sábado, 18 de diciembre de 2010

Benedicto XVI: el árbol de Navidad enriquece el valor simbólico del belén


El abeto de la plaza de San Pedro fue iluminado esta tarde


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 17 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).-

El árbol de Navidad es un símbolo de la devoción popular que habla al mundo de esperanza y de paz.

Lo dijo este viernes Benedicto XVI al acoger a una delegación de unos 300 fieles procedentes de la diócesis de Bolzano-Bressanone, llegados al Vaticano para el regalo del árbol de Navidad colocado en la plaza de San Pedro e iluminado esta noche.

De unos 30 metros de alto y con un diámetro de siete, el abeto, de 80 años de edad, procede de un valle del Tirol del Sur -como ya sucedió en 2007-, en concreto del Común de Luson en el Valle Isarco.

Talado sin dañar el bosque en el que creció -localizado a casi 1.500 metros de altitud-, el árbol de Navidad, que pesa cinco toneladas, llegó al Vaticano el pasado 2 de diciembre y fue colocado en la plaza al día siguiente.

Junto al abeto principal, han sido donados también unos cuarenta árboles más pequeños, algunos de ellos decorados con estrellas de paja realizadas a mano por miembros del Movimiento Católico de Mujeres de Bressanone.

Esos árboles más pequeños adornarán los apartamentos pontificios, las residencias de los cardenales, las oficinas de la Curia y el Aula Pablo VI.

“Sé que este particular acontecimiento ha despertado interés y ha implicado a toda la población de la región”, dijo el Papa, dando las gracias a todos los presentes.

“El árbol de Navidad -explicó Benedicto XVI- enriquece el valor simbólico del belén, que es un mensaje de fraternidad y de amistad; una invitación a la unidad y a la paz; una invitación a dejar sitio, en nuestra vida y en la sociedad, a Dios, que nos ofrece su amor omnipotente a través de la frágil figura de un Niño, porque quiere que respondamos libremente a su amor con nuestro amor”.

“El belén y el árbol -continuó- traen por tanto un mensaje de esperanza y de amor, y ayudan a crear el clima propicio para vivir en la justa dimensión espiritual y religiosa el misterio del nacimiento del Redentor”.

Las luces, añadió, son el signo de “la luz que Cristo ha traído a la humanidad a través de su nacimiento” para disipar “las tinieblas del terror, de la tristeza y del pecado”.

El Pontífice deseó “que esta generosa iniciativa exhorte a todos los habitantes del Tirol del Sur a dar testimonio en el propio ambiente de los valores de la vida, del amor y de la paz que cada año nos encomienda la Navidad”.

Benedicto XVI también agradeció al alcalde de Naz-Sciaves el gesto de haberle querido conferir la ciudadanía de honor en recuerdo de su abuela paterna, originaria de Rasa, que forma parte de este municipio.

Por la tarde, fueron encendidas las luces del árbol de Navidad en la plaza de San Pedro con una ceremonia evocadora, especialmente esperada por los fieles romanos y por los peregrinos.

En la ceremonia, intervinieron el obispo de Bolzano-Bressanone, monseñor Karl Golser; el presidente de la provincia, Luis Durnwalder; y el alcalde de Bressanone, Albert Pürgstaller, junto a miembros de la Compañía de los Schützen de Valle Isarco, así como diversos representantes del Estado de la Ciudad del Vaticano.

La animación musical corrió a cargo de tres formaciones de Bressanone: el coro del Duomo, la banda de música Bürgerkapelle y el Coro Plose.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Discurso del Papa en el acto de veneración a la Inmaculada

Hoy en la Plaza de España en Roma



ROMA, miércoles 8 de diciembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI este miércoles por la tarde, durante el tradicional acto de veneración de la Inmaculada en la Plaza de España en Roma.


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¡Queridos hermanos y hermanas!

También este año nos hemos dado cita aquí, en la Plaza de España, para rendir homenaje a la Virgen Inmaculada, con ocasión de su fiesta solemne. A todos vosotros, que habéis venido en gran número, como también a cuantos participan mediante la radio y la televisión, dirijo mi saludo cordial. Estamos aquí reunidos en torno a este histórico monumento, que hoy está todo rodeado de flores, signo del amor y de la devoción del pueblo romano por la Madre de Jesús. Y el don más bello, y que a ella más agrada, que nosotros ofrecemos es nuestra oración, la que llevamos en el corazón y que confiamos a su intercesión. Son invocaciones de acción de gracias y de súplica: agradecimiento por el don de la fe y por todo el bien que cotidianamente recibimos de Dios; y súplica por las diversas necesidades, por la familia, la salud, el trabajo, por todas las dificultades que la vida nos hace encontrar.

Pero cuando venimos aquí, especialmente en esta celebración del 8 de diciembre, es mucho más importante lo que recibimos de María, respecto a lo que le ofrecemos. Ella, de hecho, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros, a la ciudad de Roma y al mundo entero. También yo, que soy el Obispo de esta Ciudad, vengo para ponerme a la escucha, no solo por mí, sino por todos. ¿Y qué nos dice María? Ella nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su “mensaje” no es otro que Jesús, Él que es toda su vida. Y gracias a Él y por Él que es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, así también ella, la Madre, fue preservado del pecado por nosotros, por todos, como anticipo de la salvación de Dios para cada hombre. Así María nos dice que todos somos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar, en nuestro destino final, a ser inmaculados, plena y definitivamente libres del mal. Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza y de compasión, que evoca palabras como estas: “No temas, hijo, Dios te quiere; te ama personalmente; pensó en ti antes de que vinieras al mundo y te llamó a la existencia para colmarte de amor y de vida; por esto ha salido a tu encuentro, se ha hecho como tú, se ha convertido en Jesús, Dios-Hombre, en todo igual que tú pero sin pecado; se dio a sí mismo por ti, hasta morir en la cruz, y así te dio una vida nueva, libre, santa e inmaculada" (cfr Ef 1,3-5).

Este mensaje nos da María, y cuando vengo aquí, a esta Fiesta, me impresiona, porque lo siento dirigido a toda la Ciudad, a todos los hombres y mujeres que viven en Roma: también a quien no piensa en ello, a quien hoy no se acuerda siquiera que es la Fiesta de la Inmaculada; a quien se siente solo y abandonado. La mirada de María es la mirada de Dios sobre cada uno. Ella nos mira con el amor mismo del Padre y nos bendice. Se comporta como nuestra “abogada” - y así la invocamos en la Salve, Regina: "Advocata nostra". Aunque todos hablaran mal de nosotros, ella, la la Madre, hablaría bien, porque su corazón inmaculado está sintonizado con la misericordia de Dios. Así ve ella la Ciudad: no como un aglomerado anónimo, sino como una constelación donde Dios conoce a todos personalmente por su nombre, uno a uno, y nos llama a resplandecer de su luz. Y quienes a los ojos del mundo son los primeros, para Dios son los últimos; los que son pequeños, para Dios son grandes. La Madre nos mira como Dios la miró a ella, humilde muchacha de Nazaret, insignificante a los ojos del mundo pero elegida y preciosa para Dios. Reconoce en cada uno la semejanza con su Hijo Jesús, ¡aunque nosotros seamos tan diferentes! ¿Pero quién más que ella conoce el poder de la Gracia divina? ¿Quién mejor que ella sabe que nada es imposible para Dios, capaz incluso de sacar el bien del mal?

Este es, queridos hermanos y hermanas, el mensaje que recibimos aquí, a los pies de María Inmaculada. Es un mensaje de confianza para cada persona de esta Ciudad y del mundo entero. Un mensaje de esperanza no hecho de palabras, sino de su misma historia: ¡ella, una mujer de nuestra estirpe, que dio a luz al Hijo de Dios y compartió toda su propia existencia con Él! Y hoy nos dice: este es también tu destino, el vuestro, el destino de todos: ser santos como nuestro Padre, ser inmaculados como nuestro Hermano Jesucristo, ser hijos amados, adoptados todos para formar una gran familia, sin límites de nacionalidad, de color, de lengua, porque uno solo es Dios, Padre de cada hombre.

¡Gracias, oh Madre Inmaculada, por estar siempre con nosotros! Vela siempre sobre nuestra Ciudad: conforta a los enfermos, alienta a los jóvenes, sostén a las familias. Infunde la fuerza para rechazar el mal, en todas sus formas, y de elegir el bien, aun cuando cuesta y comporta ir contracorriente. Danos la alegría de sentirnos amados por Dios, bendecidos por Él, predestinados a ser sus hijos.

¡Virgen Inmaculada, dulcísima Madre nuestra, ruega por nosotros!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

sábado, 4 de diciembre de 2010

Defender y promover matrimonio auténtico, familia y vida desde la concepción, exhorta Benedicto XVI

No se debe aprobar leyes que favorezcan la fecundación in vitro o el aborto






VATICANO, 03 Dic. 10 / 10:34 am (ACI)

Al recibir esta mañana las cartas credenciales del nuevo Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, Fernando Felipe Sánchez Campos, el Papa Benedicto XVI exhortó a defender y promover el matrimonio auténtico conformado por un hombre y una mujer, la familia que nace de este y toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

En su discurso el Santo Padre elevó sus oraciones por esta nación centroamericana y recordó sus estrechos lazos con el Sucesor de Pedro. También se refirió al Año Jubilar por los 375 años de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona del país.

