, entonces, como los siervos del Evangelio, seremos bienaventurados!

"Las almas de los justos están en las manos de Dios” (Sb 3,1). La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, habla de justos perseguidos, condenados injustamente a muerte. Pero aunque si su puerte – subraya el Autor sagrado – sucede en circunstancias humillantes y dolorosas tales que parecen una desgracia, en verdad para quienes tienen fe no es así: “ellos están en la paz” y, aun si sufrieron castigos a los ojos de los hombres, “su esperanza está llena de inmortalidad" (vv. 3-4). Es doloroso el alejamiento de los seres queridos, el acontecimiento de la muerte es un enigma lleno de inquietud, pero, para los creyentes, venga como venga, está siempre iluminado por la “esperanza de la inmortalidad”. La fe nos sostiene en estos momentos humanamente llenos de tristeza y de malestar: “A tus hijos la vida no ha sido quitada, sino transformada – recuerda la liturgia –; y mientras se destruye la morada de este exilio terreno, se prepara una morada en el Cielo” (Prefacio de difuntos). Queridos hermanos y hermanas, sabemos bien y lo experimentamos en nuestro camino, que no faltan dificultades y problemas en esta vida, hay situaciones de sufrimiento y dolor, momentos difíciles que comprender y aceptar. Todo esto sin embargo adquiere valor y significado si se considera en la perspectiva de la eternidad. Cada prueba, de hecho, acogida con paciencia perseverante y ofrecida por el Reino de Dios, viene en nuestra ayuda espiritual ya aquí abajo, y sobre todo en la vida futura, en el Cielo. En este mundo estamos de paso, purificados en el crisol como el oro, afirma la Sagrada Escritura (cfr Sb 3,6). Misteriosamente asociados a la pasión de Cristo, podemos hacer de nuestra existencia una ofrenda agradable al Señor, un sacrificio voluntario de amor.

En el Salmo responsorial y después en la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, encontramos como un eco a las palabras del libro de la Sabiduría. Mientras el Salmo 122, retomando el canto de los peregrinos que suben a la Ciudad santa y tras un largo camino llegan, llenos de alegría, a sus puertas, nos proyecta en el clima de fiesta del Paraíso, san Pedro nos exhorta, durante la peregrinación terrena, a tener viva en el corazón la perspectiva de la esperanza, de una “esperanza viva” (1,3). Frente al inevitable disolverse de la escena de este mundo – anota – se nos ha dado la promesa de una “heredad que no se corrompe, no se mancha y no se marchita” (v. 4), porque Dios nos ha regenerado, en su gran misericordia, “mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1,3). Este es el motivo por el que debemos estar “colmados de alegría”, aunque estemos afligidos por varias penas. Si, de hecho, perseveramos en el bien, nuestra fe, purificada por muchas pruebas, resplandecerá un día en todo su fulgor y volverá en alabanza, gloria y honor nuestro cuando Jesús se manifieste en su gloria. Aquí está la razón de nuestra esperanza, que ya aquí nos hace exultar “de gloria indecible y gloriosa”, mientras estamos en camino hacia la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (cfr vv. 6-8).

Queridos hermanos y hermanas, con estos sentimientos queremos confiar a la Divina Misericordia a estos cardenales, arzobispos y obispos, junto con los que hemos trabajado en la viña del Señor. Definitivamente liberados de lo que queda en ellos de fragilidad humana, los acoja en Padre celeste en su Reino eterno y les conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio. Que les acompañe, son su solicitud maternal, la Virgen Santa, y les abra las puertas del Paraíso. Que la Virgen María nos ayude también a nosotros, aún caminantes por la tierra, a mantener fija la mirada hacia la patria que nos espera; nos anime a estar preparados “ceñidos vuestros lomos y con las lámparas encendidas” para acoger al Señor cuando “llegue y llame” (Lc 12,35-36). A cualquier hora y en cualquier momento. ¡Amen!

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

sábado 31 de octubre de 2009

Una sociedad vigorosa se basa en valores morales sólidos, dice el Papa




Benedicto XVI pide a los panameños trabajar por una mayor igualdad social


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 30 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- El Papa afirmó que una sociedad vigorosa se edifica “por la solidez de los valores morales que la sustentan, ennoblecen y dignifican”, este viernes al recibir en audiencia en el Vaticano a la nueva embajadora de Panamá ante la Santa Sede, Delia Cárdenas Christie, con motivo de la entrega de sus Cartas credenciales.

