jueves, 24 de diciembre de 2009

Mensaje de Navidad de Benedicto XVI



«Apparuit gratia Dei Salvatoris nostri omnibus hominibus" (Tt 2,11).

Queridos hermanos y hermanas, renuevo el alegre anuncio de la Natividad de Cristo con las palabras del apóstol San Pablo: Sí, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres».

Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que «ha aparecido», se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jehoshua, Jesús, que significa «Dios salva».

La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar también aquí, en esta plaza, así como en innumerables iglesias y capillas de todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.

La gracia de Dio ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. Jesús mismo lo dice en su predicación: estos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt 5,3-10). Estos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en camino, como los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de su amor.

Hermanos y hermanas que me escucháis, el anuncio de esperanza que constituye el corazón del mensaje de la Navidad está destinado a todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un «oasis» de paz.

Que sientan el poder de la gracia salvadora de Dios tantas poblaciones que todavía viven en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Que la luz divina de Belén se difunda en Tierra Santa, donde el horizonte parece volverse a oscurecer para israelíes y palestinos; se propague en Líbano, en Irak y en todo el Medio Oriente. Que haga fructificar los esfuerzos de quienes no se resignan a la lógica perversa del enfrentamiento y la violencia, y prefieren en cambio el camino del diálogo y la negociación para resolver las tensiones internas de cada país y encontrar soluciones justas y duraderas a los conflictos que afectan a la región. A esta Luz que transforma y renueva anhelan los habitantes de Zimbabue, en África, atrapado durante demasiado tiempo por la tenaza de una crisis política y social, que desgraciadamente sigue agravándose, así como los hombres y mujeres de la República Democrática del Congo, especialmente en la atormentada región de Kivu, de Darfur, en Sudán, y de Somalia, cuyas interminables tribulaciones son una trágica consecuencia de la falta de estabilidad y de paz. Esta Luz la esperan sobre todo los niños de estos y de todos los países en dificultad, para que se devuelva la esperanza a su porvenir.

Donde se atropella la dignidad y los derechos de la persona humana; donde los egoísmos personales o de grupo prevalecen sobre el bien común; donde se corre el riesgo de habituarse al odio fratricida y a la explotación del hombre por el hombre; donde las luchas intestinas dividen grupos y etnias y laceran la convivencia; donde el terrorismo sigue golpeando; donde falta lo necesario para vivir; donde se mira con desconfianza un futuro que se está haciendo cada vez más incierto, incluso en las naciones del bienestar: que en todos estos casos brille la Luz de la Navidad y anime a todos a hacer su propia parte, con espíritu de auténtica solidaridad. Si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo se encamina a la ruina.

Queridos hermanos y hermanas, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador» (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.

Vayamos, pues, hermanos. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Domingo 20 IV DE ADVIENTO: La Sonrisa de Dios es la sonrisa de María



Adviento. María, nos invita a imitarla en un complaciente abandono a la palabra de Dios, que puede decirnos desde su obediencia, “Hagan lo que Él les diga"

Domingo cuarto de Adviento



Virgilio, el gran poeta latino, pagano, que ha tenido una gran influencia en la literatura universal, dice que el “niño comienza a conocer a su madre por la sonrisa”, anunciado proféticamente que la sonrisa de Dios es la sonrisa de María después del pecado, una vez que ella aceptó convertirse en la Madre de su Hijo Jesucristo, proporcionándole su Cuerpo precioso, un cuerpo necesario para realizar en los hombres y para los hombres la redención y la salvación de todo el genero humano.

Y hoy nos encontramos, ya en las inmediaciones de la Navidad, dejando atrás a Isaías y a San Juan Bautista, con el personaje central del Adviento, a María la Madre de Jesús, que nos dejará a las plantas del mismísimo Hijo de Dios encarnado.

Por eso, hoy queremos asistir embelezados al encuentro de dos mujeres pobres, gente del pueblo, las dos embarazadas, una de edad avanzada y la otra apenas una jovencita que tuvieron un papel destacado en la historia de la Salvación de nuestros pueblos.

Se trata de Isabel, la anciana, la que concibió en su seno prodigiosamente, ya en su ancianidad y María, que apenas en su adolescencia ofreció su cuerpo para que Dios realizara entre los hombres el prodigio inaudito de enviar para estar entre los hombres y para siempre a su mismísimo Hijo.

El encuentro no podía ser más agradable y simpático: “En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo en las montañas de Judea, y entrando, saludó a Isabel”.

Fue ese viaje, el primer recorrido eucarístico, la primera vez que Cristo aún en el seno de su Madre, como el mejor tabernáculo, sagrario o manifestador pudo acercarse a los hombres y llevarles la presencia, la fuerza y la alegría del Espíritu Santo que lo había encarnado precisamente en el seno de aquella mujer singular.

Esa presencia y ese abrazo, hicieron que Juan Bautista, santificado en ese momento con la presencia del Espíritu Santo, saltara de gozo en el seno de su propia madre, que no escatimó la alabanza y la ternura a la mujercita que venía a atenderla en su propio parto:

“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre... Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!”.

Esas solas palabras, en las inmediaciones de la Navidad, nos sugieren muchas preguntas que no podemos dejar de contestar, porque ahí va implicada nuestra propia alegría, nuestra felicidad y en última instancia, nuestra propia salvación: ¿En qué creyó María, y qué le fue anunciado de parte del Señor?.

Podemos aventurar las respuestas diciendo que María le creyó al Padre que con un profundo respeto, una entrañable ternura, se acerca a la criatura, se abaja casi, para “pedirle”, hay que subrayarlo, para pedirle que se dignara ser la madre del Salvador. No se le impone la maternidad, no se la violenta, aunque se trate del Señor de Cielos y Tierra, dueño de todo.

Eso es ya una primera lección para los machistas, para los hombres que se creen superiores y con derecho a tratar a la mujer como su esclava, como simple objeto de placer y como una máquina de hacer hijos y criaturas muchas veces infelices.

María le creyó al Padre, y desde entonces se convierte en mujer “eucarística” toda la vida, dedicada en cuerpo y alma a su Hijo que con su Cuerpo logrará la santificación para todos los hombres.

La actitud de María, nos obliga entonces a imitarla en un complaciente abandono a la palabra de Dios, que puede decirnos desde su obediencia, “Hagan lo que él les diga”, no duden, pueden fiarse de la palabra de mi Hijo que pudo cambiar el agua en vino y que puede hacer del pan sencillo de los hombres nada menos que su propio Cuerpo y su propia Sangre, haciéndose para todos los hombres “pan de vida”.

A María le fue anunciada la presencia del Hijo de Dios que sería también hijo de María, a quien recibe amorosamente, anunciando a todos los bautizados la necesidad de recibir así como ella recibió la carne mortal, de Cristo, recibamos nosotros las especies sacramentales, las especies de pan y de vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

María acertó a decir a Dios que aceptaba el compromiso de dedicarse totalmente a su Hijo con un famosísimo “Fíat”, hágase, realícese, consúmese en mí todo lo que tu palabra quiera, para enseñarnos a decir reverente y alegremente el “Amén” cada que recibimos presente con todo su ser humano-divino a Cristo en las especies de pan y de vino.

Ese fíat de María hizo que pronto pudiera recibir en sus brazos y arropar con todo cariño a Jesús, el Salvador de los hombres:

"Y la mirada embelezada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?” (Juan Pablo II).

Ese fíat de María le bastó y la fortaleció internamente, para prepararse a acompañar a su Hijo en todo momento, sin reparar en subir hasta cerca de él en alto de la cruz, correspondiendo a lo que el profeta le había anunciado:

“Y a ti una espada traspasará tu propia alma."

Pero si María tuvo que pasar por el Calvario y la cruz para acompañar a su Hijo, tuvo también la dicha de estar entre los apóstoles de su Hijo, acompañándoles en la oración y sosteniendo su esperanza en la resurrección de su hijo.

El Papa Juan Pablo II, de quien estoy tomando todas estas ideas, de su encíclica sobre la Eucaristía, la cual recomiendo encarecidamente que lean todos mis cristianos catoliquísimos, nos hace asistir al momento sublime cuando María pudo escuchar en labios de los apóstoles “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros.

Aquel Cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la cruz”.