El Papa se refirió luego al patrimonio espiritual de Costa Rica, que hace posible luchar por el bien común y la justicia social, tarea en la que "nadie puede sentirse al margen". Esto, precisó, debe hacerse "sin menoscabar los valores fundamentales que vertebran la inviolable dignidad de la persona, comenzando por la firme salvaguarda de la vida humana".

Benedicto XVI recordó entonces que fue precisamente en Costa Rica "donde se firmó el Pacto de San José, en el que se reconoce expresamente el valor de la vida humana desde su concepción. Así pues, es deseable que Costa Rica no viole los derechos del nasciturus con leyes que legitimen la fecundación in vitro y el aborto".

Tras referirse al deseo de generar un nuevo acuerdo entre la Santa Sede y Costa Rica que concrete "las materias de interés común, fijando pormenorizadamente los derechos y obligaciones de las partes signatarias", el Papa elevó sus oraciones por los afectados por las lluvias en este país en los últimos días.

Luego de enumerar una serie de tareas importantes de Costa Rica a favor de los más pobres y necesitados para asegurarles una vida digna, en camino hacia la verdadera paz a través también del estado de derecho, el Santo Padre explicó que "mucho contribuirá a dilatar este horizonte el afianzamiento en la sociedad de un pilar tan sustancial e irrenunciable como la estabilidad y unión de la familia, institución que está sufriendo, quizás como ninguna otra, la acometida de las transformaciones amplias y rápidas de la sociedad y de la cultura".

Ante estos ataques a la familia, dijo el Papa, esta célula básica de la sociedad "no puede perder su identidad genuina, pues está llamada a ser vivero de virtudes humanas y cristianas, en donde los hijos aprendan de sus padres de forma natural a respetarse y comprenderse, a madurar como personas, creyentes y ciudadanos ejemplares".

"Por consiguiente, nada de cuanto favorezca, tutele y apoye la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer será baldío. En este sentido, la Iglesia no se cansará de alentar especialmente a los jóvenes, para que descubran la belleza y grandeza que entraña servir fiel y generosamente al amor matrimonial y a la transmisión de la vida", precisó.

Finalmente, el Papa también hizo un especial llamado a la paz, y al buen entendimiento entre las naciones. En este contexto resaltó la necesidad de contribuir a la defensa de la naturaleza en consonancia del desarrollo humana integral para lograr "esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos".

sábado, 27 de noviembre de 2010

El Papa a los religiosos: sed “buscadores de Dios”

Audiencia en el Vaticano a los superiores y superioras generales



ROMA, viernes 26 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).-


Sed “buscadores de Dios” más allá de lo provisional y anunciad al mundo la belleza de la ve y lo “desconocido”: es el aliento dirigido hoy viernes por Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea general semestral de la Unión de superiores generales (USG) y al Comité directivo de la Unión internacional de las Superioras generales (UISG) durante una audiencia en el Vaticano.

En los días pasados 160 miembros de la USG, que reúne a la casi totalidad de las órdenes y de las congregaciones religiosas masculinas, se reunió en Roma para reflexionar sobre el presente y el futuro de la vida consagrada en Europa.

En su discurso de saludo al Papa, el presidente de la USG, Pascual Chávez Villanueva, afirmó que para la vida consagrada este es “un tiempo difícil, en el que el contexto social y cultural no favorece la estima y la atención a una elección tan bella y comprometida: seguir al Señor Jesús a través de la práctica de los consejos evangélicos”.

“Hemos visto que el problema de la vida consagrada – explicó – es el de vivir su identidad 'profética', volviendo a ser significativa, valorando como un don también la 'minoridad', la pérdida de relevancia social o de significatividad, la 'invisibilidad': de hecho en la Europa actual somos poco conocidos, menos apreciados, pero no importa”.

Por ello, añadió, “la vida consagrada está llamada a un esfuerzo por recuperar una voz propia dentro de la sociedad europea. No es cuestión de fascinación, sino de fidelidad”. Y esto a través de un triple compromiso: “volver a encontrar la profundidad de la experiencia espiritual; construir comunidad donde se vive con alegría el don de la fraternidad; recuperar la centralidad de la misión y servirla con más transparencia”.

En su discurso, el Papa invitó a los religiosos a pasar “de las cosas secundarias a las esenciales, es decir a lo que es verdaderamente importante; buscáis lo definitivo, buscáis a Dios, mantenéis la mirada puesta en Él. Como los primeros monjes, cultiváis una orientación escatológica: detrás de lo provisional buscáis lo que permanece, es decir lo que no pasa”.

“¡Sed siempre buscadores apasionados y testigos de Dios!", exhortó Benedicto XVI recordando que “la renovación profunda de la vida consagrada parte de la centralidad de la Palabra de Dios,”.

Posteriormente, el Papa se refirió al fuerte descenso de las vocaciones religiosas, sobre todo en Europa.

Según cuanto recordó fray José Rodríguez Carballo, Ministro general de la Orden de los Frailes Menores, durante la asamblea, entre 1977 y 2005 los religiosos sacerdotes en Europa han pasado de 64.803 a 59.787; mientras en el mismo periodo los legos han disminuido de 24.460 a 19.574, y las religiosas, de 388.693 han pasado a 322.995.

“Es el Evangelio vivido cotidianamente – afirmó el Papa a propósito de esto - el elemento que da fascinación y belleza a la vida consagrada y la presenta ante el mundo como una alternativa viable. Esto necesita la sociedad actual, esto espera de vosotros la Iglesia: que seáis Evangelio vivo”.

A los religiosos, el Pontífice les pidió también no descuidar la fraternidad, sino reproponerla como “uno de los aspectos que más buscan los jóvenes” cuando se acercan a la vida religiosa, es “un elemento profético importante en una sociedad fuertemente individualista”.

Es necesario también, prosiguió, “un serio y constante discernimiento para reconocer lo que viene del Señor y lo que le es contrario”. “Sin el discernimiento, acompañado de la oración y de la reflexión, la vida consagrada corre el peligro de acomodarse a los criterios de este mundo: el individualismo, el consumismo, el materialismo; criterios que hacen disminuir la fraternidad y hacen perder fascinación y penetración a la misma vida consagrada”.

Finalmente, recordó a los religiosos su llamada “a llevar el Evangelio a todos, sin límites”. “Id, por tanto, y en fidelidad creativa haced vuestro el desafío de la nueva evangelización. Renovad vuestra presencia en los areópagos de hoy para anunciar, como hizo san Pablo en Atenas, al Dios 'desconocido'”.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Discurso del Papa al Comité para los Congresos Eucarísticos


La Eucaristía, misterio de unidad entre Dios y los hombres


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 11 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los participantes en la asamblea plenaria del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales.

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Señores cardenales,

venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas,

Estoy contento de acogeros al concluir los trabajos de la Asamblea Plenaria del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales. Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, en particular al presidente, el arzobispo monseñor Piero Marini, a quien doy las gracias por las corteses expresiones con las que ha introducido nuestro encuentro. Saludo a los Delegados Nacionales de las Conferencias Episcopales y, de modo especial, a la Delegación irlandesa, guiada por monseñor Diarmuid Martin, arzobispo de Dublín, ciudad en la que tendrá lugar el próximo Congreso Eucarístico Internacional, en junio de 2012. Vuestra Asamblea ha dedicado gran atención a este acontecimiento, que se inserta también en el programa de renovación de la Iglesia en Irlanda. El tema, "La Eucaristía, comunión con Cristo y entre nosotros”, recuerda la centralidad del Misterio eucarístico para el crecimiento de la vida de fe y para todo auténtico camino de renovación eclesial. La Iglesia, mientras va peregrinando por la tierra, es sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos (cfr Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 1). Para este fin, ha recibido al Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la que "continuamente vive y crece" (ibid., 26) y en la que al mismo tiempo se expresa a sí misma.

El don de Cristo y de su Espíritu, que recibimos en la Eucaristía, cumple con plenitud sobreabundante los anhelos de unidad fraterna que se albergan el corazón humano, y al mismo tiempo los eleva muy por encima de la simple experiencia de la convivencia humana. Mediante la comunión con el Cuerpo de Cristo, la Iglesia va siendo cada vez más ella misma: misterio de unidad “vertical” y “horizontal” para todo el género humano. A los brotes de disgregación, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigados en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del Cuerpo de Cristo. La Eucaristía, formando continuamente a la Iglesia, crea también comunión entre los hombres.

Queridísimos, algunas felices circunstancias hacen más significativos los trabajos llevados a cabo en estos días y los acontecimientos futuros. La presente Asamblea cae en el 50° aniversario del Congreso Eucarístico de Munich de Baviera, que marcó un cambio en la comprensión de estos acontecimientos eclesiales, elaborando la idea de la statio orbis, que será retomada más tarde por el Ritual romano De sacra Communione et de cultu Mysterii eucharistici extra Missam. En esta Cumbre, como ha recordado monseñor Marini, tuve la alegría de participar personalmente, como joven profesor de teología. Además, el Congreso de Dublín de 2012 tendrá un carácter jubilar, de hecho será el 50°, y se celebrará además 50 años después de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, al que el tema hace referencia explícita recordando el capítulo 7 de la Constitución dogmática Lumen gentium.

Los Congresos Eucarísticos Internacionales tienen ya una larga historia en la Iglesia. Mediante la forma característica de la "statio orbis", ponen de relieve la dimensión universal de la celebración: de hecho, se trata siempre de una fiesta de la fe en torno a Cristo Eucarístico, el Cristo del sacrificio supremo por la humanidad, en la que participan los fieles no sólo de una Iglesia particular o de una nación, sino, en cuanto sea posible, de varios lugares del Orbe. Es la Iglesia la que se reúne en torno a su Señor y su Dios. Al respecto, es importante el papel de los Delegados nacionales. Estos están llamados a sensibilizar a sus respectivas Iglesias al acontecimiento del Congreso, sobre todo en el periodo de su preparación, para que fluyan de él frutos de vida y de comunión.