El Santo Padre enunció los “elementos irreemplazables para crear un sano tejido social y edificar una sociedad vigorosa”.

Concretamente, se refirió a la “defensa de aspectos tan primordiales como el compromiso por la justicia social, la lucha contra la corrupción, el trabajo en favor de la paz, la inviolabilidad del derecho a la vida humana desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, así como la salvaguardia de la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer”.

Benedicto XVI destacó que la Iglesia contribuye “de manera decisiva a dinamizar el presente y avivar el anhelo de un futuro esperanzador”.

Y añadió que “en el marco de las respectivas competencias y del respeto recíproco, el quehacer de la Iglesia, que en razón de su misión no se confunde con el del Estado, ni puede identificarse con programa político alguno”.

El Papa explicó que, a diferencia del Estado, la Iglesia “se mueve en un ámbito de naturaleza religiosa y espiritual, que tiende a la promoción de la dignidad del ser humano y a la tutela de sus derechos fundamentales”.

“Sin embargo -añadió-, esta distinción no implica indiferencia o mutuo desconocimiento, ya que, aunque por diverso título, Iglesia y Estado convergen en el bien común de los mismos ciudadanos, estando al servicio de su vocación personal y social”.

En su discurso a la nueva embajadora de Panamá, el pontífice afirmó que “el mensaje del Evangelio ha jugado un papel esencial y constructivo en la configuración de la identidad panameña, formando parte del patrimonio espiritual y del acerbo cultural de esa Nación”.

V Centenario

Como ejemplo de ello, destacó la “Bula "Pastoralis officii debitum", por la cual, el 9 de septiembre de 1513, el Papa León X erigía canónicamente la diócesis de Santa María La Antigua, la primera en tierra firme del Continente americano”.

Para conmemorar el V Centenario de este acontecimiento tan significativo, la Iglesia en Panamá está preparando diversas iniciativas, que, según el Papa, “reflejarán lo arraigada que está en su Patria la comunidad eclesial, que no pretende otro bien que el del pueblo mismo, del cual ella forma parte y al que ha servido y sirve con altura de miras y generosidad”.

El Santo Padre comentó que pide a Dios “que esta efeméride acreciente la vida cristiana de todos los amados hijos de esa Nación, de modo que la fe siga siendo en ella fuente inspiradora para afrontar de manera positiva y provechosa los retos que esa República tiene planteados en la actualidad”.

Honradez, transparencia, profesionalidad y diligencia

Benedicto XVI quiso reconocer “el compromiso que las autoridades panameñas han manifestado reiteradamente de fortalecer las instituciones democráticas y una vida pública fundamentada en robustos pilares éticos”.

En este sentido, señaló que “no se han de escatimar esfuerzos para fomentar un sistema jurídico eficiente e independiente, y que se actúe en todos los ámbitos con honradez, transparencia en la gestión comunitaria y profesionalidad y diligencia en la resolución de los problemas que afectan a los ciudadanos”.

“Esto favorecerá el desarrollo de una sociedad justa y fraterna, en la que ningún sector de la población se vea olvidado o abocado a la violencia y la marginación”, añadió.

También destacó “el valioso papel que Panamá está desempeñando para la estabilidad política del área centroamericana, en unos momentos en los que la coyuntura actual pone de relieve cómo un progreso consistente y armónico de la comunidad humana no depende únicamente del desarrollo económico o los descubrimientos tecnológicos”.

Acuerdo por ratificar

El Papa afirmó que Panamá “mantiene unas relaciones bilaterales fluidas y fructíferas con la Santa Sede”.

También mostró su deseo de que “el acuerdo firmado el pasado 1 de julio de 2005” “sea prontamente ratificado, y se pueda erigir así una circunscripción eclesiástica que atienda pastoralmente a las Fuerzas de Seguridad Panameñas”.