Todo esto ha sido necesario para que nosotros podamos pasar una Navidad muy especial, acompañados de María, preparando no una cena ni unos vinos ni unos regalos, ni siquiera unos abrazos, a menos que se parezcan al abrazo de María a su prima Isabel, sino a preparar nuestros corazones para abrazarnos a Cristo hecho Carne y Sangre en el Sacramento Eucarístico, y recibirlo reverentemente como lo hizo María en la cuna de Belén. Será así la mejor de las Navidades.

Sonriendo con María, recibamos al Hijo de Dios hecho carne.



A
Ti
Que
Eres
El Amo
Y Señor
De todos
Los hombres
Gracias por el
Don inapreciable
De tu Hijo amado
Hijo del Altísimo y
También el hijo de la
Siempre Virgen María
Te alabamos por tu amor
Y tu bondad por haber mandado
Al Hijo nacido para salvar al esclavo
Gracias porque nos has hecho vivir en
Parroquia, el nuevo Belén de Guanajuato
Gracias porque cada día nos lo das en
El Sacramento Eucarístico, fruto de tu
Amor y de la entrega hasta el sacrificio de
Tu Hijo Jesucristo. Gracias por mandarlo tan
Parecido a nosotros que siendo hermano puede
Salvarnos a todos y hacernos pasar por el camino
De la cruz y la pasión para llegar también nosotros
Al momento glorioso de la resurrección. Gracias por
Tu Hijo Nacido entre pajas y espinos, entre pañales y
Lágrimas, entre sollozos y sonrisas amorosas de la Madre
Y Maestra de todos los hombres. Recibe nuestra gratitud y
Nuestra alabanza. Permite que nos amemos de tal manera que
Podamos ser una sola familia en camino hacia ti, nuestro Dios y
nuestro Padre.
¡Felicitémonos¡
Y cantemos
Agradecidos al
Recién nacido
Rey inmortal de todos los siglos de los siglos. Amén.


sábado, 19 de diciembre de 2009

El pesebre es una escuela de vida


Para alegrarnos, necesitamos no sólo cosas, sino amor y verdad: necesitamos a un Dios cercano, que calienta nuestro corazón.


“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres … El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5). La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta a la del mundo.

(...) Me alegra saber que en vuestras familias se conserva la costumbre de hacer el pesebre. Pero no basta con repetir un gesto tradicional, aunque sea importante. Hay que intentar vivir en la realidad del día a día lo que el pesebre representa, es decir el amor de Cristo, su humildad, su pobreza. Es lo que hizo san Francisco en Greccio: representó en vivo la escena de la Natividad, para poderla contemplar y adorar, pero sobre todo para saber poner en práctica mejor el mensaje del Hijo de Dios, que por amor a nosotros se despojó de todo y se hizo un niño pequeño.

(...) el pesebre es una escuela de vida, donde podemos aprender el secreto de la verdadera alegría. Ésta no consiste en tener muchas cosas, sino en sentirse amado por el Señor, en hacerse don para los demás y en quererse unos a otros.

Miremos el pesebre: la Virgen y san José no parecen una familia muy afortunada; han tenido su primer hijo en medio de grandes dificultades; sin embargo están llenos de profunda alegría, porque se aman, se ayudan, y sobre todo están seguros de en su historia está la obra Dios, Quien se ha hecho presente en el pequeño Jesús.

¿Y los pastores? ¿Qué motivo tienen para alegrarse? El Bebé no cambiará realmente su condición de pobreza y de marginación. Pero la fe les ayuda a reconocer en el “niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, el “signo” del cumplimiento de las promesas de Dios para todos los hombres “en quienes él se complace” (Lc 2,12-14), ¡también para ellos!

En eso, queridos amigos, es en lo que consiste la verdadera alegría: es sentir que nuestra existencia personal y comunitaria es visitada y colmada por un gran misterio, el misterio del amor de Dios. Para alegrarnos, necesitamos no sólo cosas, sino amor y verdad: necesitamos a un Dios cercano, que calienta nuestro corazón, y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María.

Por eso el Niño, que ponemos en la cabaña o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo. Oremos para que cada persona, como la Virgen María, pueda acoger como centro de su propia vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.


Palabras que dirigió Benedicto XVI en tercer domingo de Adviento al rezar la oración mariana del Ángelus el 13 de diciembre 2009

sábado, 12 de diciembre de 2009

Domingo 13: Ya te falta poco para nacer....Oh Señor de la historia



Es el momento de pensar, de "bucear" en nuestro interior para ver si nos hace falta cambiar nuestro modo de ser, cambiar nuestra vida... para poder "regalarle" algo al Hijo de Dios.


¡YA TE FALTA POCO PARA QUE APAREZCAS.... OH, SEÑOR DE LA HISTORIA!

En la mitad del ADVIENTO... ¿Cómo están nuestros caminos?

Todos sabemos que falta poco para que llegue la Navidad....y ahí andamos corriendo, hasta hemos hecho una lista para que no se nos olviden las "cosas" que tenemos que hacer, regalos, alimentos para la cena de Nochebuena o la comida de Navidad.... ¡y los turrones!, ah, eso si no nos pueden faltar y los vinos....otra cosa importante para brindar....

Cada quién, según sus posibilidades, trataremos que esa noche o día, se pueda celebrar lo mejor posible y sobre todo, si es que llega a ser en nuestra casa, quedar con el mejor de los éxitos....

Todo esto está muy bien, pero.... ¿Cómo están nuestros caminos? Los "caminos" de nuestro interior, los "caminos" de nuestro corazón....

Hace muchísimos años, Juan, comenzó a predicar la penitencia, un bautismo para el perdón de los pecados y su arrepentimiento, es tiempo de mortificación por eso vemos que los sacerdotes visten de color morado al celebrar la misa, y todavía muchos miles de años antes, podemos leer al profeta Isaías: "Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios".

Es ahora cuando ha llegado nuestro tiempo... ¿Cómo preparamos esos "caminos"... sin allanar las crestas de nuestra soberbia, de nuestra altanería... sin poner rectos nuestros deseos de ambición cambiándolos por generosidad, sin suavizar esa aspereza pidiendo perdón o dándolo con un gesto de amor....?

Es el momento de pensar, de "bucear" en nuestro interior para ver si nos hace falta cambiar nuestro modo de ser, cambiar nuestra vida... para poder ofrecer "algo", para poder "regalarle" algo al Hijo de Dios que ya no tarda en llegar, que ya no tarda en aparecer en nuestra Historia, siendo El el Señor y Dueño de la misma, y sin embargo
lo vamos a ver naciendo en la más profunda humildad y solo ý únicamente por amor.

Es tiempo de regalar. y de recibir regalos..., todo está bien.

Pero El solo vino a buscar mi corazón para que lo ame.... ¿se lo daré?......


sábado, 5 de diciembre de 2009

Evangelio del domingo 6: Divinos andurriales



Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo electo de Oviedo

HUESCA, jueves 26 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

Publicamos el comentario al Evangelio de este domingo, segundo de adviento (Lucas 3, 1-6), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca, arzobispo electo de Oviedo.

* * *

Algo así como haciendo camino al andar, nos encontramos en este segundo domingo de Adviento que viene a completar el del domingo anterior. Porque entonces se nos daba un toque de atención: "levantaos, alzad la cabeza, tened cuidado, estad siempre despiertos..." (Lucas 21, 34-36). Era una honda invitación a la vigilancia, que este domingo se explicita más aún.

El mensajero es Juan Bautista (que junto con Isaías y María, forma parte de la tríada que nos acompañará en todo este tiempo litúrgico). Fue un profeta querido y temido, porque cantaba las verdades sin pose ni ficción. Pagó caro su amor a la verdad. Pero no sólo la decía, sino que sobre todo la vivía, la decía viviéndola.

Su mensaje se allega hoy hasta nosotros haciéndonos la misma invitación que hace dos mil años hizo a otra gente: está por venir otro, alguien especial, por quien el corazón de todos los hombres ha estado siempre en vilo; avivad, pues, vuestra espera, encended vuestra esperanza, y cambiad, convertíos, porque Él, el esperado por todos y por ti... está para llegar.

Hay que pensar que el mensaje del Bautista no era de palabras de seda para entretener piadosamente a gentes aburridas, para las que el único cambio posible era sólo el cambio de horario. Juan Bautista, entrará a saco para ir al grano en otro cambio y preguntar sin ambages a los de entonces y a nosotros los de acá: ¿qué caminos andas tú? Porque el Mesías no viene por todos los caminos. A saber: el camino de la injusticia, el camino de la violencia, de la inmisericordia, de la dureza, del olvido, de la idolatría, de la tibieza... por ahí no vendrá Él. Es imposible caminar por estos andurriales creyendo que nos llevan a Belén.