Tarea de los Congresos Eucarísticos, sobre todo en el contexto actual, es también el de dar una contribución peculiar a la nueva evangelización, promoviendo la evangelización mistagógica (cfr Exhort. ap. postsinod. Sacramentum caritatis, 64), que se realiza en la escuela de la Iglesia en oración, a partir de la liturgia y a través de la liturgia. Pero cada Congreso lleva consigo también una inspiración evangelizadora en el sentido más estrictamente misionero, tanto que el binomio Eucaristía-misión ha entrado a formar parte de las líneas maestras propuestas por la Santa Sede. La Mesa eucarística, mesa del sacrificio y de la comunión, representa así el centro difusor del fermento del Evangelio, fuerza propulsora para la construcción de la sociedad humana y prenda del Reino que viene. La misión de la Iglesia está en continuidad con la de Cristo: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20,21). Y la Eucaristía es el trámite principal de esta continuidad misionera entre Dios Padre, el Hijo encarnado, y la Iglesia que camina en la historia, guiada por el Espíritu Santo.

Finalmente, una indicación litúrgico-pastoral. Dado que la celebración eucarística es el centro y el culmen de todas las diversas manifestaciones y formas de piedad, es importante que todo Congreso eucarístico sepa implicar e integrar, según el espíritu de a reforma conciliar, todas las expresiones del culto eucarístico "extra missam" que hunden sus raíces en la devoción popular, como también las asociaciones de fieles que a diverso título toman inspiración de la Eucaristía. Todas las devociones eucarísticas, recomendadas y animadas también por la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 10; 47-52) y por la Exhortación post-sinodal Sacramentum caritatis, son armonizadas según una eclesiología eucarística orientada hacia la comunión. También en este sentido los Congresos eucarísticos son una ayuda a la renovación permanente de la vida eucarística de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, el apostolado eucarístico al que dedicáis vuestros esfuerzos es muy precioso, Perseverad en él con empeño y pasión, animando y difundiendo la devoción eucarística en todas sus expresiones. En la Eucaristía está encerrado el tesoro de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, que en la Cruz se inmoló por la salvación de la humanidad. Acompaño vuestro apreciado servicio con la seguridad de mi oración, por intercesión de María Santísima, y con la Bendición Apostólica, que de corazón os imparto a vosotros, a vuestros seres queridos y a vuestros colaboradores.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

sábado, 13 de noviembre de 2010

Ser santos para comunicar el Evangelio con la propia vida, exhorta el Papa Benedicto XVI


VATICANO, 13 Nov. 10 / 08:25 am (ACI)

En la audiencia concedida a los participantes del Pontificio Consejo para la Cultura que celebran su asamblea plenaria bajo el lema "Cultura de la comunicación y nuevos lenguajes", el Papa Benedicto XVI resaltó que "necesitamos hombres y mujeres que hablen con su vida, que sepan comunicar el Evangelio, con claridad y coraje, con la transparencia de las acciones, con la pasión alegre de la caridad".

En su discurso el Santo Padre señaló que "hablar de comunicación y lenguaje significa, de hecho, no solo tocar uno de los puntos cruciales de nuestro mundo y sus culturas; sino que para nosotros los creyentes significa acercarse al misterio mismo de Dios que, en su bondad y sabiduría, ha querido revelarse y manifestar su voluntad a los hombres. En Cristo, Dios se ha revelado a nosotros como el Logos, que se nos comunica e interpela, poniendo las bases que fundan nuestra identidad y dignidad de personas humanas, amadas como hijos del único Padre".

Con esta asamblea plenaria, continuó el Papa, este Pontificio Consejo busca nuevas formas de anunciar el Evangelio, en atenta escucha del mundo globalizado que vive una transformación cultural, con nuevos lenguajes y nuevas formas de comunicación que generan nuevos y problemáticos modelos antropológicos.

En este contexto, prosigue, los Obispos y fieles advierten con preocupación algunas dificultades en la comunicación del mensaje evangélico y en la transmisión de la fe "al interior de la misma comunidad eclesial". Este problema, añade el Papa, se hace más grande cuando la "Iglesia se dirige a los hombres y mujeres alejados o indiferentes a una experiencia de fe, a quienes el mensaje evangélico alcanza de una manera poco eficaz y convincente". Ante ellos la Iglesia no permanece indiferente sino que busca nuevos modos de anuncio, nuevas formas de comunicación.

Tras advertir que la incapacidad del lenguaje para comunicar el sentido profundo y la belleza de la experiencia de fe "puede contribuir a la indiferencia de tantos, sobre todo jóvenes" y puede "convertirse en motivo de alejamiento", Benedicto XVI resaltó que la Iglesia "quiere dialogar con todos, en la búsqueda de la verdad, pero para que el diálogo y la comunicación sean eficaces y fecundos es necesario sintonizar una misma frecuencia, en ámbitos de encuentro amigables y sinceros, en aquel ideal ‘Patio de los Gentiles’ que he propuesto" y que este dicasterio busca presentar en la cultura europea.

"Hoy no pocos jóvenes, aturdidos por las infinitas posibilidades ofrecidas por las redes informáticas u otras tecnologías, establecen formas de comunicación que no contribuyen al crecimiento humano, pero que pueden generar el sentido de soledad. Ante tales fenómenos, he hablado de una emergencia educativa, un desafío al que se puede y se debe responder con inteligencia creativa, esforzándose en promover una comunicación humanizante que estimule el sentido crítico y la capacidad de valoración y discernimiento".

El Papa resaltó luego la infinita capacidad de la liturgia y su extraordinario patrimonio de símbolos, imágenes ritos y gestos y su tradición; para avanzar en esta comunicación, "hasta tocar profundamente la conciencia humana, el corazón y el intelecto. La tradición cristiana, entonces, siempre ha anexado a la liturgia el lenguaje del arte, cuya belleza tiene una particular fuerza comunicativa".

Ejemplo de esta fuerza, prosiguió, se ha visto el fin de semana pasado en Barcelona en la ahora Basílica de la Sagrada Familia, obra del arquitecto Antonio Gaudí, en donde se "conjugan genialmente el sentido de lo sagrado y la liturgia con formas artísticas tanto modernas como en sintonía con las mejores tradiciones arquitectónicas".

Sin embargo, precisó el Papa Benedicto XVI, más incisiva que el arte y las imágenes en la comunicación del mensaje evangélico "es la belleza de la vida cristiana. Al final, solo el amor es digno de fe y resulta creíble. La vida de los santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras. Necesitamos hombres y mujeres que hablen con su vida, que sepan comunicar el Evangelio, con claridad y coraje, con la transparencia de las acciones, con la pasión alegre de la caridad".

Finalmente el Papa recordó su peregrinaje a Santiago de Compostela y resaltó la alegría auténtica que experimentan quienes caminan hacia la verdad y la belleza, al encuentro con Dios, como hicieron en su momento los discípulos de Emaús viviendo la experiencia del ardor en el corazón al reconocer la voz del Señor.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Benedicto XVI a Europa: “Dios no es el enemigo del hombre”



“Es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa”


SANTIAGO DE COMPOSTELA, sábado 6 de noviembre de 2010 (ZENIT.org).-


“Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo”, es el gran mensaje lanzado por el Papa Benedicto XVI en este viaje a Santiago de Compostela, reevocando aquel “Europa, sé tu misma”, de Juan Pablo II en este mismo lugar hace 18 años.

Ante las 7.000 personas que pudieron acceder a la Plaza del Obradoiro, y las casi 200.000, según estimaciones del Ayuntamiento de Santiago, que pudieron seguir la celebración a través de las maxipantallas dispuestas en varios puntos de la ciudad, el Papa quiso recordar que Dios “no es el enemigo del hombre”.

“Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad”.

“Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente”, subrayó el Papa. “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana?”

“Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla?”, se preguntó el Papa.

Frente a un paganismo que propugna una visión de un Dios envidioso y contrario al hombre, afirmó, “es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa”.

Es necesario también que el nombre de Dios, “esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios”.

“Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo·.

Nueva evangelización

Por eso, el Papa subrayó que “la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos” es “que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida”.

“Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre”.

Europa, añadió el Papa, “ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa”.

La cruz de los caminos de Santiago, afirmó, “supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo”.

“No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía”.

“¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!”, exclamó Benedicto XVI.

A continuació, el Papa quiso advertir a Europa sobre el peligro de vivir a espaldas de Dios.

“Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres”, afirmó. “No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él”.

“La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero”.

“Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo”, concluyó el Papa.

Por eso, intimó a los cristianos a “seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio”.

“No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos”, subrayó el Papa a los presentes.

Espíritu de servicio

Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, afirmó, “el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser”.

El servicio que los cristianos están llamados a dar “no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos”.

Especialmente se dirigió a los jóvenes, invitándoles a seguir este camino, “para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza”.

También tuvo palabras para los “jefes de los pueblos”, recordando que “donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral”.

“Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol”.

La barca de Santiago

También a esta nueva evangelización se refirió monseñor Julián Barrio durante su discurso de bienvenida al Papa, antes de comenzar la Eucaristía, recordando que en el Camino “surgen preguntas necesarias que buscan respuestas clarificadoras”.