Finalmente, animó a todos los panameños “a trabajar por una mayor igualdad social, económica y cultural entre los distintos sectores de la sociedad, de manera que renunciando a los intereses egoístas, afianzando la solidaridad y conciliando voluntades se vaya desterrando, en palabras del Papa Pablo VI, "el escándalo de las disparidades hirientes”.

sábado 24 de octubre de 2009

Benedicto XVI otorga la primera Rosa de Oro a una Virgen en España


La Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén




JAÉN, viernes 23 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI ha otorgado la Rosa de Oro a la Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén, que se convierte así en la única imagen mariana en España que ha recibido esta condecoración pontificia.

El obispo de Jaén, monseñor Ramón del Hoyo, mostró, este miércoles en rueda de prensa, la Rosa de Oro.

Se trata de un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal.

Tiene una inscripción en latín que dice: “Benedicto XVI. Rosa de Oro. Para la imagen de la Bienaventurada Virgen María de la Cabeza, Patrona Celestial de la Diócesis de Jaén. Concesión benignísima. 22 de noviembre de 2009”.

El obispo de Jaén había solicitado la Rosa de Oro al Santo Padre con ocasión del Año Jubilar que celebra la diócesis de Jaén en honor de su patrona en el centenario de su coronación canónica.

Al formular esta petición, monseñor Del Hoyo alegó que en su honor se celebra la romería más antigua de España y que miles de fieles le profesan devoción.

Para conmemorar el cincuentenario de su proclamación como patrona de la diócesis de Jaén, la Virgen de la Cabeza será llevada el próximo mes de noviembre desde su Santuario de Sierra Morena, en la localidad de Andújar, a la catedral de Jaén.

Allí permanecerá desde el sábado 14 al domingo 22 de noviembre de 2009, y durante su presencia en la catedral se celebrarán diversos actos litúrgicos, pastorales, formativos y culturales.

Durante la estancia de la imagen en la catedral, monseñor Del Hoyo, en nombre del Papa, colocará la Rosa de Oro a los pies de la Virgen de la Cabeza. Posteriormente, el símbolo seguirá junto a su imagen en el Santuario del Cerro del Cabeza.

Historia de la Rosa de Oro

La Rosa de Oro es un reconocimiento del Papa a personalidades católicas prominentes que ha experimentado una evolución significativa.

Inicialmente lo recibían reyes y dignatarios, después casi exclusivamente reinas. Y últimamente, Nuestra Señora en algunas de sus advocaciones. La distinción fue creada por el Papa León IX en 1049.

Entre las reinas que la recibieron se encuentran María Cristina de Austria, reina regente de España (León XIII, 1886); Isabel I de Brasil (León XIII, por liberar a los esclavos en 1889), y Victoria Eugenia, consorte de Alfonso XIII en 1914, por Benedicto XV.

En tiempos más recientes, después del Concilio Vaticano II, la condecoración pontificia pasó a ser regalo de los papas a Nuestra Señora: Fátima en 1965 por Pablo VI; Aparecida en Brasil, en 1967 por Pablo VI; de Luján en 1982 por Juan Pablo II; de Guadalupe; de Loreto; de la Evangelización en Lima, Perú, en 1988, por Juan Pablo II; de Jasna Gora en Czestokowa, Polonia, en 2006 por Benedicto XVI; Aparecida en Brasil, en 2007, por Benedicto XVI, y Pompeya en Italia, en 2008, por Benedicto XVI.

Sobre la “Rosa de Oro”, existe un bello relato romántico, escrito en el siglo XIX por el escritor español Leopoldo Alas (Clarín), centrado en este regalo papal y en el robo que sufrió la iglesia de San Mauricio y de Santa María Magdalena, en Hall (Europa Central), donde se guardaba, como el tesoro que era, una “rosa de oro” (gemacht vonn golde, dice un antiguo código) regalo de León X a la Iglesia que se extendía por aquellos lugares.

Según este relato, que probablemente se basa en leyendas del lugar, la rosa fue robada de la iglesia por un joven para regalarla a la dama de sus amores.

Ésta, cuando se dio cuenta de la locura del joven, peregrinó a Roma para devolverla al Papa. El Obispo de Roma retuvo la rosa, tranquilizó a la joven y la devolvió a su país con una generosa limosna para el viaje y para aquella iglesia.

Años después, la rosa llegó como regalo del Papa a María Blumengold, que así se llamaba la peregrina.