En el cruce de caminos de mi vida con la suya, en las sendas allanadas y las colinas descendidas, quiere el Señor mostrar a cuantos quieran ver, su Bondad y su Ternura, sin distinción de raza, lengua y nación. Y así termina este Evangelio: "todos verán la salvación de Dios" (Lc 3,6). Tremendo misterio, que Dios haya querido en buena parte supeditar el que esa salvación sea vista, a que yo no tenga, no ande, los caminos indebidos que ofenden a Dios y manchan al hombre.

Sólo queda enderezar lo torcido, allanar lo altanero, igualar lo escabroso. Dios nos quiere camineros y caminantes para que nuestros pies frecuenten las sendas por las que Dios vino, viene y vendrá; caminos que huelen a tomillo de paz, gracia y comunión, caminos de horizontes largos donde la gente se ve de lejos y los rostros como son, caminos llenos de la misericordia y lo entrañable, caminos propios de Dios.


sábado, 28 de noviembre de 2009

Adviento: La espera de la Esperanza



Por Mario J. Paredes


NUEVA YORK, viernes 27 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos una reflexión sobre Adviento escrita por Mario J. Paredes, presidente de la Asociación Católica de Líderes Latinos (CALL) de los Estados Unidos, miembro del comité presidencial de enlace de la Sociedad Bíblica de los Estados Unidos con la Iglesia católica.


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Con el tiempo de adviento comienza otro año en la vida litúrgica de los católicos. Adviento es vocablo latino que significa espera de lo que ha de venir, expectación de algo que está en advenimiento, de lo que llega, de lo que vendrá y plenificará el presente.

Que sería de la vida del ser humano sin la esperanza! Naufragaríamos en el mar de la incertidumbre, del sufrimiento, del dolor, del mal, sin que nada nos alentara a seguir confiando, luchando, trabajando, proyectando, amando, confiando, creyendo, esperando...

Los cristianos somos, esencial y fundamentalmente, hombres y mujeres de esperanza. Es decir, hombres y mujeres que viven en permanente adviento: en la espera de que el nacimiento de Dios llegue en la navidad, en la espera de los encuentros cotidianos con Dios mediante su creación, mediante el hermano especialmente el más pobre, mediante la liturgia, mediante los sacramentos, mediante tantos signos y circunstancias que Dios se nos acerca y viene a nuestro encuentro cada día. El cristiano vive en la espera de que las promesas de Dios lleguen a su cumplimiento, que el Reinado de Dios triunfe sobre el reinado del mundo, que la misericordia de Dios triunfe sobre el desamor y que el poder de Dios venza sobre los podercitos mezquinos del hombre.

Pero el cumplimiento de estas esperanzas, para que - como dice el salmo del adviento - en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente, exige que los cristianos construyamos, con nuestros hechos y palabras, con nuestros anuncios y denuncias, nuestros comportamientos, actitudes y trabajos, espacios y tiempos en los que la esperanza cristiana sea posible, es decir, espacio-tiempos en los que el Reinado de Dios se haga presente por medio nuestro.

Así, la esperanza que esperamos nos saca de una actitud resignada y pasiva y nos mueve a construir la esperanza que esperamos, el cielo y la tierra nueva que anhelamos. Más aún, el cristiano sabe que las esperas cotidianas de felicidad se plenifican sólo en nuestra esperanza: Cristo y su vida en nosotros. La esperanza cristiana no es una esperanza que se agota en las satisfacciones temporales y efímeras sino que empuja todo nuestro presente hacia un futuro plenificador y totalizante en Dios.

Adviento, este tiempo litúrgico que antecede a la espera de la Navidad, es - más que un tiempo litúrgico - una actitud de vida y un compromiso personal y comunitario del creyente y de los que en Iglesia creemos en el Evangelio de Jesucristo y de un mundo en el que lo divino nazca, aparezca y se manifieste en lo más humano y cotidiano de nuestra historia presente.

De esta esperanza que no se agota en el día a día, de la esperanza que anima todos nuestros instantes, de la esperanza infinita y sin condiciones, de la esperanza que no pasa y no muere, de la esperanza que nos abre al mas allá de esta intrahistoria limitada, de la esperanza que vence toda forma de mal, de dolor y de muerte nos habla la liturgia en este tiempo de Adviento.

Hoy más que nunca urge vivir el espíritu del Adviento. Nos circundan por todas partes manifestaciones de crisis: crisis del espíritu humano, crisis de logros que otrora soñó la humanidad, crisis de confianza en lo que puede el hombre y sus instituciones, hay crisis de confianza en los gobiernos, en los regímenes, en los modelos políticos y económicos, hay desconfianza entre los pueblos y las naciones, hay incredulidad en los lideres espirituales, hay desilusión, hay desesperanza porque hay hambre y mil formas de inequidad, de injusticia, de violencia y de muerte. Hay un sentir colectivo según el cual nuestro presente es de no-futuro. Hay incertidumbre, hay pérdida del sentido de la vida, hay angustia, vivimos tiempos difíciles en todos los ámbitos del quehacer humano y sin embargo, la liturgia católica, en este tiempo de Adviento nos invita, una vez más, a la espera de la Esperanza, al compromiso y construcción de tiempos mejores...

Deseo a todos que este Adviento 2009 nos llene de esperanza, de un aliento siempre renovado para hacer posible nuestra Esperanza: el Evangelio de Jesucristo entre nosotros, vivido y anunciado por nosotros, para la construcción de un mundo mejor, más justo, más humano y con ello más según el querer de Dios.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El Papa: “El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza”


Intervención en la apertura de la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria


ROMA, lunes 16 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-

El hambre es “el signo más cruel y concreto de la pobreza” y no tiene “una relación de causa-efecto” con el aumento de la población”, afirmó Benedicto XVI este lunes por la mañana en la sede de la FAO en Roma.

El Papa intervino en la sesión de apertura de la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria, que se celebra del 16 al 18 de noviembre en Roma.

“La tierra puede nutrir suficientemente a todos sus habitantes” porque “si bien en algunas regiones se mantienen bajos niveles de producción agrícola a causa también de cambios climáticos, dicha producción es globalmente suficiente para satisfacer tanto la demanda actual, como la que se puede prever en el futuro”.

Colaborar para un “desarrollo humano integral”

Según el pontífice, “aunque los Países más pobres se han integrado en la economía mundial de manera más amplia que en el pasado, la tendencia de los mercados internacionales los hace en gran medida vulnerables y los obliga a tener que recurrir a las ayudas de las Instituciones intergobernativas”.

La cooperación, señaló, debe ser “coherente con el principio de subsidiaridad”. Por ello, es necesario “implicar a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo", indicó.

“Porque el desarrollo humano integral requiere decisiones responsables por parte de todos y pide una actitud solidaria que no considere la ayuda o la emergencia en función de quien pone a disposición los recursos o de grupos de élite que hay entre los beneficiarios”, añadió.

La solidaridad para el desarrollo de los países pobres, por otra parte, puede llegar a ser también una “vía de solución para la actual crisis global”, sugirió.

En este sentido, explicó que “sosteniendo con planes de financiación inspirados en la solidaridad estas Naciones, para que ellas mismas sean capaces de satisfacer las propias demandas de consumo y de desarrollo, no sólo se favorece el incremento económico en su interior, sino que puede tener repercusiones positivas para el desarrollo humano integral en otros países”.

Contra el hambre, una “conciencia solidaria”

Benedicto XVI también alertó contra el peligro de considerar el hambre como un fenómeno “estructural, parte integrante de la realidad socio-política de los países más débiles, objeto de un sentido de resignada amargura, si no de indiferencia”.

“No es así, ni debe ser así -exclamó-. Para combatir y vencer el hambre es esencial empezar por redefinir los conceptos y los principios aplicados hasta hoy en las relaciones internacionales”.

En este sentido, indicó la importancia de buscar “nuevos parámetros -necesariamente éticos y después jurídicos y económicos- que sean capaces de inspirar la actividad de cooperación para construir una relación paritaria entre Países que se encuentran en diferentes grados de desarrollo”.

Al mismo tiempo, es necesario “entender las necesidades del mundo rural”, descartando la posibilidad de ser considerado “de modo miope, como una realidad secundaria” y favorecer el acceso al mercado internacional de los productos procedentes de las áreas más pobres, “hoy a menudo relagados a espacios limitados”, dijo.