“Jerusalén, Roma, Santiago… Rutas para el espíritu del ser humano, que se rebela a desaparecer bajo la asfixia del materialismo. Caminos para pensar y descubrir por qué razón venimos a este mundo. Sendas abiertas por las huellas de Dios, dando respuesta a la pregunta de por qué aún no somos plenamente felices en nuestra peregrinación terrena a pesar de intentarlo tantas veces”.

Por ello, subrayíó, es necesaria “la revitalización de nuestra fe; el ardor y el coraje de una nueva evangelización para anunciar a Cristo en fidelidad y con creatividad pastoral; la fuerza para seguir peregrinando”.

Es necesaria también, añadió, “la conversión porque hay heridas que sanar; la profundidad que nos rescate de la superficialidad anodina y anestesiada que nos distrae y nos hace olvidar que la Iglesia en su misión profética lleva el sello martirial, para ser testigo de Cristo crucificado y resucitado”.

Por último, el arzobispo quiso mostrar la cercanía al Papa de la Iglesia en Santiago con una bella imagen.

“Cuando salga a faenar por los mares del mundo en la barca de Pedro, recuerde que otra pequeña barca estará muy cerca: la de Santiago, atenta a cualquier señal que la de Pedro pueda hacernos para ayudarle como nos dice el relato evangélico”.

Por Inma Álvarez

sábado, 30 de octubre de 2010

Discurso del Papa a los participantes en el Simposio sobre Erik Peterson

Audiencia el pasado lunes 25 de octubre



CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 27 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció el pasado lunes, al recibir a los participantes en el Simposio Internacional sobre Erik Peterson.

* * * * *

Eminencias,

queridos hermanos en el sacerdocio,

gentiles Señoras y Señores,

queridos amigos,

con gran alegría os saludo a todos vosotros que habéis venid aquí a Roma con ocasión del Simposio internacional sobre Erik Peterson. En particular le doy las gracias a usted, querido cardenal Lehmann, por las cordiales palabras con que ha introducido nuestro encuentro.

Como Usted ha afirmado, esta año se celebran los 120 años del nacimiento en Hamburgo de este ilustre teólogo; y, casi en este mismo día, el 26 de octubre de 1960, Erik Peterson moría, siempre en su ciudad natal de Hamburgo. Él vivió aquí en Roma, con su familia, durante algunos periodos a partir de 1930 y después se estableció en ella desde 1933: primero en el Aventino, cerca de San Anselmo, y, sucesivamente, en las cercanías del Vaticano, en una casa frente a la Puerta de Santa Ana. Por esto, es para mí una alegría particular poder saludar a la familia Peterson presente entre nosotros, los estimados hijos e hijas con sus respectivas familias. En 1990, junto con el cardenal Lehmann, pude entregar a vuestra madre, en vuestro apartamento, con ocasión de su 80° cumpleaños, un autógrafo con la imagen del papa Juan Pablo II, y recuerdo de buen grado este encuentro con vosotros.

"No tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura" (Hb 13,14). Esta cita de la Carta a los Hebreos se podría poner como lema de la vida de Erik Peterson. En realidad, él no encontró un verdadero lugar en toda su vida, donde poder obtener reconocimiento y morada estable. El inicio de su actividad científica cayó en un periodo de revueltas en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial. La monarquía había caído. El orden civil parecía estar en riesgo ante los disturbios políticos y sociales. Esto se reflejaba también en el ámbito religioso, y, de forma particular, en el protestantismo alemán. La teología liberal hasta ahora predominante, con el propio optimismo del progreso, había entrado en crisis y dejaba espacio a nuevas líneas teológicas enfrentadas entre sí. La situación contemporánea planteaba un problema existencial al joven Peterson. Con interés tanto histórico como teológico, él había ya elegido la materia de sus estudios, como afirma, según la perspectiva de que “cuando nos quedamos solos con la historia humana, nos encontramos ante un enigma sin sentido" (Eintrag in das Bonner „Album Professorum" 1926/27, Ausgewählte Schriften, Sonderband S. 111). Peterson, lo cito de nuevo, decidió “trabajar en el campo histórico y afrontar especialmente problemas de historia de las religiones", porque en la teología evangélica de entonces, no conseguía “hacerse camino, entre el cúmulo de opiniones, hasta las cosas en sí mismas" (ibid.). En este camino llegó cada vez más a la certeza de que no hay ninguna historia separada de Dios y de que en esta historia la Iglesia tiene un lugar especial y encuentra su significado. Cito de nuevo: “Que la Iglesia existe y que está constituida de un modo del todo particular, depende estrechamente del hecho que (…) hay una determinada historia específicamente teológica" (Vorlesung „Geschichte der Alten Kirche" Bonn 1928, Ausgewählte Schriften, Sonderband S.88). La Iglesia recibe de Dios el mandato de conducir a los hombres desde su existencia limitada y aislada a una comunión universal, de lo natural a lo sobrenatural, de la fugacidad al final de los tiempos. En su obra sobre los ángeles afirma al respecto: “El camino de la Iglesia conduce de la Jerusalén terrestre a la celeste, (…) a la ciudad de los ángeles y de los santos" (Buch von den Engeln, Einleitung).

El punto de partida de este camino es el carácter vinculante de la Sagrada Escritura. Según Peterson, la Sagrada Escritura se convierte y es vinculante no en cuanto tal, ella no está solo en sí misma, sino en la hermenéutica de la Tradición apostólica, que, a su vez, se concreta en la sucesión apostólica y así la Iglesia mantiene la Escritura en una actualidad viva y al mismo tiempo la interpreta. A través de los obispos, que se encuentran en la sucesión apostólica, el testimonio de la Escritura permanece vivo en la Iglesia y constituye el fundamento para las convicciones de fe permanentemente válidas de la Iglesia, que encontramos ante todo en el credo y en el dogma. Estas convicciones se despliegan continuamente en la liturgia como espacio vivido de la Iglesia para la alabanza de Dios. El Oficio divino celebrado en la tierra se encuentra, por tanto, en una relación indisoluble con la Jerusalén celeste: allí se ofrece a Dios y al Cordero el verdadero y eterno sacrificio de alabanza, del que la celebración terrena es solo la imagen. Quien participa en la Santa Misa se detiene casi en el umbral de la esfera celeste, desde la cual contempla el culto que se realiza entre los Ángeles y los Santos. En cualquier lugar en el que la Iglesia terrestre entona su alabanza eucarística, esta se une a la festiva asamblea celeste, en la cual, en los santos, ya ha llegado una parte de sí misma, y da esperanza a cuantos están aún en camino en esta tierra hacia el cumplimiento eterno.

Quizás este es el punto, en el que debo insertar una reflexión personal. Descubrí por primera vez la figura de Erik Peterson en 1951. Entonces yo era capellán en Bogenhausen y el director de la casa editorial local Kösel, el señor Wild, me dio el volumen, apenas publicado, Theologische Traktate (Tratados teológicos). Lo leí con curiosidad creciente y me dejé verdaderamente apasionar por este libro, porque allí estaba la teología que buscaba: una teología, que emplea toda la seriedad histórica para comprender y estudiar los textos, analizándolos con toda la seriedad de la investigación histórica, y que no les deja quedarse en el pasado, sino que, en su investigación, participa en la autosuperación de la letra, entra en esta autosuperación y se deja conducir por ella y así entra en contacto con Aquel del que proviene la propia teología: con el Dios vivo. Y así el hiato entre el pasado, que la filología analiza, y el hoy, es superado es superado por sí mismo, porque la palabra conduce al encuentro con la realidad, y la actualidad entera de lo que está escrito, que se trasciende a sí misma hacia la realidad, se convierte en viva y operante. Así, de él aprendí, de la forma más esencial y profunda, qué es realmente la teología y llegué a sentir incluso admiración, porque aquí no dice sólo lo que piensa, sino que este libro es expresión de un camino que era la pasión de su vida.

Paradójicamente, precisamente el intercambio de cartas con Harnack expresa al máximo la imprevista atención que Peterson estaba recibiendo. Harnack confirmó, es más, había escrito ya con precedencia e independencia, que el principio formal católico según el cual “la Escritura vive en la Tradición y la Tradición viven en la forma viviente de la Sucesión”, es el principio originario y objetivo, y que el sola Scriptura no funciona. Peterson asumió esta afirmación del teólogo liberal en toda su seriedad y se dejó sacudir, turbar, doblar, transformar por ella, y así encontró el camino a la conversión. Y con ello realizó verdaderamente un paso como Abraham, según cuanto hemos escuchado al inicio de la Carta a los Hebreos: “No tenemos aquí una ciudad permanente". Él pasó de la seguridad de una cátedra a la incertidumbre, sin morada, y se quedó durante toda su vida privado de una base segura y sin una patria cierta, verdaderamente en camino con la fe y por la fe, en la confianza de que en este estar en camino sin morada, estaba en casa de otra manera y se acercaba cada vez más a la liturgia celeste, que le había impresionado.