El Papa bendecía antes de Pascua, en el domingo de Laetare, las de oro, que luego enviaba, con sus embajadas, a reinas y otras damas ilustres que se habían distinguido en la protección a la Iglesia o la defensa de los débiles; también a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.

sábado 17 de octubre de 2009

El Papa afirma que alimentarse es “un derecho humano fundamental”


Pide a la FAO que redoble sus esfuerzos para acabar con el hambre


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

En la lucha contra el hambre es necesario cambiar de estilos de vida, promover el desarrollo agrícola de los países más pobres y dejar de lado privilegios y beneficios.

Así lo afirmó Benedicto XVI en el mensaje de la Jornada Mundial de la Alimentación, que lleva por tema: “Conseguir la seguridad alimentaria en tiempo de crisis”.

“El acceso al alimento es un derecho fundamental de las personas y de los pueblos”, subrayó el Papa en el mensaje enviado al Director General de la FAO, Jacques Diouf, “y por esto los gobiernos y los diversos componentes de la Comunidad internacional están llamados, especialmente frente a la actual crisis global, a “realizar elecciones determinantes y eficaces”.

Según el Sofi 2009, el Informe anual sobre el estado de la alimentación en el mundo, publicado por la FAO y por el Programa Alimentario Mundial (PAM) de la ONU, este año por primera vez el número de los hambrientos ha superado los mil millones – las cifras hablan de mil veinte millones de personas – con un aumento del 9% respecto del año pasado.

La casi totalidad de los hambrientos viven en los países en vías de desarrollo: en Asia y en el Pacífico se estima que son 642 millones; en el África subsahariana 265 millones; en América Latina y el Caribe 53 millones; en el Próximo Oriente y en el Norte de África 42 millones. Pero el número de los hambrientos han aumentado también en los países ricos del norte del mundo, donde llegan a los 15 millones.

En el curso de la última década – también antes de la actual crisis – el número de las personas malnutridas había aumentado, de modo lento pero constante. Entre 1995-97 y el 2004-06, con la bajada sustancial de las ayudas públicas al desarrollo (ODA) destinadas a la agricultura, el número de los malnutridos ha aumentado en todas las regiones, excepto en América Latina y el Caribe, si bien también en esta región la crisis económica y alimentaria han suprimido los progresos realizados.

En el mensaje, el Papa subraya que “la agricultura debe poder disponer de un nivel suficiente de inversiones y de recursos”, y que además de esto se necesitan también “una profunda solidaridad y una fraternidad y una fraternidad de amplias miras”.

"En particular – añadió citando la “Caritas in veritate” – el drama del hambre podrá ser vencido solo 'eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones e infraestructuras rurales, en sistemas de irrigación, en transportes, en organizaciones de los mercados, en formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar lo mejor posible los recursos humanos, naturales y socio-económicos mayormente accesibles a nivel local”.

El Papa observó también que “la consecución de estos objetivos requiere una necesaria modificación de los estilos de vida y de las formas de pensar”.

Por esto es indispensable “favorecer una cooperación que proteja los métodos de cultivo propios de cada área y evite un uso desconsiderado de los recursos naturales”, además de salvaguardar “los valores propios del mundo rural y los derechos fundamentales de los trabajadores de la tierra”.

Las soluciones técnicas, aun avanzadas, tienen poca eficacia “si no se refieren a la persona, principal protagonista que, en su dimensión espiritual y material, es el origen y fin de toda actividad”, concluyó Benedicto XVI.

sábado 10 de octubre de 2009

La reforma de la Iglesia debe hacerse desde dentro, afirma el Papa



En la audiencia general, propone el ejemplo de San Juan Leonardi


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 7 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

La Iglesia se reforma desde dentro, como han mostrado numerosos santos que han impulsado su renovación a lo largo de la historia, afirmó Benedicto XVI este miércoles durante la audiencia general, en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

"Cualquier reforma interesa ciertamente a las estructuras, pero primero debe incidir en los corazones de los creyentes", dijo.

"Sólo desde la fidelidad a Cristo puede brotar la verdadera renovación eclesial", indicó.