También pidió no olvidar “los derechos fundamentales de la personas, entre los que destaca el derecho a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, y el derecho al agua”.

Para lograr esos objetivos, “rescatar las reglas del comercio internacional de la lógica del provecho como un fin en sí mismo, orientándolas en favor de la iniciativa económica de los Países más necesitados de desarrollo, que, disponiendo de mayores entradas, podrán caminar hacia la autosuficiencia, que es el preludio de la seguridad alimentaria”.

Refiriéndose a su encíclica “Caritas in veritate”, Benedicto XVI también recordó la necesidad de una “conciencia solidaria, que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinción ni discriminaciones”.

“No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones”, señaló.

“Reconocer el valor trascendente de cada hombre y mujer es el primer paso para favorecer la conversión del corazón que pueda sostener el esfuerzo para erradicar la miseria, el hambre y la pobreza en todas sus formas”.

El desarrollo respeta el medio ambiente

Los métodos de producción alimentaria, recordó el obispo de Roma, imponen igualmente un “análisis atento de la relación entre el desarrollo y la tutela ambiental”

Esta tutela la señaló como “un desafío actual para garantizar un desarrollo armónico, respetuoso del diseño de Dios el Creador y por tanto en condiciones de salvaguardar el planeta”.

Desde este punto de vista, se debe profundizar en las conexiones existentes “entre la seguridad ambiental y el fenómeno preocupante del cambio climático”, teniendo en cuenta el lugar central de la persona humana y sobre todo a las poblaciones más vulnerables.

Para ello, concluyó, no bastan “normativas, legislaciones, planes de desarrollo e inversiones”, sino “un cambio en los estilos de vida personales y comunitarios, en el consumo y en las necesidades concretas” y sobre todo “tener presente ese deber moral de distinguir en las acciones humanas el bien del mal para redescubrir así el vínculo de comunión que une la persona y lo creado”.

El director general de la FAO, Jacques Diouf, definió la presencia del pontífice de este lunes como “un evento excepcional” que confiere a la cumbre “una fuerte dimensión espiritual”.

“La Iglesia siempre ha tenido como responsabilidad la de aliviar la pobreza de los más necesitados”, destacó.

También auspició que la presencia del Papa permitirá llevar la lucha contra el hambre al mundo “a un nivel de responsabilidad colectiva y de ética que trascienda los puestos en juego y los intereses nacionales y regionales, para reafirmar con voz clara y fuerte el derecho a la alimentación, el primero de los derechos humanos”.

La de este lunes ha sido la quinta visita de un Papa a la sede de la FAO de Roma. Benedicto XVI estaba acompañado por el Secretario de Estado, el cardenal Tarcisio Bertone; por el arzobispo Filoni, sustituto de la Secretaría de Estado; por monseñor Mamberti, secretario para las Relaciones con los Estados, y Harvey, prefecto de la Casa pontificia.

También por el obispo De Nicolò, regente de la Prefectura, por monseñores Gänswein, su secretario particular, y Volante, Observador Permanente de la Santa Sede ante las organizaciones y los organismos de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura.

Actualmente, 1,02 millones de personas están desnutridas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Benedicto XVI: la caridad pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia


Discurso a los miembros del Consejo Pontificio Cor Unum


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 13 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto del discurso pronunciado hoy por el Papa Benedicto XVI, al recibir en audiencia a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio Cor Unum.

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Señores cardenales,

venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas,

Estoy contento de saludaros a cada uno de vosotros, Miembros, Consultores y Oficiales del Consejo Pontificio Cor Unum, reunidos aquí para la Asamblea Plenaria, durante la cual se afronta el tema "Recorridos formativos para los operadores de la caridad". Saludo al cardenal Paul Josef Cordes, presidente del Dicasterio, y le agradezco por las corteses palabras que me ha dirigido también en nombre vuestro. A todos expreso mi reconocimiento por el precioso servicio que ofrecéis a la actividad caritativa de la Iglesia. Mi pensamiento, de modo especial, se dirige a los numerosos fieles que, a títulos diversos y en cada parte del mundo, hacen entrega, con generosidad y dedicación, de su tiempo y de sus energías para dar testimonio del amor de Cristo, Buen Samaritano, que se inclina a los necesitados en el cuerpo y en el espíritu. Dado que, como subrayé en la encíclica Deus caritas est, "la íntima naturaleza de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia), servicio de la caridad (diakonia)" (cfr n. 25), la caridad pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia.

Trabajando en este ámbito de la vida eclesial, vosotros lleváis a cabo una misión que se coloca en una tensión constante entre dos polos: el anuncio del Evangelio y la atención al corazón del hombre y al ambiente en el que vive. Este año dos especiales acontecimientos eclesiales han resaltado este aspecto: la publicación de la encíclica Caritas in veritate y la celebración de la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos sobre la reconciliación, la justicia y la paz. En perspectivas diversas pero convergentes estos han puesto de manifiesto cómo la Iglesia, en su anuncio salvífico, no puede prescindir de las condiciones concretas de vida de los hombres, a los cuales es enviada. El actuar para mejorarlas concierne a su misma vida y a su misión, ya que la salvación de Cristo es integral e implica al hombre en todas sus dimensiones, física, espiritual, social y cultural, terrena y celestial. Precisamente de esta conciencia han nacido, en el transcurso de los siglos, muchas obras y estructuras eclesiales cuyo fin es la promoción de las personas y de los pueblos, que han dado y siguen dando una contribución insustituible para el crecimiento, el desarrollo armónico e integral del ser humano. Como he reafirmado en la encíclica Caritas in veritate, "el testimonio de la caridad de Cristo a través de las obras de justicia, paz y desarrollo, forma parte de la evangelización, porque para Jesucristo, que nos ama, es muy importante todo el hombre" (n. 15).

Desde esta óptica hay que considerar el compromiso de la Iglesia por el desarrollo de una sociedad más justa, en la que se reconozcan y respeten todos los derechos de los individuos y de los pueblos (cfr ibid., 6). Muchos fieles laicos, al respecto, llevan a cabo una provechosa acción en el campo económico, social, legislativo y cultural y promueven el bien común. Estos dan testimonio del Evangelio, contribuyendo a construir un justo orden en la sociedad y participando en primera persona en la vida pública (cfr Deus caritas est, 28). No compete ciertamente a la Iglesia intervenir directamente en la política de los Estados o en la construcción de estructuras políticas adecuadas (cfr n. 9). La Iglesia con el anuncio del Evangelio abre el corazón por Dios y por el prójimo y despierta las conciencias. Con la fuerza de su anuncio defiende los verdaderos derechos humanos y se compromete con la justicia. La fe es una fuerza espiritual que purifica la razón en la búsqueda de un orden justo, liberándola del riesgo siempre presente de ser "deslumbrada" por el egoísmo, el interés o el poder. En verdad, como la experiencia demuestra, también en las sociedades más evolucionadas desde el puto de vista social, la caritas sigue siendo necesaria: el servicio del amor nunca es superfluo, no sólo porque el alma humana tiene siempre necesidad, además de las cosas materiales, del amor, sino también porque sigue habiendo situaciones de sufrimiento, de soledad, de necesidad, que requieren dedicación personal y ayudas concretas. Cuando ofrece atención amorosa al hombre, la Iglesia siente latir en sí misma la plenitud del amor suscitada por el Espíritu Santo, el cual, mientras ayuda al hombre a liberarse de las opresiones materiales, asegura descanso y apoyo al alma, liberándola de los males que la afligen. La fuente de este amor es Dios mismo, infinita misericordia y amor eterno. Quien por tanto presta su servicio dentro de los organismos eclesiales que gestionan iniciativas y obras de caridad, no puede sino tener este principal objetivo: dar a conocer y experimentar el Rostro misericordioso del Padre celeste, porque en el corazón de Dios Amor está la verdadera respuesta a las esperanzas más íntimas de todo corazón humano.

¡Qué necesario es para los cristianos mantener fija la mirada en el Rostro de Cristo! Sólo en Él, plenamente Dios y plenamente hombre, podemos contemplar al Padre (cfr Jn 14,9) y experimentar su infinita misericordia! Los cristianos saben estar llamados a servir y a amar al mundo, pero sin ser "del mundo" (cfr Jn 15,19); a llevar una Palabra de salvación íntegra del hombre, que no se puede cerrar en el horizonte terreno; a permanecer - como Cristo - totalmente fieles a la voluntad del Padre hasta el don supremo de sí mismos, para percibir más fácilmente esa necesidad de amor verdadero que hay en cada corazón. Este es el camino que debe recorrer, si quiere seguir la lógica del Evangelio, quien quiera dar testimonio de la caridad de Cristo.