Por todo esto se comprende que muchos pensamientos y escritos de Peterson quedaron fragmentarios a causa de la situación precaria de su vida, tras la pérdida de la enseñanza, a raíz de su conversión. Pero aún debiendo vivir sin la seguridad de un sueldo fijo, se casó aquí en Roma y constituyó una familia. Con ello expresó de modo concreto su convicción interior de que nosotros, aunque extranjeros – y él lo era de modo particular – encontramos un apoyo en la comunión del amor, y que en el amor mismo hay algo que dura por la eternidad. Él vivió este ser extranjero del cristiano. Se había convertido en extranjero en la teología evangélica y permaneció extranjero también en la teología católica, como era entonces. Hoy sabemos que pertenece a ambas, que ambas deben aprender de él todo el drama, el realismo y la exigencia existencial y humana de la teología. Erik Peterson, como ha afirmado el cardenal Lehmann, fue ciertamente apreciado y amado por muchos, un autor recomendado en un círculo restringido, pero no recibió el reconocimiento científico que habría merecido; habría sido, de alguna forma, demasiado pronto. Como he dicho, él era aquí y allí [en la teología católica y en la evangélica] un extranjero. Por tanto, no se podrá alabar bastante al cardenal Lehmann por haber tomado la iniciativa de publicar las obras de Peterson en una magnífica edición completa, y a la señora Nichtweiß, a la que ha confiado esta tarea, que ella lleva a cabo con competencia admirable. Así la atención que se le dirige a través de esta edición es más que justa, considerando que ahora varias obras han sido traducidas en italiano, francés, español, inglés, húngaro e incluso en chino. Auguro que con esto se difunda ulteriormente el pensamiento de Peterson, que no se queda en los detalles, sino que tiene siempre una visión del conjunto de la teología.

Doy las gracias de corazón a todos los presentes por haber venido. Mi agradecimiento particular a los organizadores de este Simposio, sobre todo al cardenal Farina, el patrono de este acontecimiento, y al doctor Giancarlo Caronello. De corazón dirijo mis mejores augurios para una discusión interesante y estimulante en el espíritu de Erik Peterson. Espero abundantes frutos de este Congreso, e imparto a todos vosotros y a cuantos lleváis en el corazón la Bendición Apostólica.

[Traducción de la versión italiana por Inma Álvarez]

domingo, 24 de octubre de 2010

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones 2010




Queridos hermanos y hermanas:

El mes de octubre, con la celebración de la Jornada mundial de las misiones, ofrece a las comunidades diocesanas y parroquiales, a los institutos de vida consagrada, a los movimientos eclesiales y a todo el pueblo de Dios, la ocasión para renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y dar a las actividades pastorales una dimensión misionera más amplia. Esta cita anual nos invita a vivir intensamente los itinerarios litúrgicos y catequéticos, caritativos y culturales, mediante los cuales Jesucristo nos convoca a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para gustar el don de su presencia, formarnos en su escuela y vivir cada vez más conscientemente unidos a él, Maestro y Señor. Él mismo nos dice: "El que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él" (Jn 14, 21). Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con él y entre nosotros, y ofrecer a los hermanos un testimonio creíble, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, por la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de fe, es condición para poder promover un humanismo nuevo, fundado en el Evangelio de Jesús.

En octubre, además, en muchos países se reanudan las diversas actividades eclesiales tras la pausa del verano, y la Iglesia nos invita a aprender de María, mediante el rezo del santo rosario, a contemplar el proyecto de amor del Padre sobre la humanidad, para amarla como él la ama. ¿No es este también el sentido de la misión?

El Padre, en efecto, nos llama a ser hijos amados en su Hijo, el Amado, y a reconocernos todos hermanos en él, don de salvación para la humanidad dividida por la discordia y por el pecado, y revelador del verdadero rostro del Dios que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21) es la petición que, en el Evangelio de san Juan, algunos griegos, llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual, presentan al apóstol Felipe. Esa misma petición resuena también en nuestro corazón durante este mes de octubre, que nos recuerda cómo el compromiso y la tarea del anuncio evangélico compete a toda la Iglesia, "misionera por naturaleza" (Ad gentes, 2), y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio. En una sociedad multiétnica que experimenta cada vez más formas de soledad y de indiferencia preocupantes, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a ser hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o miedos inútiles, comprometerse a hacer del planeta la casa de todos los pueblos.

Como los peregrinos griegos de hace dos mil años, también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que "hablen" de Jesús, sino que también "hagan ver" a Jesús, que hagan resplandecer el rostro del Redentor en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida.

Estas consideraciones remiten al mandato misionero que han recibido todos los bautizados y la Iglesia entera, pero que no puede realizarse de manera creíble sin una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral. De hecho, la conciencia de la llamada a anunciar el Evangelio estimula no sólo a cada uno de los fieles, sino también a todas las comunidades diocesanas y parroquiales a una renovación integral y a abrirse cada vez más a la cooperación misionera entre las Iglesias, para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes. Esta conciencia se alimenta a través de la obra de sacerdotes fidei donum, de consagrados, catequistas, laicos misioneros, en una búsqueda constante de promover la comunión eclesial, de modo que también el fenómeno de la "interculturalidad" pueda integrarse en un modelo de unidad en el que el Evangelio sea fermento de libertad y de progreso, fuente de fraternidad, de humildad y de paz (cf. Ad gentes, 8). La Iglesia, de hecho, "es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).

La comunión eclesial nace del encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo, que en el anuncio de la Iglesia llega a los hombres y crea la comunión con él mismo y, por tanto, con el Padre y el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 1, 3). Cristo establece la nueva relación entre Dios y el hombre. "Él mismo nos revela que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8) y al mismo tiempo nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres y de que no es inútil el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal" (Gaudium et spes, 38).

La Iglesia se convierte en "comunión" a partir de la Eucaristía, en la que Cristo, presente en el pan y en el vino, con su sacrificio de amor edifica a la Iglesia como su cuerpo, uniéndonos al Dios uno y trino y entre nosotros (cf. 1 Co 10, 16 ss). En la exhortación apostólica Sacramentum caritatis escribí: "No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Este amor exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en él" (n. 84). Por esta razón la Eucaristía no sólo es fuente y culmen de la vida de la Iglesia, sino también de su misión: "Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera" (ib.), capaz de llevar a todos a la comunión con Dios, anunciando con convicción: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 3).

Queridos hermanos, en esta Jornada mundial de las misiones, en la que la mirada del corazón se dilata por los inmensos ámbitos de la misión, sintámonos todos protagonistas del compromiso de la Iglesia de anunciar el Evangelio. El impulso misionero siempre ha sido signo de vitalidad para nuestras Iglesias (cf. Redemptoris missio, 2) y su cooperación es testimonio singular de unidad, de fraternidad y de solidaridad, que hace creíbles anunciadores del Amor que salva.

Renuevo a todos, por tanto, la invitación a la oración y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes. Este gesto de amor y de compartir, que el valioso servicio de las Obras misionales pontificias, a las que expreso mi gratitud, proveerá a distribuir, sostendrá la formación de sacerdotes, seminaristas y catequistas en las tierras de misión más lejanas y animará a las comunidades eclesiales jóvenes.

Al concluir el mensaje anual para la Jornada mundial de las misiones, deseo expresar con particular afecto mi agradecimiento a los misioneros y a las misioneras, que dan testimonio en los lugares más lejanos y difíciles, a menudo también con la vida, de la llegada del reino de Dios. A ellos, que representan las vanguardias del anuncio del Evangelio, se dirige la amistad, la cercanía y el apoyo de todos los creyentes. "Dios, (que) ama a quien da con alegría" (2 Co 9, 7), los colme de fervor espiritual y de profunda alegría.

Como el "sí" de María, toda respuesta generosa de la comunidad eclesial a la invitación divina al amor a los hermanos suscitará una nueva maternidad apostólica y eclesial (cf. Ga 4, 4. 19.26), que dejándose sorprender por el misterio de Dios amor, el cual "al llegar la plenitud de los tiempos, envió (...) a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4), dará confianza y audacia a nuevos apóstoles. Esta respuesta hará a todos los creyentes capaces de estar "alegres en la esperanza" (Rm 12, 12) al realizar el proyecto de Dios, que quiere "que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo" (Ad gentes, 7).

Vaticano, 6 de febrero de 2010

BENEDICTUS PP. XVI

sábado, 16 de octubre de 2010

Liberar a la familia humana del hambre, objetivo prioritario según el Papa


Benedicto XVI envía un mensaje a la FAO con motivo del Día Mundial de la Alimentación


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 15 de octubre de 2010 (ZENIT.org).-


Benedicto XVI destacó la necesidad de valorar adecuadamente el sector agrícola y dar prioridad al objetivo de liberar a la familia humana del hambre, en su mensaje a la FAO con motivo del Día Mundial de la Alimentación 2010, que se celebra este viernes.

Este mensaje que el Papa envió al director general de la Organización para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas, Jacques Diouf, fue publicado hoy por la Oficina de Información de la Santa Sede.

“El tema del Día Mundial de la Alimentación de este año, Unidos contra el hambre, es un oportuno recordatorio de que todos tienen que realizar un compromiso para dar al sector de la agricultura su importancia adecuada”, señala el Pontífice.

“Es necesario que todos -desde los individuos a las organizaciones de la sociedad civil, Estados e instituciones internacionales- den prioridad a uno de los objetivos más urgentes de la familia humana: la liberación del hambre”, añade.

Profundizando en ello, Benedicto XVI indica que “para lograr la liberación del hambre es necesario garantizar no sólo que se dispone de suficiente comida, sino también que todo el mundo tiene acceso diario a ella”.

“Esto significa promover todos los recursos e infraestructuras necesarios para sostener la producción y la distribución a escala suficiente para garantizar plenamente el derecho a la alimentación”, explica.

En la línea de su encíclica social Caritas in veritate, el Papa afirma que “se necesitan iniciativas concretas, conformadas por la caridad, e inspiradas por la verdad, iniciativas que sean capaces de superar los obstáculos naturales relacionados con los ciclos de las estaciones o las condiciones ambientales, así como los obstáculos provocados por el hombre”.