Y añadió: "Sólo los santos, hombres y mujeres que se dejan guiar por el Espíritu divino, dispuestos a tomar decisiones radicales y valientes a la luz del Evangelio, renuevan a la Iglesia y contribuyen de manera decisiva a construir un mundo mejor".

Para ilustrarlo, Benedicto XVI puso el ejemplo de varios santos que han producido y difundido movimientos de renovación espiritual de la Iglesia, como Carlos Borromeo, Felipe Neri, Ignacio de Loyola, José de Calasanz, Camillo de Lellis y Luis Gonzaga, en el siglo XVI.

Y se detuvo especialmente en la figura de un sacerdote que recibió formación de farmacéutico: San Juan Leonardi, fundador de la Congregación de los Sacerdotes reformados de la Beata Virgen..

Este santo enseñó que Jesucristo es la medicina que cura todos los males del hombre y "comprendió que toda reforma debe hacerse desde dentro de la Iglesia y nunca contra la Iglesia", explicó el Santo Padre.

Precisamente este viernes se cumplirán 400 años de la muerte de san Juan Leonardi, patrón de los farmacéuticos que proyectó y contribuyó a la institución de una específica Congregación de la Santa Sede para las misiones, la antes conocida como Propaganda Fide, hoy Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Tal y como recordó el Santo Padre en la catequesis que pronunció durante la audiencia general, Juan Leonardi nació en 1541 en Diecimo, en Italia. Recibió formación de lo que entonces se denominaba boticario, pero "tras una madura reflexión, decidió encaminarse hacia el sacerdocio".

"Con todo, no abandonó la pasión por la farmacopea, porque sentía que la a través de su profesión de farmacéutico podría realizar plenamente su vocación, la de transmitir a los hombres, mediante una vida santa, "la medicina de Dios", que es Jesucristo crucificado y resucitado", prosiguió el Papa.

"San Juan Leonardi se dedicó al apostolado entre los chicos, a través de la Compañía de la Doctrina Cristiana, reuniendo alrededor suyo a un grupo de jóvenes con los cuales, el 1 de septiembre de 1574, fundó la Congregación de los Sacerdotes reformados de la Beata Virgen, posteriormente llamada Orden de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios", relató.

"Murió en 1609 por una gripe contraída mientras estaba prodigándose en el cuidado de cuantos, en el barrio romano de Campitelli, habían sido afectados por la epidemia", añadió..

El Santo Padre destacó que "San Juan Leonardi intentó hacer del encuentro personal con Jesucristo la razón fundamental de su propia existencia", y que repetía a menudo: "Es necesario volver a empezar desde Cristo".

Criterios para renovar la Iglesia

El Santo Padre subrayó que este santo, "movido por el celo apostólico, en mayo de 1605, envió al Papa Pablo V, recién elegido, un Memorial en el que sugería los criterios para una verdadera renovación en la Iglesia".

Entre estos criterios se encontraban algunas recomendaciones, que, en opinión del Papa, siguen plenamente vigentes hoy.

Destacaba, por ejemplo, en su escrito, que es "necesario que quienes aspiran a la reforma de las costumbres de los hombres busquen, sobre todo y ante todo, la gloria de Dios".

También indicaba que éstos tenían que brillar "por la integridad de vida y la excelencia de sus costumbres, de modo que, en lugar de obligar, atraigan dulcemente a la reforma".

Observaba también que "quienes quieran hacer una reforma seria de la religión y la moral deben hacer en primer lugar, como un buen médico, un cuidadoso diagnóstico de los males que afligen a la Iglesia para que podamos ser capaces de prescribir para cada uno de ellos el remedio más apropiado".

Indicó que "la renovación de la Iglesia debe llevarse a cabo por igual en los jefes y empleados, por arriba y por abajo; debe comenzar por quienes gobiernan para extenderse después a sus súbditos".

Por ello, este santo instó al Papa a promover una "reforma universal de la Iglesia", mientras se preocupaba por la formación cristiana del pueblo y especialmente de los niños, de educarlos "desde los primeros años... en la pureza de la fe cristiana y de las santas costumbres".

Benedicto XVI destacó que "la figura luminosa de este santo invita a los sacerdotes en primer lugar, y a todos los cristianos a tender constantemente a la santidad".

Por Patricia Navas