Queridos amigos, es importante que la Iglesia, inserta en las circunstancias de la historia y de la vda de los hombres, se haga canal de la bondad y del amor de Dios. Así sea para vosotros y para cuantos operan en el vasto ámbito del que se ocupa vuestro Consejo Pontificio! Con este augurio, invoco la materna intercesión de María sobre vuestros trabajos y, mientras renuevo mi acción de gracias por vuestra presencia y por la obra que lleváis a cabo, os imparto con agrado a cada uno de vosotros y a vuestras familias mi Bendición Apostólica.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez

sábado, 7 de noviembre de 2009

Benedicto XVI: “estad preparados con las lámparas encendidas”



Misa en sufragio por los cardenales y obispos muertos el último año


CIUDAD DEL VATICANO, jueves 5 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto de la homilía pronunciada hoy por el Papa con motivo de la Misa en sufragio de los cardenales, arzobispos y obispos de todo el mundo, fallecidos en los últimos doce meses, que se celebró hoy en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro.

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¡Venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas!

“¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!”. Las palabras del Salmo 122, que hemos cantado hace poco, nos indican a elevar la mirada del corazón hacia la “casa del Señor”, hacia el Cielo donde está misteriosamente reunida, en la visión beatífica de Dios, la multitud de todos los santos, que la liturgia nos ha hecho contemplar hace algunos días. A la solemnidad de los Santos ha seguido la conmemoración de todos los Fieles difuntos. Estas dos celebraciones vividas en un profundo clima de fe y de oración, nos ayudan a percibir mejor el misterio de la Iglesia en su totalidad y a comprender cada vez más que la vida debe ser una espera siempre vigilante, una peregrinación hacia la vida eterna, cumplimiento último que da sentido y plenitud a nuestro camino terreno. A las puertas de la Jerusalén celeste “ya están puestos nuestros pies” (v. 2).

A esta meta definitiva han llegado ya los llorados cardenales Avery Dulles, Pio Laghi, Stéphanos II Ghattas, Stephen Kim Sou-Hwan, Paul Joseph Pham Đình Tung, Umberto Betti, Jean Margéot, y los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado durante este último año. Les recordamos con afecto y damos gracias a Dios por el bien que han hecho. En su sufragio eterno ofrecemos el Sacrificio eucarístico, reunidos, como cada año, en esta Basílica Vaticana. Pensemos en ellos en la comunión, real y misteriosa, que nos une a nosotros, peregrinos en la tierra, a cuantos nos ha precedido en el más allá, seguros de que la muerte no rompe los vínculos de fraternidad espiritual sellados por los Sacramentos del Bautismo y del Orden.

En estos venerados hermanos nuestros queremos reconocer a los siervos de los que habla la parábola evangélica proclamada hace un momento: siervos fieles, a los que el amo, de vuelta de las bodas, ha encontrado despiertos y preparados (cfr Lc 12,36-38); pastores que han servido a la Iglesia asegurando al rebaño de Cristo el cuidado necesario; testigos del Evangelio que, en la variedad de los dones y de las tareas, han dado prueba de vigilancia activa, de dedicación generosa a la causa del Reino de Dios. Cada celebración eucarística, en la que tantas veces participaron, primero como fieles y luego como sacerdotes, anticipa del modo más elocuente cuanto el Señor ha prometido: Él mismo, sumo y eterno Sacerdote, hará sentar a sus siervos a la mesa y les servirá (cfr Lc 12,37). Sobre la Mesa eucarística, banquete nupcial de la Nueva Alianza, Cristo, Cordero pascual, se hace nuestro alimento, destruye la muerte y nos da su vida, la vida sin fin. Hermanos y hermanas, permanezcamos también nosotros despiertos y vigilantes: que los encuentre así “el amo cuando vuelve de las bodas, llegando en medio de la noche o antes del alba” (cfr Lc 12,38). ¡También nosotros, entonces, como los siervos del Evangelio, seremos bienaventurados!

"Las almas de los justos están en las manos de Dios” (Sb 3,1). La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, habla de justos perseguidos, condenados injustamente a muerte. Pero aunque si su puerte – subraya el Autor sagrado – sucede en circunstancias humillantes y dolorosas tales que parecen una desgracia, en verdad para quienes tienen fe no es así: “ellos están en la paz” y, aun si sufrieron castigos a los ojos de los hombres, “su esperanza está llena de inmortalidad" (vv. 3-4). Es doloroso el alejamiento de los seres queridos, el acontecimiento de la muerte es un enigma lleno de inquietud, pero, para los creyentes, venga como venga, está siempre iluminado por la “esperanza de la inmortalidad”. La fe nos sostiene en estos momentos humanamente llenos de tristeza y de malestar: “A tus hijos la vida no ha sido quitada, sino transformada – recuerda la liturgia –; y mientras se destruye la morada de este exilio terreno, se prepara una morada en el Cielo” (Prefacio de difuntos). Queridos hermanos y hermanas, sabemos bien y lo experimentamos en nuestro camino, que no faltan dificultades y problemas en esta vida, hay situaciones de sufrimiento y dolor, momentos difíciles que comprender y aceptar. Todo esto sin embargo adquiere valor y significado si se considera en la perspectiva de la eternidad. Cada prueba, de hecho, acogida con paciencia perseverante y ofrecida por el Reino de Dios, viene en nuestra ayuda espiritual ya aquí abajo, y sobre todo en la vida futura, en el Cielo. En este mundo estamos de paso, purificados en el crisol como el oro, afirma la Sagrada Escritura (cfr Sb 3,6). Misteriosamente asociados a la pasión de Cristo, podemos hacer de nuestra existencia una ofrenda agradable al Señor, un sacrificio voluntario de amor.

En el Salmo responsorial y después en la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, encontramos como un eco a las palabras del libro de la Sabiduría. Mientras el Salmo 122, retomando el canto de los peregrinos que suben a la Ciudad santa y tras un largo camino llegan, llenos de alegría, a sus puertas, nos proyecta en el clima de fiesta del Paraíso, san Pedro nos exhorta, durante la peregrinación terrena, a tener viva en el corazón la perspectiva de la esperanza, de una “esperanza viva” (1,3). Frente al inevitable disolverse de la escena de este mundo – anota – se nos ha dado la promesa de una “heredad que no se corrompe, no se mancha y no se marchita” (v. 4), porque Dios nos ha regenerado, en su gran misericordia, “mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1,3). Este es el motivo por el que debemos estar “colmados de alegría”, aunque estemos afligidos por varias penas. Si, de hecho, perseveramos en el bien, nuestra fe, purificada por muchas pruebas, resplandecerá un día en todo su fulgor y volverá en alabanza, gloria y honor nuestro cuando Jesús se manifieste en su gloria. Aquí está la razón de nuestra esperanza, que ya aquí nos hace exultar “de gloria indecible y gloriosa”, mientras estamos en camino hacia la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (cfr vv. 6-8).

Queridos hermanos y hermanas, con estos sentimientos queremos confiar a la Divina Misericordia a estos cardenales, arzobispos y obispos, junto con los que hemos trabajado en la viña del Señor. Definitivamente liberados de lo que queda en ellos de fragilidad humana, los acoja en Padre celeste en su Reino eterno y les conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio. Que les acompañe, son su solicitud maternal, la Virgen Santa, y les abra las puertas del Paraíso. Que la Virgen María nos ayude también a nosotros, aún caminantes por la tierra, a mantener fija la mirada hacia la patria que nos espera; nos anime a estar preparados “ceñidos vuestros lomos y con las lámparas encendidas” para acoger al Señor cuando “llegue y llame” (Lc 12,35-36). A cualquier hora y en cualquier momento. ¡Amen!

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

sábado, 31 de octubre de 2009

Una sociedad vigorosa se basa en valores morales sólidos, dice el Papa




Benedicto XVI pide a los panameños trabajar por una mayor igualdad social


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 30 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- El Papa afirmó que una sociedad vigorosa se edifica “por la solidez de los valores morales que la sustentan, ennoblecen y dignifican”, este viernes al recibir en audiencia en el Vaticano a la nueva embajadora de Panamá ante la Santa Sede, Delia Cárdenas Christie, con motivo de la entrega de sus Cartas credenciales.