Iniciativas como “la reciente decisión de la comunidad internacional de proteger el derecho al agua”, que supuso “un importante paso adelante”.

Según el Papa, el Día Mundial de la Alimentación ofrece la oportunidad de hacer “balance de todo lo que se ha logrado a través del compromiso de la FAO para garantizar la alimentación diaria a millones de hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo”, así como “para destacar las dificultades que surgen cuando faltan las necesarias actitudes de solidaridad”.

En este sentido, lamenta que “demasiado a menudo, la atención se desvía de las necesidades de las poblaciones, no se da suficiente énfasis al trabajo del campo, y los productos de la tierra no reciben la protección adecuada”.

“Como resultado -constata-, se produce el desequilibrio económico, y se ignoran los inalienables derechos y la dignidad de toda persona humana”.

Recogiendo el tema del Día Mundial de la Alimentación de este año, el Obispo de Roma advierte que “si la comunidad internacional va a estar verdaderamente 'unida' contra el hambre, entonces la pobreza debe superarse a través de un auténtico desarrollo humano, basado en la idea de la persona como una unidad de cuerpo, alma y espíritu”.

Y esto lo indica porque “hoy, sin embargo, hay una tendencia a limitar la visión del desarrollo a una que satisfaga las necesidades materiales de la persona, especialmente a través del acceso a la tecnología”.

Fraternidad

En su Mensaje, también hace una referencia a la crisis: “En medio de las presiones de la globalización, bajo la influencia de intereses que a menudo permanecen fragmentados, es sabio proponer un modelo de desarrollo basado en la fraternidad -subraya-: si está inspirado en la solidaridad y dirigido al bien común, será capaz de proporcionar correctivos a la actual crisis global”.

También advierte que “para sostener niveles de seguridad alimentaria a corto plazo, debe proporcionarse la financiación adecuada para hacer posible a la agricultura reactivar los ciclos de producción, a pesar del deterioro de las condiciones climáticas y ambientales”.

El Papa señala que “los países desarrollados tienen que ser conscientes de que las crecientes necesidades del mundo requieren de ellos niveles consistentes de ayuda”.

Sobre esta cuestión, afirma que “la reciente loable campaña 1 Billón de hambrientos, con la que la FAO busca sensibilizar de la urgencia de la lucha contra el hambre, ha puesto de relieve la necesidad de una respuesta adecuada tanto de cada país como de la comunidad internacional, incluso cuando la respuesta se limite a ayuda de asistencia o de emergencia”.

“Por eso es fundamental una reforma de las instituciones internacionales según el principio de subsidiariedad, ya que las instituciones por sí solas no bastan”, añade.

Gratuidad y justicia

“Para eliminar el hambre y la malnutrición, deben superarse los obstáculos del propio interés a fin de dejar espacio a una fructífera gratuidad, manifestada en la cooperación internacional como una expresión de fraternidad genuina”, continúa.

“Esto -advierte- no exime de la necesidad de justicia, sin embargo, y es importante que las normas existentes se respeten y apliquen, además de todos los planes de intervención y los programas de acción que sean necesarios”.

Sobre la aplicación de las ayudas, el Papa indica que “los individuos, las poblaciones y los países deben poder dar forma a su propio desarrollo, beneficiándose de asistencia externa según las prioridades y conceptos arraigados en sus técnicas tradicionales, en su cultura, en su patrimonio religioso y en la sabiduría transmitida de generación en generación en la familia”.

Finalmente, en su Mensaje, Benedicto XVI recuerda que “la Iglesia siempre está dispuesta a trabajar por la derrota del hambre. De hecho, está constantemente trabajando, a través de sus propias estructuras, para aliviar de la pobreza y las privaciones que afligen a gran parte de la población mundial”.

Y añade que “es plenamente consciente de que su propio compromiso en este campo forma parte de un esfuerzo común internacional para promover la unidad y la paz entre la comunidad de poblaciones”.

lunes, 11 de octubre de 2010

El Rosario es la oración más querida por la Madre de Dios, dice el Papa Benedicto XVI


VATICANO, 10 Oct. 10 / 09:35 am (ACI)

Miles de fieles y peregrinos rezaron en la Plaza de San Pedro este mediodía el Ángelus dominical con el Papa Benedicto XVI, quien desde la ventana del Palacio Apostólico recordó a los presentes la importancia del rezo del Rosario: la oración más querida por la Madre de Dios y que conduce directamente a Cristo.

El Papa, que celebró la Misa de apertura de la Asamblea Especial para el Medio Oriente del Sínodo de los Obispos, recordó que “en aquellos países, lamentablemente marcados por profundas divisiones y heridas a causa de los varios conflictos, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de unidad y de reconciliación, siguiendo el modelo de la primera comunidad de Jerusalén”.

“Esta tarea es ardua, pues los cristianos en el Medio Oriente se encuentran frequentemente soportando condiciones de vida difíciles, tanto a nivel personal como familiar y comunitario. Pero esto no debe desalentar: es justamente en este contexto en que es más necesario y urgente el mensaje de Cristo: ‘Convertíos y creed en el Evangelio’”, dijo el Papa y seguidamente invitó a todos a “rezar pidiendo a Dios una abundante efusión de los dones del Espíritu Santo”.

Seguidamente el Papa se refirió al mes de octubre como el “mes del Rosario”, en el que “se trata de una entonación espiritual dada por la memoria litúrgica de la Beata Virgen María del Rosario, que se celebra el día 7”.

Así mismo recordó que “estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús, contemplado en sus misterios de salvación: de gozo, de luz, de dolor y gloriosos”.

“El Rosario –continuó el Papa recordando al venerable Juan Pablo II– es la oración bíblica, totalmente tejida por la Sagrada Escritura. Es una oración del corazón, en la que la repetición del ‘Ave Maria’ orienta el pensamiento y el afecto hacia Cristo. Es oración que ayuda a meditar la Palabra de Dios y a asimilar la Comunión eucarística, bajo el modelo de María que custodiaba en su corazón todo aquello que Jesús hacía y decía, y su misma presencia”.

Seguidamente el Papa rezó el Ángelus, saludó a los presentes en diversos idiomas e impartió su Bendición Apostólica. En su saludo en español, el Santo Padre se dirigió de manera particular "al grupo de la Comunidad y Colegio de Madres Agustinas, de Huelva, en su quinto centenario, así como a los rapresentantes del Colegio Gabriel Taborín, de Córdoba en Argentina".

Finalmente invitó a "todos a identificarse cada vez más con Jesucristo, a vivir de su amor, a serle fieles en todo momento, a agradecerle tantos dones como recibimos de su divina bondad y a descubrir su presencia salvadora en medio de las pruebas de la vida. Que en este mes de octubre, la invocación constante del dulce Nombre de la Virgen María, mediante el rezo del santo Rosario, sea para todos fuente de consuelo y esperanza. Feliz Domingo".

sábado, 2 de octubre de 2010

Leer la Biblia, Palabra viva de Dios que habla e interpela hoy, exhorta el Papa Benedicto XVI





VATICANO, 30 Sep. 10 / 09:29 am (ACI)

Al despedirse ayer por la tarde de quienes trabajan en las villas pontificias de Castel Gandolfo, el Papa Benedicto XVI exhortó a dialogar con Dios cotidianamente a través de la Biblia, "leyéndola no como palabra del pasado, sino como Palabra viva, que se dirige hoy a nosotros y nos interpela".

Al agradecer las oraciones y el trabajo de quienes laboran en estas villas, el Santo Padre los alentó a seguir "ofreciendo el testimonio diario de vuestra fe, sobre todo mediante la escucha dócil de la Palabra de Dios. Cada cristiano está llamado a acoger y a vivir cada día, con alegría y sencillez, la Palabra de verdad que el Señor nos ha comunicado".

Seguidamente el Papa resaltó que "es fundamental que los cristianos vivan en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos dona en la Sagrada Escritura, leyéndola no como palabra del pasado, sino como Palabra viva, que se dirige hoy a nosotros y nos interpela".

Finalmente el Papa aseguró a los presentes su "constante recuerdo en la oración, para que cada uno pueda conocer y asimilar cada vez con mayor profundidad la Palabra de Dios, estímulo y fuente de la vida cristiana para todas las situaciones y para cada persona. La Santísima Virgen es modelo de escucha obediente: ¡aprended de Ella!".

domingo, 26 de septiembre de 2010

Perdón y reconciliación son semilla de auténtica reforma en la Iglesia, dice el Papa Benedicto XVI





VATICANO, 25 Sep. 10 / 09:48 am (ACI)

Al recibir este mediodía a los prelados de la Regional Este 1 de la Conferencia de Obispos Católicos de Brasil en visita ad limina, el Papa Benedicto XVI señaló que la crisis espiritual que se vive actualmente en la Iglesia y en la sociedad, y que afecta particularmente a los jóvenes, radica en el "olvido", en el haber dejado de lado el don del perdón y la reconciliación, que es la semilla de la verdadera reforma en la Iglesia.

En el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el Santo Padre saludó de manera especial a los católicos de Río de Janeiro y Nitéroi, y comentó, ante la preocupación por la situación de los jóvenes que los obispos le presentaron en sus coloquios, que sería muy difícil convencer a alguien de la juventud de la Iglesia si no se ve en ella a la generación de jóvenes de hoy.

En este contexto, señala la nota de Radio Vaticano, Benedicto XVI recordó que su predecesor Juan Pablo II, confiado en la providencia divina que amorosamente preside los destinos de la historia no cesó de preparar los tiempos futuros, y en el año 2000, en la vigilia de oración de la XVI Jornada Mundial de la Juventud llamó a los jóvenes "los centinelas del mañana".

El Santo Padre recordó en particular, las largas filas de jóvenes que en el Circo Massimo, esperaban para confesarse dando a muchos sacerdotes la confianza en el sacramento de la penitencia. Y en este contexto, el Papa subrayó que el núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el oscurecimiento de la gracia del perdón.

"Cuando el perdón no es reconocido como real y eficaz se tiende a liberar a la persona de la culpa, haciendo que las condiciones para su posibilidad de ser perdonada nunca se realice. Pero, en lo más íntimo, las personas así liberadas de su culpa, saben que no es verdad y que el pecado existe y que ellas mismas son pecadoras".

El Santo Padre se refirió luego a algunas tendencias de la sicología que tienen grandes dificultades para admitir que, "algunos sentimientos de culpa, pueden ser debidos a una verdadera culpa, y que quienes fríamente no prueban sentimientos de culpa ni siquiera cuando deben, necesitan por todos los medios recuperarlos, porque en el orden espiritual son necesarios para la salud del alma".

"De hecho –precisó– Jesús vino a salvar, no a aquellos que ya se liberaron por sí mismos pensando que no tienen necesidad de Él, sino a cuantos sienten que son pecadores y necesitan de Él.

El Papa afirmó que "necesitamos el perdón que constituye la semilla de toda verdadera reforma, rehaciendo a la persona en lo más íntimo y haciéndose también el centro de la renovación de la comunidad".

"Solamente a partir de esta profunda renovación del individuo es que nace la Iglesia, nace la comunidad que une y sustenta en la vida y en la muerte. Y a medida que se realiza esta purificación, al principio ardua, se va haciendo cada vez más jubilosa. Esta alegría debe revelarse cada vez más en la Iglesia contagiando al mundo porque ella es la juventud del mundo".

Al despedirse de los obispos de Brasil, Benedicto XVI les pidió que llevaran su saludo y afecto a los jóvenes, sacerdotes, religiosos y laicos, y los confió a la protección de Nuestra señora de Aparecida, impartiendo su Bendición Apostólica.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El Papa en Gran Bretaña: Homilía en la beatificación de J. H. Newman


"El corazón habla al corazón"


BIRMINGHAM, domingo, 19 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).-Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI este domingo al presidir en el Cofton Park de Rednal, Birmingham, la celebración eucarística de beatificación de John Henry Newman (1801-1890), cardenal y fundador de los Oratorios de San Filipino Neri, en Inglaterra.



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Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos encontramos aquí en Birmingham en un día realmente feliz. En primer lugar, porque es el día del Señor, el Domingo, el día en que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y cambió para siempre el curso de la historia humana, ofreciendo nueva vida y esperanza a todos los que viven en la oscuridad y en sombras de muerte. Es la razón por la que los cristianos de todo el mundo se reúnen en este día para alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros. Este domingo en particular representa también un momento significativo en la vida de la nación británica, al ser el día elegido para conmemorar el setenta aniversario de la Batalla de Inglaterra. Para mí, que estuve entre quienes vivieron y sufrieron los oscuros días del régimen nazi en Alemania, es profundamente conmovedor estar con vosotros en esta ocasión, y poder recordar a tantos conciudadanos vuestros que sacrificaron sus vidas, resistiendo con tesón a las fuerzas de esta ideología demoníaca. Pienso en particular en la vecina Coventry, que sufrió durísimos bombardeos, con numerosas víctimas en noviembre de 1940. Setenta años después recordamos con vergüenza y horror el espantoso precio de muerte y destrucción que la guerra trae consigo, y renovamos nuestra determinación de trabajar por la paz y la reconciliación, donde quiera que amenace un conflicto. Pero existe otra razón, más alegre, por la cual este día es especial para Gran Bretaña, para el centro de Inglaterra, para Birmingham. Éste es el día en que formalmente el Cardenal John Henry Newman ha sido elevado a los altares y declarado beato.

Agradezco al Arzobispo Bernard Longley su amable acogida al comenzar la Misa en esta mañana. Agradezco a cuantos habéis trabajado tan duramente durante tantos años en la promoción de la causa del Cardenal Newman, incluyendo a los Padres del Oratorio de Birminghan y a los miembros de la Familia Espiritual Das Werk. Y os saludo a todos los que habéis venido desde diversas partes de Gran Bretaña, Irlanda y otros puntos más lejanos; gracias por vuestra presencia en esta celebración, en la que alabamos y damos gloria a Dios por las virtudes heroicas de este santo inglés.

Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad.

El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, "el corazón habla al corazón", nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia -os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente... se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231). El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un "servicio concreto", confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio... si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2).

El servicio concreto al que fue llamado el Beato John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes "cuestiones del día". Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de un educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo. Me gustaría rendir especial homenaje a su visión de la educación, que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales. Firmemente contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso. El proyecto de fundar una Universidad Católica en Irlanda le brindó la oportunidad de desarrollar sus ideas al respecto, y la colección de discursos que publicó con el título La Idea de una Universidad sostiene un ideal mediante el cual todos los que están inmersos en la formación académica pueden seguir aprendiendo. Más aún, qué mejor meta pueden fijarse los profesores de religión que la famosa llamada del Beato John Henry por unos laicos inteligentes y bien formados: «Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla» (La Posición Actual de los Católicos en Inglaterra, IX, 390). Hoy, cuando el autor de estas palabras ha sido elevado a los altares, pido para que, a través de su intercesión y ejemplo, todos los que trabajan en el campo de la enseñanza y de la catequesis se inspiren con mayor ardor en la visión tan clara que el nos dejó.

Aunque la extensa producción literaria sobre su vida y obras ha prestado comprensiblemente mayor atención al legado intelectual de John Henry Newman, en esta ocasión prefiero concluir con una breve reflexión sobre su vida sacerdotal, como pastor de almas. Su visión del ministerio pastoral bajo el prisma de la calidez y la humanidad está expresado de manera maravillosa en otro de sus famosos sermones: «Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros ("Hombres, no ángeles: los Sacerdotes del evangelio", Discursos a las Congregaciones Mixtas, 3). Él vivió profundamente esta visión tan humana del ministerio sacerdotal en sus desvelos pastoral por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados. No sorprende que a su muerte, tantos miles de personas se agolparan en las calles mientras su cuerpo era trasladado al lugar de su sepultura, a no más de media milla de aquí. Ciento veinte años después, una gran multitud se ha congregado de nuevo para celebrar el solemne reconocimiento eclesial de la excepcional santidad de este padre de almas tan amado. Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles:

"Sea alabado el Santísimo en el cielo,
sea alabado en el abismo;
en todas sus palabras el más maravilloso,
el más seguro en todos sus caminos".
(El Sueño de Gerontius)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Discurso de Benedicto XVI sobre el Réquiem de Mozart


La muerte, una "llave" para atravesar la puerta hacia la felicidad


CASTEL GANDOLFO, miércoles, 8 septiembre 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este martes por la tarde, Benedicto XVI, al final del concierto en el que se interpretó el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart (Misa de Réquiem en re menor K 626) en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo.

El concierto fue interpretado por la Orquesta de Padua y del Véneto, dirigida por el maestro Claudio Desderi, y por el coro "Academia de la voz" de Turín, dirigida por la maestra Sonia Franzese.



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Queridos amigos:

Doy las gracias de corazón a la Orquesta de Padua y del Véneto y al coro "Academia de la voz" de Turín, dirigidos por el maestro Claudio Desderi, y a los cuatro solistas por habernos ofrecido este momento de alegría interior y de reflexión espiritual con una intensa interpretación del Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart. Junto a ellos, doy las gracias a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, secretario de la Academia Pontificia de las Ciencias, por las palabras que me ha dirigido, así como a las instituciones que han contribuido a la organización de este acontecimiento. Sabemos bien que Mozart, cuando era muy joven, en sus viajes por Italia con su padre, se detuvo en varias regiones, entre las cuales se encontraban también el Piamonte y el Véneto, pero sobre todo sabemos que pudo aprender de la viva actividad musical italiana, caracterizada por compositores como Hasse, Sammartini, Padre Martini, Piccinni, Jommelli, Paisiello, Cimarosa, por citar a algunos de ellos.

Permitidme, sin embargo, que exprese una vez más el afecto particular que me une, podría decir desde siempre, a este sumo músico. Cada vez que escucho su música no puedo dejar de volver con la memoria a mi iglesia parroquial, donde cuando era un muchacho, en los días de fiesta, resonaba una de sus "misas": en el corazón sentía que me alcanzaba un rayo de la belleza del Cielo , y esta sensación sigo experimentándola también hoy cada vez, escuchando esta gran meditación, dramática y serena, sobre la muerte. En Mozart, todo está en perfecta armonía, cada nota, cada frase musical; es así y no podría ser de otra manera; incluso los opuestos quedan reconciliados es la mozart'sche Heiterkeit, la "serenidad mozartiana" todo lo envuelve, en cada momento. Es un don de la Gracia de Dios, pero es también el fruto de la fe viva de Mozart que, especialmente en la música sacra, logra reflejar la respuesta luminosa del Amor divino, que da esperanza, incluso cuando la vida humana es lacerada por el sufrimiento y la muerte.