El Santo Padre enunció los “elementos irreemplazables para crear un sano tejido social y edificar una sociedad vigorosa”.

Concretamente, se refirió a la “defensa de aspectos tan primordiales como el compromiso por la justicia social, la lucha contra la corrupción, el trabajo en favor de la paz, la inviolabilidad del derecho a la vida humana desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, así como la salvaguardia de la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer”.

Benedicto XVI destacó que la Iglesia contribuye “de manera decisiva a dinamizar el presente y avivar el anhelo de un futuro esperanzador”.

Y añadió que “en el marco de las respectivas competencias y del respeto recíproco, el quehacer de la Iglesia, que en razón de su misión no se confunde con el del Estado, ni puede identificarse con programa político alguno”.

El Papa explicó que, a diferencia del Estado, la Iglesia “se mueve en un ámbito de naturaleza religiosa y espiritual, que tiende a la promoción de la dignidad del ser humano y a la tutela de sus derechos fundamentales”.

“Sin embargo -añadió-, esta distinción no implica indiferencia o mutuo desconocimiento, ya que, aunque por diverso título, Iglesia y Estado convergen en el bien común de los mismos ciudadanos, estando al servicio de su vocación personal y social”.

En su discurso a la nueva embajadora de Panamá, el pontífice afirmó que “el mensaje del Evangelio ha jugado un papel esencial y constructivo en la configuración de la identidad panameña, formando parte del patrimonio espiritual y del acerbo cultural de esa Nación”.

V Centenario

Como ejemplo de ello, destacó la “Bula "Pastoralis officii debitum", por la cual, el 9 de septiembre de 1513, el Papa León X erigía canónicamente la diócesis de Santa María La Antigua, la primera en tierra firme del Continente americano”.

Para conmemorar el V Centenario de este acontecimiento tan significativo, la Iglesia en Panamá está preparando diversas iniciativas, que, según el Papa, “reflejarán lo arraigada que está en su Patria la comunidad eclesial, que no pretende otro bien que el del pueblo mismo, del cual ella forma parte y al que ha servido y sirve con altura de miras y generosidad”.

El Santo Padre comentó que pide a Dios “que esta efeméride acreciente la vida cristiana de todos los amados hijos de esa Nación, de modo que la fe siga siendo en ella fuente inspiradora para afrontar de manera positiva y provechosa los retos que esa República tiene planteados en la actualidad”.

Honradez, transparencia, profesionalidad y diligencia

Benedicto XVI quiso reconocer “el compromiso que las autoridades panameñas han manifestado reiteradamente de fortalecer las instituciones democráticas y una vida pública fundamentada en robustos pilares éticos”.

En este sentido, señaló que “no se han de escatimar esfuerzos para fomentar un sistema jurídico eficiente e independiente, y que se actúe en todos los ámbitos con honradez, transparencia en la gestión comunitaria y profesionalidad y diligencia en la resolución de los problemas que afectan a los ciudadanos”.

“Esto favorecerá el desarrollo de una sociedad justa y fraterna, en la que ningún sector de la población se vea olvidado o abocado a la violencia y la marginación”, añadió.

También destacó “el valioso papel que Panamá está desempeñando para la estabilidad política del área centroamericana, en unos momentos en los que la coyuntura actual pone de relieve cómo un progreso consistente y armónico de la comunidad humana no depende únicamente del desarrollo económico o los descubrimientos tecnológicos”.

Acuerdo por ratificar

El Papa afirmó que Panamá “mantiene unas relaciones bilaterales fluidas y fructíferas con la Santa Sede”.

También mostró su deseo de que “el acuerdo firmado el pasado 1 de julio de 2005” “sea prontamente ratificado, y se pueda erigir así una circunscripción eclesiástica que atienda pastoralmente a las Fuerzas de Seguridad Panameñas”.

Finalmente, animó a todos los panameños “a trabajar por una mayor igualdad social, económica y cultural entre los distintos sectores de la sociedad, de manera que renunciando a los intereses egoístas, afianzando la solidaridad y conciliando voluntades se vaya desterrando, en palabras del Papa Pablo VI, "el escándalo de las disparidades hirientes”.

sábado, 24 de octubre de 2009

Benedicto XVI otorga la primera Rosa de Oro a una Virgen en España


La Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén




JAÉN, viernes 23 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

Benedicto XVI ha otorgado la Rosa de Oro a la Virgen de la Cabeza, patrona de la diócesis de Jaén, que se convierte así en la única imagen mariana en España que ha recibido esta condecoración pontificia.

El obispo de Jaén, monseñor Ramón del Hoyo, mostró, este miércoles en rueda de prensa, la Rosa de Oro.

Se trata de un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal.

Tiene una inscripción en latín que dice: “Benedicto XVI. Rosa de Oro. Para la imagen de la Bienaventurada Virgen María de la Cabeza, Patrona Celestial de la Diócesis de Jaén. Concesión benignísima. 22 de noviembre de 2009”.

El obispo de Jaén había solicitado la Rosa de Oro al Santo Padre con ocasión del Año Jubilar que celebra la diócesis de Jaén en honor de su patrona en el centenario de su coronación canónica.

Al formular esta petición, monseñor Del Hoyo alegó que en su honor se celebra la romería más antigua de España y que miles de fieles le profesan devoción.

Para conmemorar el cincuentenario de su proclamación como patrona de la diócesis de Jaén, la Virgen de la Cabeza será llevada el próximo mes de noviembre desde su Santuario de Sierra Morena, en la localidad de Andújar, a la catedral de Jaén.

Allí permanecerá desde el sábado 14 al domingo 22 de noviembre de 2009, y durante su presencia en la catedral se celebrarán diversos actos litúrgicos, pastorales, formativos y culturales.

Durante la estancia de la imagen en la catedral, monseñor Del Hoyo, en nombre del Papa, colocará la Rosa de Oro a los pies de la Virgen de la Cabeza. Posteriormente, el símbolo seguirá junto a su imagen en el Santuario del Cerro del Cabeza.

Historia de la Rosa de Oro

La Rosa de Oro es un reconocimiento del Papa a personalidades católicas prominentes que ha experimentado una evolución significativa.

Inicialmente lo recibían reyes y dignatarios, después casi exclusivamente reinas. Y últimamente, Nuestra Señora en algunas de sus advocaciones. La distinción fue creada por el Papa León IX en 1049.

Entre las reinas que la recibieron se encuentran María Cristina de Austria, reina regente de España (León XIII, 1886); Isabel I de Brasil (León XIII, por liberar a los esclavos en 1889), y Victoria Eugenia, consorte de Alfonso XIII en 1914, por Benedicto XV.

En tiempos más recientes, después del Concilio Vaticano II, la condecoración pontificia pasó a ser regalo de los papas a Nuestra Señora: Fátima en 1965 por Pablo VI; Aparecida en Brasil, en 1967 por Pablo VI; de Luján en 1982 por Juan Pablo II; de Guadalupe; de Loreto; de la Evangelización en Lima, Perú, en 1988, por Juan Pablo II; de Jasna Gora en Czestokowa, Polonia, en 2006 por Benedicto XVI; Aparecida en Brasil, en 2007, por Benedicto XVI, y Pompeya en Italia, en 2008, por Benedicto XVI.

Sobre la “Rosa de Oro”, existe un bello relato romántico, escrito en el siglo XIX por el escritor español Leopoldo Alas (Clarín), centrado en este regalo papal y en el robo que sufrió la iglesia de San Mauricio y de Santa María Magdalena, en Hall (Europa Central), donde se guardaba, como el tesoro que era, una “rosa de oro” (gemacht vonn golde, dice un antiguo código) regalo de León X a la Iglesia que se extendía por aquellos lugares.

Según este relato, que probablemente se basa en leyendas del lugar, la rosa fue robada de la iglesia por un joven para regalarla a la dama de sus amores.

Ésta, cuando se dio cuenta de la locura del joven, peregrinó a Roma para devolverla al Papa. El Obispo de Roma retuvo la rosa, tranquilizó a la joven y la devolvió a su país con una generosa limosna para el viaje y para aquella iglesia.

Años después, la rosa llegó como regalo del Papa a María Blumengold, que así se llamaba la peregrina.

El Papa bendecía antes de Pascua, en el domingo de Laetare, las de oro, que luego enviaba, con sus embajadas, a reinas y otras damas ilustres que se habían distinguido en la protección a la Iglesia o la defensa de los débiles; también a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.

sábado, 17 de octubre de 2009

El Papa afirma que alimentarse es “un derecho humano fundamental”


Pide a la FAO que redoble sus esfuerzos para acabar con el hambre


CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

En la lucha contra el hambre es necesario cambiar de estilos de vida, promover el desarrollo agrícola de los países más pobres y dejar de lado privilegios y beneficios.

Así lo afirmó Benedicto XVI en el mensaje de la Jornada Mundial de la Alimentación, que lleva por tema: “Conseguir la seguridad alimentaria en tiempo de crisis”.

“El acceso al alimento es un derecho fundamental de las personas y de los pueblos”, subrayó el Papa en el mensaje enviado al Director General de la FAO, Jacques Diouf, “y por esto los gobiernos y los diversos componentes de la Comunidad internacional están llamados, especialmente frente a la actual crisis global, a “realizar elecciones determinantes y eficaces”.

Según el Sofi 2009, el Informe anual sobre el estado de la alimentación en el mundo, publicado por la FAO y por el Programa Alimentario Mundial (PAM) de la ONU, este año por primera vez el número de los hambrientos ha superado los mil millones – las cifras hablan de mil veinte millones de personas – con un aumento del 9% respecto del año pasado.

La casi totalidad de los hambrientos viven en los países en vías de desarrollo: en Asia y en el Pacífico se estima que son 642 millones; en el África subsahariana 265 millones; en América Latina y el Caribe 53 millones; en el Próximo Oriente y en el Norte de África 42 millones. Pero el número de los hambrientos han aumentado también en los países ricos del norte del mundo, donde llegan a los 15 millones.

En el curso de la última década – también antes de la actual crisis – el número de las personas malnutridas había aumentado, de modo lento pero constante. Entre 1995-97 y el 2004-06, con la bajada sustancial de las ayudas públicas al desarrollo (ODA) destinadas a la agricultura, el número de los malnutridos ha aumentado en todas las regiones, excepto en América Latina y el Caribe, si bien también en esta región la crisis económica y alimentaria han suprimido los progresos realizados.

En el mensaje, el Papa subraya que “la agricultura debe poder disponer de un nivel suficiente de inversiones y de recursos”, y que además de esto se necesitan también “una profunda solidaridad y una fraternidad y una fraternidad de amplias miras”.

"En particular – añadió citando la “Caritas in veritate” – el drama del hambre podrá ser vencido solo 'eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones e infraestructuras rurales, en sistemas de irrigación, en transportes, en organizaciones de los mercados, en formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar lo mejor posible los recursos humanos, naturales y socio-económicos mayormente accesibles a nivel local”.

El Papa observó también que “la consecución de estos objetivos requiere una necesaria modificación de los estilos de vida y de las formas de pensar”.

Por esto es indispensable “favorecer una cooperación que proteja los métodos de cultivo propios de cada área y evite un uso desconsiderado de los recursos naturales”, además de salvaguardar “los valores propios del mundo rural y los derechos fundamentales de los trabajadores de la tierra”.

Las soluciones técnicas, aun avanzadas, tienen poca eficacia “si no se refieren a la persona, principal protagonista que, en su dimensión espiritual y material, es el origen y fin de toda actividad”, concluyó Benedicto XVI.

sábado, 10 de octubre de 2009

La reforma de la Iglesia debe hacerse desde dentro, afirma el Papa



En la audiencia general, propone el ejemplo de San Juan Leonardi


CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 7 de octubre de 2009 (ZENIT.org).-

La Iglesia se reforma desde dentro, como han mostrado numerosos santos que han impulsado su renovación a lo largo de la historia, afirmó Benedicto XVI este miércoles durante la audiencia general, en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

"Cualquier reforma interesa ciertamente a las estructuras, pero primero debe incidir en los corazones de los creyentes", dijo.

"Sólo desde la fidelidad a Cristo puede brotar la verdadera renovación eclesial", indicó.

Y añadió: "Sólo los santos, hombres y mujeres que se dejan guiar por el Espíritu divino, dispuestos a tomar decisiones radicales y valientes a la luz del Evangelio, renuevan a la Iglesia y contribuyen de manera decisiva a construir un mundo mejor".

Para ilustrarlo, Benedicto XVI puso el ejemplo de varios santos que han producido y difundido movimientos de renovación espiritual de la Iglesia, como Carlos Borromeo, Felipe Neri, Ignacio de Loyola, José de Calasanz, Camillo de Lellis y Luis Gonzaga, en el siglo XVI.

Y se detuvo especialmente en la figura de un sacerdote que recibió formación de farmacéutico: San Juan Leonardi, fundador de la Congregación de los Sacerdotes reformados de la Beata Virgen..

Este santo enseñó que Jesucristo es la medicina que cura todos los males del hombre y "comprendió que toda reforma debe hacerse desde dentro de la Iglesia y nunca contra la Iglesia", explicó el Santo Padre.

Precisamente este viernes se cumplirán 400 años de la muerte de san Juan Leonardi, patrón de los farmacéuticos que proyectó y contribuyó a la institución de una específica Congregación de la Santa Sede para las misiones, la antes conocida como Propaganda Fide, hoy Congregación para la Evangelización de los Pueblos.

Tal y como recordó el Santo Padre en la catequesis que pronunció durante la audiencia general, Juan Leonardi nació en 1541 en Diecimo, en Italia. Recibió formación de lo que entonces se denominaba boticario, pero "tras una madura reflexión, decidió encaminarse hacia el sacerdocio".

"Con todo, no abandonó la pasión por la farmacopea, porque sentía que la a través de su profesión de farmacéutico podría realizar plenamente su vocación, la de transmitir a los hombres, mediante una vida santa, "la medicina de Dios", que es Jesucristo crucificado y resucitado", prosiguió el Papa.

"San Juan Leonardi se dedicó al apostolado entre los chicos, a través de la Compañía de la Doctrina Cristiana, reuniendo alrededor suyo a un grupo de jóvenes con los cuales, el 1 de septiembre de 1574, fundó la Congregación de los Sacerdotes reformados de la Beata Virgen, posteriormente llamada Orden de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios", relató.

"Murió en 1609 por una gripe contraída mientras estaba prodigándose en el cuidado de cuantos, en el barrio romano de Campitelli, habían sido afectados por la epidemia", añadió..

El Santo Padre destacó que "San Juan Leonardi intentó hacer del encuentro personal con Jesucristo la razón fundamental de su propia existencia", y que repetía a menudo: "Es necesario volver a empezar desde Cristo".

Criterios para renovar la Iglesia

El Santo Padre subrayó que este santo, "movido por el celo apostólico, en mayo de 1605, envió al Papa Pablo V, recién elegido, un Memorial en el que sugería los criterios para una verdadera renovación en la Iglesia".

Entre estos criterios se encontraban algunas recomendaciones, que, en opinión del Papa, siguen plenamente vigentes hoy.

Destacaba, por ejemplo, en su escrito, que es "necesario que quienes aspiran a la reforma de las costumbres de los hombres busquen, sobre todo y ante todo, la gloria de Dios".

También indicaba que éstos tenían que brillar "por la integridad de vida y la excelencia de sus costumbres, de modo que, en lugar de obligar, atraigan dulcemente a la reforma".

Observaba también que "quienes quieran hacer una reforma seria de la religión y la moral deben hacer en primer lugar, como un buen médico, un cuidadoso diagnóstico de los males que afligen a la Iglesia para que podamos ser capaces de prescribir para cada uno de ellos el remedio más apropiado".

Indicó que "la renovación de la Iglesia debe llevarse a cabo por igual en los jefes y empleados, por arriba y por abajo; debe comenzar por quienes gobiernan para extenderse después a sus súbditos".

Por ello, este santo instó al Papa a promover una "reforma universal de la Iglesia", mientras se preocupaba por la formación cristiana del pueblo y especialmente de los niños, de educarlos "desde los primeros años... en la pureza de la fe cristiana y de las santas costumbres".

Benedicto XVI destacó que "la figura luminosa de este santo invita a los sacerdotes en primer lugar, y a todos los cristianos a tender constantemente a la santidad".

Por Patricia Navas

domingo, 4 de octubre de 2009

Benedicto XVI: Superar la fractura entre ciencia y religión




Discurso al mundo académico en la República Checa


CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 3 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI el 27 de septiembre a rectores, profesores y estudiantes de universidades de la República Checa en el Salón Vladislav del Castillo de Praga.





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Señor presidente;
ilustres rectores y profesores;
queridos estudiantes y amigos:

El encuentro de esta tarde me brinda la grata oportunidad de manifestar mi estima por el papel indispensable que desempeñan en la sociedad las universidades y los institutos de estudios superiores. Doy las gracias al estudiante que me ha saludado amablemente en vuestro nombre, a los miembros del coro universitario por su óptima interpretación, y al ilustre rector de la Universidad Carlos, el profesor Václav Hampl, por sus profundas palabras. El mundo académico, sosteniendo los valores culturales y espirituales de la sociedad y a la vez dándoles su contribución, presta el valioso servicio de enriquecer el patrimonio intelectual de la nación y consolidar los cimientos de su desarrollo futuro. Los grandes cambios que hace veinte años transformaron la sociedad checa se debieron, entre otras causas, a los movimientos de reforma que se originaron en la universidad y en los círculos estudiantiles. La búsqueda de libertad ha seguido impulsando el trabajo de los estudiosos, cuya diakonía de la verdad es indispensable para el bienestar de toda nación.

Quien os habla ha sido profesor, atento al derecho de la libertad académica y a la responsabilidad en el uso auténtico de la razón, y ahora es el Papa quien, en su papel de Pastor, es reconocido como voz autorizada para la reflexión ética de la humanidad. Si es verdad que algunos consideran que las cuestiones suscitadas por la religión, la fe y la ética no tienen lugar en el ámbito de la razón pública, esa visión de ninguna manera es evidente. La libertad que está en la base del ejercicio de la razón -tanto en una universidad como en la Iglesia- tiene un objetivo preciso: se dirige a la búsqueda de la verdad, y como tal expresa una dimensión propia del cristianismo, que de hecho llevó al nacimiento de la universidad.

En verdad, la sed de conocimiento del hombre impulsa a toda generación a ampliar el concepto de razón y a beber en las fuentes de la fe. Fue precisamente la rica herencia de la sabiduría clásica, asimilada y puesta al servicio del Evangelio, la que los primeros misioneros cristianos trajeron a estas tierras y establecieron como fundamento de una unidad espiritual y cultural que dura hasta hoy. Esa misma convicción llevó a mi predecesor el Papa Clemente VI a instituir en el año 1347 esta famosa Universidad Carlos, que sigue dando una importante contribución al más amplio mundo académico, religioso y cultural europeo.

La autonomía propia de una universidad, más aún, de cualquier institución educativa, encuentra significado en la capacidad de ser responsable frente a la verdad. A pesar de ello, esa autonomía puede resultar vana de distintas maneras. La gran tradición formativa, abierta a lo trascendente, que está en el origen de las universidades en toda Europa, quedó sistemáticamente trastornada, aquí en esta tierra y en otros lugares, por la ideología reductiva del materialismo, por la represión de la religión y por la opresión del espíritu humano. Con todo, en 1989 el mundo fue testigo de modo dramático del derrumbe de una ideología totalitaria fracasada y del triunfo del espíritu humano.

El anhelo de libertad y de verdad forma parte inalienable de nuestra humanidad común. Nunca puede ser eliminado y, como ha demostrado la historia, sólo se lo puede negar poniendo en peligro la humanidad misma. A este anhelo tratan de responder la fe religiosa, las distintas artes, la filosofía, la teología y las demás disciplinas científicas, cada una con su método propio, tanto en el plano de una atenta reflexión como en el de una buena praxis.

Ilustres rectores y profesores, juntamente con vuestra investigación, hay otro aspecto esencial de la misión de la universidad en la que estáis comprometidos, es decir, la responsabilidad de iluminar la mente y el corazón de los jóvenes de hoy. Ciertamente, esta grave tarea no es nueva. Ya desde la época de Platón, la instrucción no consiste en una mera acumulación de conocimientos o habilidades, sino en una paideia, una formación humana en las riquezas de una tradición intelectual orientada a una vida virtuosa. Si es verdad que las grandes universidades, que en la Edad Media nacían en toda Europa, tendían con confianza al ideal de la síntesis de todo saber, siempre estaban al servicio de una auténtica humanitas, o sea, de una perfección del individuo dentro de la unidad de una sociedad bien ordenada. Lo mismo sucede hoy: los jóvenes, cuando se despierta en ellos la comprensión de la plenitud y unidad de la verdad, experimentan el placer de descubrir que la cuestión sobre lo que pueden conocer les abre el horizonte de la gran aventura de cómo deben ser y qué deben hacer.

Es preciso retomar la idea de una formación integral, basada en la unidad del conocimiento enraizado en la verdad. Eso sirve para contrarrestar la tendencia, tan evidente en la sociedad contemporánea, hacia la fragmentación del saber. Con el crecimiento masivo de la información y de la tecnología surge la tentación de separar la razón de la búsqueda de la verdad. Sin embargo, la razón, una vez separada de la orientación humana fundamental hacia la verdad, comienza a perder su dirección. Acaba por secarse, bajo la apariencia de modestia, cuando se contenta con lo meramente parcial o provisional, o bajo la apariencia de certeza, cuando impone la rendición ante las demandas de quienes de manera indiscriminada dan igual valor prácticamente a todo. El relativismo que deriva de ello genera un camuflaje, detrás del cual pueden ocultarse nuevas amenazas a la autonomía de las instituciones académicas.

Si, por una parte, ha pasado el período de injerencia derivada del totalitarismo político, ¿no es verdad, por otra, que con frecuencia hoy en el mundo el ejercicio de la razón y la investigación académica se ven obligados -de manera sutil y a veces no tan sutil- a ceder a las presiones de grupos de intereses ideológicos o al señuelo de objetivos utilitaristas a corto plazo o sólo pragmáticos? ¿Qué sucedería si nuestra cultura se tuviera que construir a sí misma sólo sobre temas de moda, con escasa referencia a una auténtica tradición intelectual histórica o sobre convicciones promovidas haciendo mucho ruido y que cuentan con una fuerte financiación? ¿Qué sucedería si, por el afán de mantener un laicismo radical, acabara por separarse de las raíces que le dan vida? Nuestras sociedades no serían más razonables, tolerantes o dúctiles, sino que serían más frágiles y menos inclusivas, y cada vez tendrían más dificultad para reconocer lo que es verdadero, noble y bueno.

Queridos amigos, deseo animaros en todo lo que hacéis por salir al encuentro del idealismo y la generosidad de los jóvenes de hoy, no sólo con programas de estudio que les ayuden a destacar, sino también mediante la experiencia de ideales compartidos y de ayuda mutua en la gran empresa de aprender. Las habilidades de análisis y las requeridas para formular una hipótesis científica, unidas al prudente arte del discernimiento, ofrecen un antídoto eficaz a las actitudes de ensimismamiento, de desinterés e incluso de alienación que a veces se encuentran en nuestras sociedades del bienestar y que pueden afectar sobre todo a los jóvenes.

En este contexto de una visión eminentemente humanística de la misión de la universidad, quiero aludir brevemente a la superación de la fractura entre ciencia y religión que fue una preocupación central de mi predecesor el Papa Juan Pablo II. Como sabéis, promovió una comprensión más plena de la relación entre fe y razón, entendidas como las dos alas con las que el espíritu humano se eleva a la contemplación de la verdad (cf. Fides et ratio, Introducción). Una sostiene a la otra y cada una tiene su ámbito propio de acción (cf. ib., 17), aunque algunos quisieran separarlas. Quienes defienden esta exclusión positivista de lo divino de la universalidad de la razón no sólo niegan una de las convicciones más profundas de los creyentes; además impiden el auténtico diálogo de las culturas que ellos mismos proponen. Una comprensión de la razón sorda a lo divino, que relega las religiones al ámbito de subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas que nuestro mundo necesita con tanta urgencia. Al final, "la fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad" (Caritas in veritate, 9). Esta confianza en la capacidad humana de buscar la verdad, de encontrar la verdad y de vivir según la verdad llevó a la fundación de las grandes universidades europeas. Ciertamente, hoy debemos reafirmar esto para dar al mundo intelectual la valentía necesaria para el desarrollo de un futuro de auténtico bienestar, un futuro verdaderamente digno del hombre.

Con estas reflexiones, queridos amigos, formulo mis mejores deseos y oro por vuestro arduo trabajo. Pido a Dios que todo ello se inspire y dirija siempre por una sabiduría humana que busque sinceramente la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8, 28). Sobre vosotros y sobre vuestras familias invoco las bendiciones divinas de alegría y paz.