En su última carta escrita al padre moribundo, fechada el 4 de abril de 1787, escribe hablando precisamente de la etapa final de la vida sobre la tierra: "...¡desde hace algún año he alcanzado tanta familiaridad con esta amiga sincera y sumamente querida del hombre, [la muerte], que su imagen ya no sólo no tiene nada de aterrador, sino que me parece incluso muy tranquilizante y consoladora! Y doy gracias a mi Dios por haberme concedido la suerte de tener la oportunidad de reconocer en ella la clave de nuestra felicidad. No me acuesto nunca sin pensar que al día siguiente quizá ya no estaré. Y sin embargo nadie que me conozca podrá decir que en compañía yo sea triste o de mal humor. Y por esta suerte doy las gracias cada día a mi Creador y lo deseo de todo corazón a cada uno de mis semejantes".

Este escrito manifiesta una fe profunda y sencilla, que aparece también en la gran oración del Réquiem, y nos lleva, al mismo tiempo, a amar intensamente las vicisitudes de la vida terrena como dones de Dios y a elevarnos por encima de ellas, contemplando serenamente la muerte como una "llave" para atravesar la puerta hacia la felicidad.

El Réquiem de Mozart es una elevada expresión de fe, que reconoce el carácter trágico de la existencia humana y que no oculta sus aspectos dramáticos, y por este motivo es una expresión de fe propiamente cristiana, consciente de que toda la vida del hombre está iluminada por el amor de Dios. Gracias una vez más a todos.



[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]

domingo, 5 de septiembre de 2010

La plena madurez de la persona pasa necesariamente por el encuentro con Cristo, dice el Papa desde Castel Gandolfo

VATICANO, 05 Sep. 10 / 07:02 am (ACI)

Un gran número de fieles y peregrinos se dio cita este medio día en la Plaza central de Castel Gandolfo para rezar el Ángelus dominical con el Papa Benedicto XVI, quien al introducir la oración a Santa María recordó que toda persona, y especial los jóvenes, necesitan de raíces profundas y válidos fundamentos para construir una vida sólida y segura, y que tales raíces y fundamentos deben estar en Cristo. El Santo Padre habló sobre su Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en agosto del 2011 en Madrid. “Enraizados y fundados en Cristo, firmes en la fe”, es el tema del encuentro más grande de jóvenes católicos con el Pontífice. “Es decididamente una propuesta contra la corriente. Quien, en efecto, propone hoy en día a los jóvenes estar enraizados y firmes. Más bien se exalta la incerteza, el cambio, la volubilidad … aspectos que reflejan una cultura indecisa frente a los valores de fondo, los principios de base a los cuales orientarse y regular la propia vida”, dijo el Papa. Contando la propia experiencia personal dijo “saber bien que cada generación, es más, cada persona está llamada a recorrer nuevamente el camino del descubrir el sentido de la vida. El joven, en efecto, es como un árbol en crecimiento, pues para desarrollarse bien necesita raíces profundas, que en caso de tempestades lo tengan firme en el suelo. Así también la imagen del edificio en construcción hace pensar en la exigencia de válidos fundamentos para que la casa sea sólida y segura”. El Papa afirmó que el corazón del mensaje está en las expresiones “en Cristo” y “en la fe”. “La plena madurez de la persona, su estabilidad interior, tienen el fundamento en la relación con Dios, relación que pasa por el encuentro con Cristo”. “Una profunda relación de confianza, de autentica amistad con Jesús debe estar en la capacidad de dar a un joven aquello que necesita para afrontar bien la vida: serenidad y luz interior, actitudes para pensar positivamente, amplitud de alma hacia los demás, disponibilidad para dar bien, justicia y verdad”, agregó. Finalmente el Papa resaltó la importancia de la comunidad eclesial para el joven: “para ser creyente, el joven está sostenido por la fe de la Iglesia, pues si ningún hombre es una isla, menos aún el cristiano, que descubre en la Iglesia la belleza de la fe compartida y testimoniada junto a otros en la fraternidad y en el servicio de la caridad”. Seguidamente el Papa rezó el Ángelus, e impartió su Bendición Apostólica.

sábado, 28 de agosto de 2010

Mensaje del Papa por el centenario del nacimiento de Madre Teresa


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 26 agosto 2010 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el texto que Benedicto XVI ha enviado a sor Mary Prema Pierick, superiora general de la congregación de las Misioneras de la Caridad, con ocasión del ocasión del centenario del nacimiento de la Beata Teresa de Calcuta, celebrado este jueves.



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Le envío cordiales saludos a usted y a todas las Misioneras de la Caridad al inicio de las celebraciones del centenario del nacimiento de la Beata Madre Teresa, fundadora de vuestra orden y modelo ejemplar de virtud cristiana. Confío en el hecho de que este años será para la Iglesia y para el mundo una ocasión de gratitud ferviente hacia Dios por el don inestimable que Madre Teresa ha sido en el transcurso de su vida y que sigue siendo a través de la obra amorosa e incansable que lleváis a cabo vosotras, sus hijas espirituales.

Para prepararos a este año, habéis buscado acercaros aún más a la persona de Jesús, cuya sed de almas se extingue gracias a vuestro ministerio por Él en los más pobres de entre los pobres. Habiendo respondido con confianza a la llamada directa del Señor, Madre Teresa dio ejemplo excelente ante el mundo de las palabras de san Juan: “Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (1 Jn 4, 11-12).

Que este amor siga inspirándoos, Misioneras de la Caridad, para donaros generosamente a Jesús, quien veis y servís, o lo que es lo mismo, a los pobres, a los marginados y a los abandonados. Os animo a beber con constancia de la espiritualidad y del ejemplo de Madre Teresa y, siguiendo sus huellas, a acoger la invitación de Cristo: “Venid y sed mi luz”. Participando espiritualmente en las celebraciones por el centenario, con gran afecto en el Señor, imparto de todo corazón a as Misioneras de la caridad y a todos aquellos que servís, mi paternal Bendición Apostólica.

[ traducción del italiano por Inma Álvarez]

domingo, 22 de agosto de 2010

Benedicto XVI: María, Reina

Intervención con motivo del Ángelus


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 22 de agosto de 2010 (ZENIT.org) - Publicamos la intervención que pronunció Benedicto XVI este domingo al rezar a mediodía la oración mariana del Ángelus junto a los peregrinos congregados en el patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo.



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Queridos hermanos y hermanas:

Ocho días después de la solemnidad de la Asunción al Cielo, la liturgia nos invita a venerar a la bienaventurada Virgen María con el título de "Reina". Contemplamos a la Madre de Cristo coronada por su Hijo, es decir, asociada a su realeza universal, tal y como la representan muchos mosaicos y pinturas. Esta memoria también cae este año en domingo, alcanzando una luz mayor gracias a la Palabra de Dios y la celebración de la Pascua semanal. En particular, el icono de la Virgen María Reina encuentra una confirmación significativa en el Evangelio del día, donde Jesús afirma: "Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos" (Lucas 13, 30). Se trata de una típica expresión de Cristo, referida varias veces por los Evangelios, con fórmulas parecidas, pues evidentemente refleja un tema muy sentido por su predicación profética. La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica, es decir, que Dios humilla a los soberbios y poderosos de este mundo y eleva a los humildes (Cf. Lucas 1, 52).

¡La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se ha convertido en la Reina del mundo! Esta es una de las maravillas reveladas por el corazón de Dios. Naturalmente la realeza de María depende totalmente de la de Cristo: Él es el Señor, a quien, después de la humillación de la muerte en la cruz, el Padre ha exaltado por encima de toda criatura en los cielos, en la tierra y bajo la tierra (Cf. Filipenses 2, 9-11). Por un designio de la gracia, la Madre Inmaculada ha quedado plenamente asociada al misterio del Hijo: a su Encarnación; a su vida terrena, primero escondida en Nazaret y después manifestada en el ministerio mesiánico; a su Pasión y Muerte; y por último a la gloria de la Resurrección y Ascensión al Cielo. La Madre compartió con el Hijo no sólo los aspectos humanos de este ministerio, sino también, por obra del Espíritu Santo en ella, su intención profunda, su voluntad divina, de manera que toda su existencia, pobre y humilde, fue elevada, transformada, glorificada, pasando a través de la "puerta estrecha" que es el mismo Jesús (Cf. Lucas 13, 24). Sí, María es la primera que atravesó el "camino" abierto por Cristo para entrar en el Reino de Dios, un camino accesible para los humildes, para quienes confían en la Palabra de Dios y se comprometen para llevarla a la práctica.

En la historia de las ciudades y de los pueblos evangelizados por el mensaje cristiano, se dan innumerables testimonios de veneración pública, en algunos casos incluso institucional de la realeza de la Virgen María. Pero hoy queremos sobre todo renovar, como hijos de la Iglesia, nuestra devoción a quien Jesús nos dejó como Madre y Reina. Encomendamos a su intercesión la oración diaria por la paz, especialmente allí donde más golpea la absurda lógica de la violencia para que todos los hombres se persuadan de que en este mundo debemos ayudarnos los unos a los otros como hermanos para construir la civilización del amor Maria, Regina pacis, ora pro nobis!

[Tras rezar el Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Saludo a los peregrinos de lengua española y los invito a pedir por la Iglesia, extendida de oriente a occidente, para que sea fiel al mandato que el Señor le encomendó de llevar la luz del Evangelio a todas las naciones. Por intercesión de la Virgen María, a quien invocamos como Reina y Señora nuestra, supliquemos a Cristo Jesús, su divino Hijo, que sean cada vez más los que dediquen su vida a esta hermosa misión, siendo testigos de su amor, de palabra y con el propio ejemplo. Muchas gracias.



[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina